Inspire hondo

Inspire hondo Imagen superior: Ramon van Jaarsveld, Clickshots.nl (CC)

De mis escasos años como “periodista de cuadra” (redactor de un diario que debía acudir, como cabe, diariamente, a la redacción) me quedaron dos tecnicismos: sequía informativa e inspiración.

La primera es la escasez de novedades que provoca el hecho de que los mandones del mundo, llegado el verano, se van de vacaciones y, en vez de producir eventos extraordinarios, se dedican a pasear niños, remojarse en el mar y ligar con nymphettes. Es cuando el secretario de página y, aún más, el secretario de redacción, mira a la tropa con melancolía de vencido y suplica a la providencia que desate una guerra, aunque más no sea un tsunami o una epidemia.

Desde luego, la cosa variaba según hemisferios. El verano de Buenos Aires coincide con el invierno en el Hemisferio Norte, donde los mandones están meta decidir y decidir. En Europa, la cosa es la revés. El invierno de los pobres que habitan el Hemisferio Sur no compensa la sequía informativa del nórdico. Desde luego, estoy pensando en unas cuadras de redacción que han desaparecido o están por hacerlo, a fuerza de internet y gmail, lo que permite al periodista trabajar en su casa o en la calle, y deja a los secretarios al frente de un desierto.

Juro que no era así en mis tiempos. La sequía informativa debía compensarse con la inspiración. El secretario, ante la vista de que los políticos locales dormían la siesta estival y a nadie, en el mundo mundial, se le ocurría guerrear, naufragar ni contagiar pestes, desfilaba ante las deprimidas mesas excitándonos a la inspiración.

“¿No se le ocurre nada, che? ¡Inspírese! ¡Atrévase a inspirarse!”

De estas órdenes guardo un recuerdo opuesto al que parece evidente. Inspirar, para mí, sigue siendo una orden médica. “Inspire hondo” es un decreto que me dirige un médico auscultando con un estetoscopio mis pulmones y otras intimidades. El corazón es el más ilustre, se supone que allí guardamos memorias y buenos sentimientos. Pero hay gente del gremio letrado y aún de otros gremios igualmente estéticos que apelan a la inspiración como aquello que querían los secretarios de redacción: resolver dos columnas de imprenta.

¿Es verdad que a un escritor, un músico o un pintor le hace falta inspirarse para producir un texto, una partitura o un cuadro? No hablo de instalaciones porque, para ellas, sólo hacen falta unos residuos. A mí, aparte de la referencia clínica, la inspiración me inspira –acepto el pleonasmo– algo religioso: los textos que se consideran canónicos porque han sido inspirados por la divinidad, a veces mediando el Espíritu Santo u otras aves oportunas.

Para la literatura, en cambio, la cosa no sirve. Si un escritor escribiese inspirado por la divinidad, nada tendría que corregir y vaya si la literatura no es cosa de correctores, de enmendadores de plana. Tampoco me convence la versión realista de lo mismo. El escritor inspira la realidad como quien respira humos de tabaco y otras yerbas igualmente sugestivas. Luego la vierte, la refleja y, desde luego, dice la verdad sin cortapisas.

No, nada de inspirar. Más bien lo contrario. Cuando se escribe, se pinta o se compone una música que sonará del papel a la orquesta, se expide algo, se produce, se externaliza. Bueno, he dado con una palabra comprometida. Será materia de otra columna.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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