La surrealista Remedios Varo

La pintora gerundense Remedios Varo vivió un largo exilio en México. España recupera a una figura casi desconocida aquí, a menudo confundida con la poderosa corriente del surrealismo femenino mexicano de Frida Kahlo y Leonora Carrington.

Vinculo fácilmente al Bosco y Varo.  Los dos, a su manera, eran surrealistas, si por surrealismo entendemos esa suerte de mirada atenta y obsesiva que permite acceder a la “otra” realidad, la que está arriba de la cotidiana y nos muestra, por ejemplo, un Infierno jocundo e inocente.

A menudo, el surrealismo pictórico ha sufrido una suerte de compulsión literaria que lo ha cargado de actitudes solemnes y abusivas. Es el doctrinarismo que maniata o entorpece con piedras los gestos de ciertos nombres ilustres: Max Ernst, Salvador Dalí, Francis Picabia.

El Bosco es el ejemplo contrario, el de un surrealista que por obvias razones de fechas, no pertenece a la obediencia retórica ni filosófica de la escuela.

El suyo, como el de Varo, es un surrealismo corporal, visceral, propio de quien considera corriente encontrarse con un señor cuyo sombrero es un techo cargado de albañiles y de cuyo trasero surgen poblaciones de desconocidos que deciden refugiarse en una nave gótica.

Remedios Varo nos narra sus alucinaciones en clave de cuento infantil, como si una niña preocupada y memoriosa nos contase que ha visto en un parque inundado de lluvia a dos amantes que en lugar de caras tienen un doble espejo en que se mira un tercer personaje, en tanto una monja cuyo cuerpo es un monociclo merodea entre árboles que son damas arcaicas de ojos cerrados y una hilandera tira de una hebra que sale del pecho de su galán, en que se ahonda una lonja renacentista, pródiga de arcos y bóvedas.

Esta ligereza casi pueril con que Remedios ha reiterado sus fantasmas familiares la ha salvado del anticuamiento que ataca al arte excesivamente apegado a una doctrina.

Si cuentos infantiles y visiones infernales en código de copla anónima ha habido siempre, Remedios también sigue habiendo, en ese mundo sin fechas ciertas en que el Lobo Feroz y La Cenicienta conversan, sin mayores remilgos ni ceremonias, en el Jardín de las Delicias.

Da para pensar cuánto perdió el imaginario español tras la guerra, estrangulado por el realismo mas pedestre y lejos de la libertad imagística de los años en que Benjamín Palencia y Maruja Mallo, Remedios Varo y Alberto Sánchez eran jóvenes y se paseaban entre gatos estelares y mesas levitantes, verbenas con marineros voladores y laboratorios de alquimistas en que una tejedora minuciosa urdía de trama del mundo.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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