Entre bobos anda el juego

La decadencia de la profesión política es un lugar común y no merece exponerse. Sí, en cambio, las incontables teorías que pretenden explicarla. La más fuerte apunta a una decadencia de nuestra especie como tal, o sea como aristocracia primate. La decrepitud y otras lindezas suelen ser la cosecha de los siglos y los milenios. Entonces: de Pericles a Trump la cosa ha empeorado.

Lo anterior apunta a lo científico. Del lado azaroso –lo que la ciencia no debe contemplar, según sugería Einstein– la lectura es más simple: tenemos mala suerte.

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Imagen superior: los protagonistas de la conferencia de Yalta (4 al 11 de febrero de 1945), el dictador soviético Iósif Stalin, el primer ministro británico Winston Churchill y el presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt,

Ya no hay en las dirigencias potentes unos personajes carismáticos como Churchill, De Gaulle, Hitler, Stalin, Mussolini, Roosevelt o siquiera el Che y Fidel. Debemos contentarnos con buenos y malos gestores, malos y buenos comunicadores, gente que domina ciertas rutinas y cierto vaciadero retórico pero que, a menudo, no sabe lo que dice ni se le alcanza la frontera de lo que hace. Vuelvo a Trump, el inagotable, quien creyó tirar misiles en Irak cuando lo había hecho en Siria, y estaba convencido de que el portaaviones iba al Norte, cuando iba al Sur.

Conciliando ciencia y adivinación, cabe pensar que la política profesional ha caído de nivel porque la propia especialidad lo ha hecho. Es obvio que cada vez el estamento, casta, trama o corporación de los políticos, deciden menos en las grandes materias. Caben en el barrio y hasta el municipio pero no más allá.

Este resbaladizo suelo de lo político actual acaso explique la facilidad de ciertas figuras para la aventura, la simplonería y la memez. No son defectos personales sino rasgos de pertenencia. Madame Le Pen, por ejemplo, cree que todo se arreglaría en Francia echando a los inmigrantes y rompiendo con los funcionarios de Bruselas. Todo, incluso el esquema económico. Pero, al concretar qué haría con el euro, la buena señora dice que se iría de él sin explicar cómo pero en 48 horas, luego se da un plazo de seis años y finalmente, prefiere que el euro para lo internacional y el franco para lo nacional, convivan. Al saberlo, recordé la Italia de otros tiempos, en la cual se nos daba como vueltos a los turistas una variedad de bonos bancarios incobrables por su escaso monto, y que luego regalábamos a los niños para que hicieran papiroflexia o los coleccionaran como cromos.

Missis May no le va en zaga. No quiso el Bréxit y tiene que presidir el gobierno que lo gestiona, sin saber cómo ni con quién. Sólo se le ocurre expedir amenazas patéticamente inoportunas. “Si no me dais lo que pido os negaré información sobre terrorismo”, todo dicho entre dos atentados en suelo propio y la peor matanza, la hoguera, un incendio en un edificio de propiedad social. Ni el comisario europeo ni los emisarios ingleses saben nada de lo que ha de negociarse.

No lejos de estos paradigmas, el independentismo catalán también juega a la aventura, al tira lejos a ver si cae algo. Su ley de desconexión y transición prevé expropiar los bienes públicos de España en Cataluña. ¿Alguien sabe cómo desalojar, por ejemplo, los cuarteles del ejército, la policía nacional y la guardia civil y con qué reemplazar a sus personales? No, ni importa. Si entre bobos anda el juego, los de enfrente sacaran a pasear a sus propio bobos. Sigue en la próxima. Mientras tanto, no olvidemos a los clásicos.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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