España, 1914

Fue famoso el tópico de que España eludió ambas guerras mundiales. En parte, se lo derogó al considerar que la guerra civil fue una suerte de primer episodio de la segunda. Pero queda en el aire considerar en qué medida, oblicua pero efectiva, la llamada en un principio Guerra Grande o Guerra Europea no ocurrió asimismo en España.

En efecto, muchos empresarios hicieron buenos negocios proveyendo a los beligerantes, floreció el contrabando y funcionaron en la península unas cuantas telarañas de espías y agentes secretos, desde figuras políticas y militares hasta asistentas y cupleteras.

Hubo, más visible y elegante, una guerrilla intelectual, bien estudiada por autores como Fernando Díaz-Plaja y Andreu Navarra. A vuelo de pájaro, dirigentes políticos, escritores y periodistas se alinearon como aliadófilos y germanófilos. Observado de cerca, el panorama se astilla. Hay parecidos entre distintos y distinciones entre similares. La idealización juega malas pasadas. Aliadófilos que enaltecen a los suyos como defensores de la democracia se olvidan de la Rusia zarista, autocrática y represora. Germanófilos enamorados de Alemania como símbolo de la modernidad científica y técnica, soslayan a Turquía, arcaico sultanato, y a Austria-Hungría, imperio decadente y en almoneda.

Más operativo sería distinguir entre idealistas y realistas. Ejemplos de idealismo: Eugenio d'Ors, germanófilo, invocando a Carlomagno, y Ramón Pérez de Ayala, aliadófilo, invocando al imperio romano. Ambos quieren una Europa unida y homogénea, es decir el revés de lo que están viviendo.

No obstante, la discusión no estuvo siempre a semejantes alturas. Pío Baroja, por ejemplo, que admiraba la disciplina y eficacia de los alemanes, aunque no era partidario de ellos, desarbola la idealización de la guerra. Guerrear es matar y evitar que te maten y no hay más. Nadie guerrea por ideales ni por utopías. Además, si es cierta la saña homicida de los alemanes en Bélgica, no cabe olvidar la saña homicida de los belgas en el Congo. Quien defienda la democracia republicana francesa ha de cargar asimismo con su imperio colonial.

De la colección utópica, una postura alcanza la calidad de la profecía. Ramiro de Maeztu y, sobre todo, Gabriel Maura y Gamazo, anuncian a Hitler y a Franco, sin saberlo pero diciéndolo. Europa ha sido caotizada por la modernidad: democracia, corrupción, cientificismo, progresismo, individualismo, capitalismo, ateísmo, paganismo. Hace falta una empresa redentora que unifique el continente, como quería Novalis, bajo el estandarte de la cruz. Esa es la empresa que le cabe a España, que se ha mantenido al margen de aquel desbarajuste gracias a su fidelidad católica.

Más modesto, más político y más histórico, Antonio Maura, padre del anterior citado, es neutralista porque la neutralidad favorece el desarrollo español, abriendo su comercio y estimulando sus producciones al poder venderlas a ambos mandos. Añado una página de 1918 escrita por Eduardo Fajardo, cuando juzga dialécticamente lo hecho por el emperador de Alemania: con el argumento de unificar Europa bajo la hegemonía germánica, la ha terminado de despiezar. De algún modo, la empresa iniciada por Bismarck y rematada por Hitler. Como señala en nuestros días Hans Kundnani, Alemania despliega su fuerza hegemónica y luego no sabe qué hacer con ella, por temor o incapacidad, sembrando el desorden allí donde esa fuerza aparece como la ordenadora. Entonces llegó el Tío Sam. Es otra historia, o sea la misma.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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