Blancos y negros

Blancos y negros Alexandre Dumas (Gérard Depardieu) conversa con su "negro" literario, Auguste Maquet (Benoît Poelvoorde), en una escena de la película "L'Autre Dumas" (2010), de Safy Nebbou © UGC, France 2 Cinéma. Reservados todos los derechos.

No va de racismo sino de literatura. Dicho con el correspondiente retintín: de una logística creadora en las letras contemporáneas. En efecto, el negro es toda una institución literaria. Es y fue –de modo oblicuo, seguirá siéndolo– el soporte esencial para otra institución, la del escritor. Lo de negro es una apelación a la mano de obra esclava y también a la oscuridad en la que permanece quien escribe y cede su escritura a una firma reconocida y, por ello, reconocible.

Hay ejemplos ilustres. Se sabe que Balzac echó mano de ellos y que Alexandre Dumas (p) tenía una suerte de taller como el que actualmente factura muchos de los culebrones televisivos. Blasco Ibáñez fue negro de Fernández y González. Engels redactó algún artículo que firmó Marx. En cuanto a Lo que el viento se llevó de Margaret Mitchell, uno de los libros más leídos del siglo XX, consiste en un pila, tan alta como una persona, de folios no del todo ordenados, que fue objeto de correcciones maritales y de una criba y ordenamiento hecho por un editor. El extremo es el caso de Gregorio Martínez Sierra, un escritor de carne y hueso cuya obra es apócrifa aunque firmada con su nombre, pues la escribió su mujer, María Lejárraga.

Voy a lo prometido, a la actualidad. Tiene algún precedente y vuelvo a la ilustre cantera. En ciertos textos de Balzac, y sin que nada impide admirar lo que de admirable tienen, se muestran unos rellenos que, no siendo estrictamente apócrifos, se nutren de una información prestada y nada imaginativa. Baste con recordar los prolijos inventarios de antigüedades en La piel de zapa y la historia del papel incrustada en Las ilusiones perdidas.

Bajemos la voz. En los años ochenta del siglo pasado, hubo en la literatura argentina una moda de la llamada novela histórica, en buena medida obra de unas escritoras laboriosas y exitosas, valga el eco: Marta Mercader, Silvina Bullrich, María Rosa Lojo, María Esther de Miguel. Recuerdo a alguna de ellas proponiéndome que le diera un expediente informativo en bruto sobre tal o cual personaje histórico, para convertirlo en novela, para novelizarlo.

Aquí cabe un matiz. Se puede hacer literatura con todo, con cualquier cosa. El pasado y sus borrosos límites –todo lo que contamos se vuelve pasado, auque haya ocurrido hace diez minutos– es indispensable. Otro día hablaremos sobre con qué antigüedad se vuelve histórico para ser materia de una novela histórica. Pero una cosa es valerse del pasado desde la imaginación, que es lo que hace un escritor auténtico aunque se equivoque en los detalles documentales –estoy pensando, nada menos, en el Tolstói de Guerra y paz– y otra muy distinta, es hacer pasar por una invención de novelista, una cajonera de documentos.

Conozco a más de un poeta ultramoderno de los años sesenta del siglo XX y a más de un novelista experimental de parejas fechas, discípulo de Joyce y de Cortázar, entregado a redactar novelones historizantes, episodios nacionales y relatos policiacos. Vaya por delante que considero plausibles a todos ellos y a todas ellas –soy políticamente correcto– mas no me privo de describir el fenómeno. Se inventa uno un detective oficial u oficioso, una jueza penal o un psiquiatra forense y tiene para rato, cambiando apenas la técnica de homicidio, ya que el héroe del caso insistirá en sus gestos prototípicos, no envejecerá mi morirá. Basta con variar los venenos, los ADN, los recursos digitales, las recetas de cocina y los lobbies de los hoteles, para que lleguemos al final feliz tras el crimen y la red de falsas pistas. Si acaso, unas gotas de psicoanálisis.

Provisoria aunque convencida conclusión literaria: todo lo que se escribe y supere las 82 páginas exigidas por la UNESCO, es un libro.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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