¿Qué hacemos con la filosofía?

¿Qué hacemos con la filosofía? Imagen superior: "Encounter Group" (Hartwig HKD, CC)

La filosofía tiene un grave prestigio. Si nos presentan a un señor de profesión filósofo, ponemos las cejas en V. Y, según suele imponer la lógica del contrasentido, el periodismo habla de filosofía a propósito de cualquier banalidad. La filosofía del Cholo Simeone para ganar la Liga, o la del cocinero Arzak para decidir sobre si setas de cardo o níscalos, o la del modisto Versace para inclinarse por las líneas paralelas o el quadrillé. Mientras tanto, sigue habiendo facultades de filosofía, diplomas de doctorados en filosofía, premios nacionales de filosofía, academias de filosofía, colecciones de libros de filosofía, suma y sigue. O sea: abundancia de materiales para la perplejidad.

Barruntaba estas cosas mientras leía un libro inteligentísimo de Herbert Schnädelbach: Qué saben los filósofos y qué se puede aprender de ellos. De momento, no está traducido al castellano, pero pienso que lo estará en su hora. Podría glosarlo y sería aburrido. Plagiarlo, indecente. Comentarlo, demasiado largo para una columna. Prefiero que el lector conteste a las preguntas que me ha suscitado parcialmente su lectura. Veamos:

¿Qué saben los filósofos cuando dicen que saben?

¿En qué consiste el saber del saber?

¿Es la filosofía una cosa para especialistas en filosofía?

¿Es la filosofía una ciencia del espíritu más, con su respectiva hermenéutica, o sea su propia historia?

¿Es la filosofía un falso saber heredado, con un prestigio de museo, porque el pensamiento no es materia filosófica sino neurológica?

¿Es la filosofía un léxico propio de los filósofos, o sea una literatura como la novela policial o pornográfica?

¿Es la filosofía una institución académica, o sea una nómina de sueldos a cobrar por los profesores de filosofía?

¿Son la misma filosofía el esoterismo continental –léase alemán– y el exoterismo anglosajón –léase escocés–?

¿Tienen razón los positivistas cuando dicen que sólo la ciencia piensa o Martin Heidegger cuando dice que la ciencia no piensa?

¿Es la filosofía una antigualla que sólo puede salvar su conversión en una ciencia del lenguaje, como propone la escuela analítica del propio lenguaje?

¿Es verdad que sólo la filosofía piensa y sólo la ciencia sistematiza?

¿Sabemos algo del todo o el saber consiste en saber que nunca sabemos nada del todo? ¿Somos apodícticos o escépticos? ¿El saber es saber o deviene saber?

¿Tienen razón los filósofos del lenguaje cuando dicen que no importa lo que puedo saber sino lo que puedo entender lo que saben las palabras?

¿Se pueden traducir lo libros de filosofía o sólo se puede filosofar en griego y en alemán, como decretó Heidegger?

Bueno. Releo el cuestionario y advierto con melancolía que puede resultar inútil si reduzco la lista a una sola interrogación: ¿Cómo sé que lo que yo sé es verdadero? Lo digo porque siempre que algo se sabe, lo sabe alguien. Y al decir yo puedo decir tú, él o ella.

No se crea el lector que carezco de respuestas. Simplemente, las he ocultado para dar cierta vidilla a esta página. Confieso que para mí la filosofía subsiste y cómo. Y no es una actividad de historiadores, archiveros y profesores, aunque lo sea y con mejores o peores ejemplos. Es una interminable tarea de problematización propia del animal humano que si no tiene problemas los inventa para no perder la costumbre. En efecto, filosofamos a diario obedeciendo a la costumbre de debatir, de hurgar en la trastienda de las cosas y dejar la propia costumbre con el traste al aire. Dicho más ampliamente, con algunos maestros insistentes, desde Hegel a Wittgenstein pasando por el traspuesto siciliano Giovanni Gentile: toda formalización del pensamiento es filosófica y como sólo pensamos lo que dicen las palabras, falso o verdadero, acertado o erróneo, todo lo que resulta decible –pongámonos finos: efable– es pensamiento.

Por favor, remitan las respuestas por este medio tan leve como una sutileza filosófica: la red que está en el aire.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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