"Robinson Crusoe" visto por Luis Buñuel

En México y en 1953, Luis Buñuel dirigió una adaptación de Robinson Crusoe. La película, cuyos negativos originales se dan por perdidos, fue reconstruida, con las limitaciones pensables, por la Televisión Española (1989). Faltan fotogramas y, por momentos, las secuencias se tornan espasmódicas y tartamudas. El color vacila al cambiar de rollo, y esto es bueno, porque acentúa la gesticulación onírica que Buñuel esboza a ratos.

El resultado del film no pasa de modesto. Brilla en contadas ocasiones: un sueño en que el padre de Robinson quita a su hijo enfermo de fiebre toda el agua disponible, para morir ahogado; la muerte del perro, primer momento en que el héroe comprende que la mortalidad progresa aunque esté en una isla sin semejantes que midan su tiempo; un fragmento bíblico dicho a los gritos en un valle donde la naturaleza agiganta las alabanzas a Dios.

Filmar Robinson tiene un inconveniente mayúsculo. Gran parte del relato muestra cómo un hombre sobrevive en una isla. No hay situaciones coloquiales y, por ello, el director se ve condenado a uno de los peores recursos del cine: el texto en off.

Cuando Robinson vuelve al barco encallado en busca de víveres y herramientas, encuentra unas monedas de oro en el cajón de un armario. Tan codiciadas y tan inútiles, las piezas de dinero son elocuentes por sí mismas. La voz paralela desluce la imagen del oro suntuoso e impotente. Otro escollo cinematográfico es lo que podríamos llamar vida corporal de Robinson.

En la novela, el personaje se enferma apenas y trivialmente, no enloquece a pesar del aislamiento (dura más de veinte años), carece de sexualidad. Todo esto vale si pensamos que el texto es una alegoría religiosa: arrojado a una isla, el hombre puede edificarse (nunca mejor dicho) con la compañía de Dios, mediada por la Biblia.

Pero si queremos mostrar a Robinson con su cuerpo y la densa opacidad temerosa que todo cuerpo desplaza, las cosas cambian. Es el riesgo que corrió Michel Tournier en Vendredi ou les Limbes du Pacifique, donde nos cuenta cómo Robinson se masturba, tiene trastornos mentales y cae seducido por Viernes.

La fabula no puede sino cambiar de sentido y deviene la historia de un hombre civilizado que resulta fascinado por los encantos de la barbarie.

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Metáfora barroca de la existencia como abandono y soledad, Robinson recuerda las figuras de Pascual y Gracián sobre el hombre que despierta a la vida en una isla desconocida, agravada por la noche.

Varios libros devotos de la época narran naufragios y salvaciones que anticipan a nuestro héroe. Defoe les da un matiz profano: Robinson es capaz de refundar la civilización en la cual se ha formado, someter a la naturaleza y hacerse reconocer como superior por un par de indios y un español. Finalmente, es un anglosajón.

La novela es uno de los mitos fundadores de nuestra modernidad: muestra que la cultura no puede ser recuperada por la naturaleza y que, en un medio sin historia, el pionero blanco organiza una sociedad utópica: América.

Allí se legitima y legaliza sus relaciones de dominio sobre los demás. Robinson es una epopeya minúscula del colonialismo. Intentaran desmentirlo Rousseau y el mito de Kaspar Hauser, el niño que, abandonado en la selva, pierde los reflejos educativos del hombre civilizado y resulta poco menos que ineducable, como si fuera salvaje de toda la vida.

Robinson se trivializa en Tartin, señor natural y darwiniano de negros y monos, que descubre la necesidad del taparrabos y del afeitado diario, aunque nadie se lo enseñe. También podemos pensar que Robinson, como los otros grandes mitos barrocos, es una meditación acerca del hombre y su doble, reflejo fantasmal de sí mismo en otro.

En efecto, el barroco funciona con parejas de hombres que se toman por espejos mutuos: Don Quijote y Sancho, Fausto y Mefisto, Hamlet y Horacio, Don Juan y Catalinón, Robinson y Viernes.

La pisada en la arena es el pie del otro que es mi pie, mis pasos en el mundo que son los pasos de un extraño.

Copyright © Blas Matamoro. Este artículo fue publicado originalmente en la revista Vuelta, y aparece publicado en Thesauro Cultural (The Cult) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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