Un santo semiótico

Un santo semiótico Imagen superior: "Saint Augustine", de Philippe de Champaigne

Los jóvenes de los años de 1960 –entre los cuales me cuento– apenas quisiéramos ponernos cultos y finos, debíamos adoptar o, al menos, rozar la moda estructuralista. El lenguaje está estructurado por elementos simultáneos (sincrónicos) y sucesivos (diacrónicos), unas palabras significan a otras, son signos convencionales y sustituibles, hay el código de la lengua y la práctica del habla, si dos hablantes comparten un código se pueden comunicar, amén aleluya. De aquí cabía extraer una multitud de virguerías propiciadas por la Sorbona según la tradición (sic Severo Sarduy) jesuítica y bizantina de la institución.

Leyendo el sólido y bien topografiado libro de Wenceslao Castañares Historia del pensamiento semiótico. 1 La antigüedad grecolatina (Trotta, Madrid, 2014) me he desayunado de que las novedades de nuestra mocedad son antiguas por no decir, dada su réplica en el tiempo, clásicas. Castañares nos hace un par de grandes favores a los interesados en el tema que no somos especialistas. El tema es enorme y central: ¿qué decimos al decir? Apunto los dos favores aludidos: una expedición por la tupida selva de las fuentes griegas, machete en mano, buscando correlaciones y diferencias de nomenclatura; y rescatar a Agustín de Hipona como el primer semiótico moderno. Ahí es nada.

En efecto, el santo africano despeja el vocabulario y con latina claridad, se ocupa del signo. Unifica el campo, reuniendo signos verbales y no verbales, fundando la semiótica. ¿Moderna, ya en el siglo V? Sí, porque se repite en el XX. Además, libera a dicha semiótica de las obligaciones epistemológicas, lógicas y dialécticas, de modo que se sitúa como disciplina fundante de las otras y, por excelencia, meditación antropológica: el hombre es un animal semiótico, el único que existe, porque no sólo emite signos sino que sabe que los emite y es capaz de hacer a un signo, signo de otro signo: metalenguaje.

Desde luego, a Agustín no se le escapó que el signo siempre está en acción, siempre es emitido por alguien con la expectativa o la demanda de ser escuchado. El código compartido produce la comunicación, eso que los comunicólogos de 1960 ofrecían como novedad tecnológica. La palabra no sólo es signo sino que es verbo, signo en movimiento.

La palabra remite a otra cosa pero es también una cosa. De ahí que pueda cambiar de función, ser significado de un significante y exigir ser considerada como significante en sí misma. Con esto se crea la cadena del significar, esencial a toda lengua viva. Y también la infinitud del campo semiótico, con la correlativa cuota de ambigüedad, sin la cual –aquí gloso al santo semiótico– no habría poesía.

Desde luego, esta madeja de propuestas es fascinante pero también desesperante. El lenguaje nunca acaba de decir aunque parezca que acabe de significar. En la práctica, nos ponemos de acuerdo y admitimos haber entendido. Luego viene los matices y lo que hemos entendido se torna malentendido. Pero esto no atañe a Agustín, que piensa con Dios a favor, ese Dios a quien tanto invoca y que no le responde. La verdad definitiva de las palabras sólo la sabe Dios, como la definitiva realidad de las cosas. De esa sabiduría omnipotente baja a nuestras cabezas la luz de la certidumbre, que nos hace elegir unas palabras y desechar otras.

¿Y si no hay Dios que asista al animal semiótico? Un romántico diría que basta con la autenticidad del sentimiento, que la verdad es algo que sentimos al hablar o al escribir. Y si dejamos de creer en Dios y en el sentimiento humano y cedemos la palabra a unos robots que resuelvan entre ellos nuestra vida cotidiana ¿no habremos llegado, por fin, a la plenitud del sistema? Seguramente, y también al final de la divina comedia.

Copyright © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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