Del oso al mono

Del oso al mono Imagen superior: Chris JL, "Saturday Night Bus [Nighthawks]", CC

Un adagio tradicional sostiene que el hombre es como el oso: cuanto más feo, más hermoso. Vista la deriva de las identidades sexuales en estos tiempos, si se vuelve al refrán caben, al menos, dos consecuencias. Una es que la hermosura del varón no es visible y se oculta tras una apariencia de fealdad. Otra es que el ideal de belleza masculina es parecerse al oso, con lo cual damos en los bear bars de hoy, donde triunfan los cincuentones algo carnosos, velludos y barbudos hipster.

Las estadísticas de ventas de productos faciales para varones matiza bastante el asunto. Los hombres que cuidan su superficie, a veces depilándola, siguen las pautas tradicionales de lo bello como asociado naturalmente a la mujer, el “bello sexo”. No quieren semejar osos sino ser monos, bonitos, así como desde siempre las mujeres han sido elogiadas por su hermosura como monas. Nunca sabré qué etimología sostiene esta comparación pues una mujer correctamente simiesca no creo que pareciera linda a nadie. Pero sigamos en el zoológico espiritual que tanto divertía a Hegel.

Muchos hombres, el 75 por ciento de los europeos y norteamericanos, se resiste a embellecerse en defensa de su masculinidad. El porcentaje disminuye al 40 por ciento en el Asia del Pacífico, acaso porque la raza amarilla suele exhibir escasas diferencias entre los rasgos femeninos y masculinos, aparte de que la pilosidad facial es más escasa que la del cara pálida occidental. En todo caso, los que se untan torso y rostro, que históricamente confiaron las compras de los materiales pertinentes a sus pertinentes mujeres, son cada vez menos, lo que quiere decir que cada vez más nos atrevemos a comprar a cara descubierta –nunca mejor dicho– nosotros mismos.

Hay épocas de la historia en que las apariencias sexuales convergen, por ejemplo el siglo XVIII, el siglo de la galantería: varón y mujer comparten textiles, pelucas, tacones, polvos faciales, lunares postizos. En cambio, el XIX es bisexual, romántico y darwinista. Propone y pone hasta prendas y colores severamente distinguidos entre ellas y ellos, a lo cual conviene añadir el culto arianista (de la raza aria) por la pilosidad viril, visto que los blancos solemos ser más peludos que los negros o los amarillos. Entonces: barbas, bigotes, patillas de todas formas, colores y longitudes.

Este intercambio de símbolos apunta una áspera verdad, casi un tópico: los rasgos sexuales secundarios, como el arreglo y el vestido, no son naturales sino que pertenecen a los artificios de la cultura. Podemos vestirnos y desvestirnos de muchas maneras diversas, comunes o distinguibles entre ella y él. Desde luego, al llegar a la desnudez, veremos si se trata e un oso o una osa, de un mono o una mona.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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