El caso Felisberto

El 13 de enero de 1964 murió Felisberto Hernández, escritor y músico uruguayo nacido en 1902. Puede corregirse la serie y decir: músico y escritor. En efecto, lo que Felisberto hizo con mayor frecuencia fue tocar el piano, primero en las salas de cine mudo, luego en conciertos de teatros y estudios de radio. Además, dejó una noveleta sobre su maestro Clemente Colling y una serie de esbozos de cuentos, textos inconclusos y apuntes que se han publicado bajo diversos títulos. Los más reconocibles son Nadie encendía las lámparas y Las hortensias.

A partir de Julio Cortázar, unos cuantos narradores de nuestra lengua se han manifestado seguidores o, al menos, reconocedores de la referencia que Felisberto significa. Sin alharacas de vanguardia, su narrativa se puede incluir, ciertamente, en la zona surrealista, en la cual ingresa Cortázar por otra puerta y en la que coinciden. Si se quiere, Uruguay es un país acaudalado de surrealismos, porque Lautréamont y Laforgue, que preceden al movimiento, y Supervielle, que lo sigue, fueron uruguayos. Ciertamente, escribieron en francés. Nadie es perfecto.

En estas líneas quiero subrayar un rasgo infrecuente en los escritores del mundo hispanohablante: el hecho de que sean, a la vez, músicos. No necesariamente desde el punto de vista técnico –compositores, musicólogos, historiadores de la música– sino simplemente –y nada menos– melófilos y aún melómanos. Un caso excepcional reúne todas estas condiciones: el cubano Alejo Carpentier. Pero se diría que hasta los años veinte, los letrados que se expidieron en español resultaron más bien sordos, por ricamente musical que resultara su prosodia y dejo caer un solo nombre: Rubén Darío. Es cierto que él y otros modernistas wagnerianizan un poco pero tocan de oído y sin partitura.

Después contamos a García Lorca y Gerardo Diego, pianistas ambos; los poemas sobre músicos de los españoles Cernuda y José Hierro, y el argentino Francisco Luis Bernárdez; la novela La creación del mexicano Agustín Yáñez y la narración El perseguidor de Cortázar, cuyos protagonistas son músicos. Seguramente, un paciente rebuscador hallaría más nombres para esta lista.

Las letras de Francia y, especialmente, las del mundo germánico nos ganan en esto. ¿Por qué? ¿No hubo música en nuestros países? Sí, la hubo. ¿Pesa en nosotros, demasiado, la herencia religiosa que todo lo confía a la escritura revelada? Puede ser pero las religiones del Libro también cantan, tocan y bailan. ¿Estamos excesivamente apegados a un realismo ramplón, la gallinácea necesidad de “llamar a las cosas por su nombre”, como si la literatura se hiciese sólo con unas cosas que llevan su nombre y ningún otro? Parecemos el personaje cervantino que recomienda al trujamán seguir el canto llano y no perderse en contrapuntos “que se pueden quebrar de sotiles”. Quebrémonos de sotiles, a ver qué pasa con las palabras en libertad.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

DECLINACION

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