Notas del vago estío

Notas del vago estío Imagen superior: "La verbena" (1927), de Maruja Mallo (Ana María Gómez González).

Así titula Ortega y Gasset uno de sus ensayos. Tan vaga es su sugestión que no me animo a buscar la serie a la cual pertenece.

El estío es vago por sus contornos imprecisos y también porque el calor y las vacaciones incitan al ocio, es decir: a no negociar, que tal sería la raíz de nuestra palabra. Tiempo vacante, tiempo vacío, tiempo en que se borra el otro como exigencia, el verano viene acompañado, en Castilla y Andalucía, por un clima límpido y seco, que dora de oro viejo las hierbas y los campos de cereal, dando al conjunto un toque igualmente polvoriento y vago.

El verano pierde consistencia histórica, en parte porque los dirigentes se marchan a descansar y el periodismo no tiene a quién invocar para que la palabra genere el hecho.

Por compensación a una historia adelgazada, se observa una montante estival del rito. Si el hecho histórico tiende a ser concreto y singular, el rito es su opuesto: se reitera, igual a sí mismo, ocupando un ancho de tiempo que resulta ser siempre el mismo, una suerte de origen insistente y reiterado.

El rito nos protege contra la angustia del vacío histórico, el abismo de lo imprevisible: sabemos que, desde días inmemoriales, se viene cumpliendo y que, de algún modo, ya se está cumpliendo en incontables días del futuro. El rito nos tranquiliza ante la muerte: seguiremos vivos mientras nuestros gestos rituales sean repetidos por nuestros herederos, así como nosotros repetimos los gestos de nuestros antepasados.

Marcel Mauss ya lo explicó en páginas ¿definitivas? que todos reiteramos como un rito y que el vago estío me impide precisar como fuente.

Ritos estivales españoles para días sin negocios: corridas de toros, verbenas. Siempre me ha llamado la atención que la voz “corrida” signifique, a la vez, el juego del toro y el orgasmo (me refiero, desde luego, a su uso coloquial en España). Parece unir la tauromaquia y el sexo, cosa que rubrican algunos antropólogos. Y el sexo y la muerte a través de un rito: una liturgia sacrificial que junta el goce con el dolor y no con el placer.

La índole sexual, de origen oscuro (¿qué no es oscuro en estos asuntos?) del toreo ha sido explicada por eruditos. Ahora mismo recuerdo las páginas de Ángel Álvarez de Miranda, quien atribuye la corrida de toros a inmemoriales celebraciones mediterráneas de dicho animal como emblema de la fecundidad.

El toro es apolíneo y solar, es decir un símbolo paterno, viril. Remotos toreros habrían matado un animal en las fiestas nupciales de antaño, empapando las sábanas de los desposados con la sangre taurina, para propiciar fértiles coyundas. Luego, convertido en juego, el rito propiciatorio habría sustituido la sábana sangrienta por la capa.

Con impregnación psicoanalítica, otros autores han visto en la pareja torero-toro una dualidad sexual femenino-masculino. El toro, animal noble, austero, vestido de negro, que acude al engaño sin sospechar que lo es, simboliza el tópico varonil. En cambio, el torero, vestido de colores y oropeles, con ropas ceñidas y andares sinuosos, seduce y miente, atrayendo al animal hacia un lugar mortífero, tras excitarlo por medio de las capeas, banderillas y pases de muleta.

En rigor, y siempre sin abandonar los tópicos, el torero aparece como bisexual. Si su andadura externa es femenina, su actitud “mental” es masculina, porque en él domina la razón astuta sobre la fuerza elemental. El torero puede emblematizar la victoria de la inteligencia sobre la naturaleza, de la historia sobre la vida.

El toro, ritual, tiene un número limitado de recursos, que reitera mecánicamente. El torero, por contra, inventa reacciones y embustes, de modo que pone la superioridad material del toro a la merced de su ingenio.

El torero es el hombre que estudia la naturaleza para domeñarla y convertirla en instrumento. Del laberinto donde habita el monstruoso Minotauro sólo se sale con astucia y con la reunión de Teseo y Ariadna.

Ambigua como la actitud del torero es la calidad de la corrida. La anuncia un melancólico pasodoble y los toreros desfilan vestidos para una fiesta de muerte. Se han acicalado y se someten a la crueldad del sol estivo, se han vestido de fiesta para triunfar o morir.

He allí la ambigüedad de la corrida, su doble faz luctuosa y triunfal, el suspense que mantiene en vilo la atención de la gente a las cinco de la tarde, en los sudores agónicos del vago estío, entre botijos de agua anisada y humos de cigarros.

Las verbenas también pasan con el verano. Se mezclan con las fiestas de pueblos y aldeas, con las pequeñas ferias locales, santos de barrio y vírgenes de villorrio. Su coincidencia con el estío puede remontarse a viejas celebraciones agrarias. En verano se recoge el cereal y, después, corresponde honrar a la Madre Tierra (la Virgen María puede ser una de sus variantes) y agradecerle su acopio de pan.

Entre los romanos, las verbenas eran desfiles un tanto orgiásticos de los jóvenes al campo, a recoger la primera flor de la verbena, que luego coincidió con las honras cristianas a San Juan.

Así como la “fiesta nacional” taurina se mantiene y cobra cierta envergadura intelectual, dividiendo a los opinantes entre taurófilos y taurófobos, las verbenas tienden a declinar, por obra de la civilización industrial. Asociada con lugares pequeños (un barrio, normalmente), la verbena es fiesta de gente pobre: menestrales, empleadillos, vendedores ambulantes. Verbenas de los barrios castizos de Madrid y Barcelona: la Paloma, Chamberí, Embajadores, Gracia, Sarriá Verbena que ocurren en lugares baldíos, resecos por el verano, donde las parejas producen nubes de polvo al arrastrar sus pies en los pasodobles, o donde se bailan chotis sin moverse de un pequeño lugar: un ladrillo, si es posible.

Las distracciones verbeneras son ingenuas, familiares, modestas. Se toman alimentos tradicionales (churros, adobos de berenjena, gallinejas en caldero, sardinas asadas) y bebidas a granel (aguardientes de orujos, agua de cebada, limonada, horchata, el infaltable vino tinto). Se tira al blanco, se compran billetes para sorteos de objetos domésticos, se cuelgan guirnaldas de papel.

En la madrileña Paloma, los vecinos compiten por las fachadas más vistosas, cubiertas, literalmente, por una muralla barroca de papel pintado.

Como fiesta del pobrerío, la verbena empieza a ser pudorosamente abandonada por la España próspera. Los ayuntamientos democráticos rehabilitaron muchas de ellas, suspendidas por el franquismo en razón de la reunión multitudinaria. Pero la protección desvirtúa la verbena. Los predios con árboles y aceras de cemento, la devoción por las hamburguesas y la Coca Cola, la aparición del jachís y la heroína, la música heavy que desplaza al organillo castizo, conculcan los ritos verbeneros hasta reducirlos a disfraces: los chicos del vecindario se visten de manolas y chisperos, con trajes que nadie usa y que se guardan en los armarios como los aderezos del carnaval.

Nadie usa faldas con volantes ni mantones de manila, gorrillas a cuadros ni pañuelos blancos al cuello, chaquetas ribeteadas y peinetas. Nadie recuerda cómo se bailaban las mazurcas y redovas de las antiguas verbenas.

El neón crea una luminosidad de día helado en plena noche, acabando con la penumbra de los farolillos en medio del humo y la polvareda, bajo el cielo de azul tierno que ofrece el verano.

Las verbenas pierden personalidad y se parecen a las ferias industrializadas de cualquier lugar del mundo. El ayuntamiento ha de contratar a bailarines profesionales y comparsas vestidos de castizos para que animen artificialmente el rito veraniego. El estío deja de ser vago en este sentido y la diversión se torna trabajo.

Volvemos a negociar en una sociedad que no puede permitirse ningún desfallecimiento en la productividad. Las verbenas en que las marquesas se mezclaban con las modistillas se han borrado del escenario social. Ciertamente, ya no hay marquesas ni modistillas. El rito se disimula hasta desaparecer ante la vista del paseante en la gran ciudad sembrada de juegos mecánicos.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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