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Lo digo demasiadas veces e intentaré no decirlo más, pero es una una pena que algunas películas se estrenen directamente en plataformas digitales sin ofrecer la opción de disfrutarlas en salas de cine (o coleccionarlas en formato físico). En el caso de esta nueva obra de los hermanos Coen, dicha pena es todavía más aguda, ya que se trata de un excelente wéstern, repleto de paisajes y encuadres que piden a gritos la pantalla más grande posible para ser disfrutados en condiciones.

Para ser un buen guionista hay que ponerse límites. En el cine, los límites no sólo se refieren a lo que conviene narrar o no. También sirven para modular cada sorpresa y cada intriga, o por citar un ejemplo trivial, para decidir cómo el villano de turno consumará su anhelada venganza.

¡Ah, el París de principios del siglo XX! ¡La bohemia! ¡Las vanguardias! Creatividad al máximo, progreso cultural, libertad… Un momento mítico, sin duda. Pero como sucede con todos los mitos, la realidad no era tan idílica.

Bien se podría haber presentado esta película como una adaptación de los cómics Weird War Tales de DC, donde se narraban distintas hazañas bélicas combinadas con elementos de terror paranormal o ciencia ficción.

Los que no somos demasiado fans de Jean-Luc Godard ‒aun reconociendo sus méritos‒ por fin podemos pasar por personas decentes entre la cinefilia diciendo que nos gusta mucho la obra de Goddard. No se escribe igual, pero suena idéntico. Me refiero a Drew Goddard, un estadounidense que vale para todo y que, a sus cuarenta y pocos años, ya es un veterano de la industria.

En la escalera psicodélica que ha construido Panos Cosmatos no es fácil elegir un rellano. Si he de escoger, me quedo con la impresión que emerge en los títulos de crédito, animados por una canción de King Crimson. Esos planos iniciales me convencen de que esta película es un larguísimo videoclip de rock progresivo, con todos los tics y excesos de ese estilo musical.

Aunque las películas de submarinos más conocidas han contado con presupuestos más bien holgados (La caza del Octubre Rojo, Marea roja, Das Boot…), lo cierto es que la serie B también supo sacarle provecho a las aventuras subacuáticas, aprovechando decorados mínimos, imágenes de archivo y maquetas más o menos efectivas sumergidas en peceras.

Supongo que nadie elige serlo. Para convertirse en una estrella de culto, la fama y el talento suelen traer aparejado un destino más o menos trágico. Son vidas en suspenso, que pagan ese precio para convertirse en mitos.

Aunque parezca largo, en realidad el título original de esta película (y de la novela epistolar de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows en la que se basa) añade “de Guernsey” al nombre del club de lectura en cuestión.

Posiblemente, ni el propio R.L. Stine imaginó que se iba a hacer rico y famoso con Pesadillas, su serie de novelitas de terror infantiles. Hablamos de poco más que cuentos largos, no especialmente originales y repletos de clichés y lugares comunes, pero, por alguna razón inexplicable, capaces de encandilar a los críos y crear legiones de fans.

Alvin Schwartz, investigador y recopilador de leyendas folclóricas y urbanas (muy recomendables sus Scary Stories to Tell in the Dark), mostraba su sorpresa al descubrir que una de esas historias, referente a un fantasma y una parada de autobús, en realidad tenía sus raíces en la antigua Grecia con la historia de Filinion y Macates. Y posiblemente ya por entonces fuera una vieja leyenda.

Causa cierta frustración que las nuevas películas de directores a los que admiramos se estrenen directamente en plataformas digitales. Sucede con El apóstol, un film cuyos encuadres y escenarios piden a gritos una pantalla cinematográfica y no una televisión, una tableta o (qué horror) un teléfono móvil. Pero menos es nada, supongo.

El “gran año” del título es 1957, fecha que se convierte en pilar de este documental que, pese a la premisa, da un buen repaso a la obra y especialmente a la vida del legendario artista sueco.

Michael Myers regresa a las pantallas. Y ¿saben lo que es más curioso? Aunque muchos disfrutarán de su retorno por razones nostálgicas, el personaje no está pasado de moda. Todo lo contrario. Esa figura del depredador anónimo, con una crueldad arbitraria, es más actual que nunca.

La película First Man muestra un retrato heroico y mitológico –típico en el cine de Estados Unidos– del programa espacial de la NASA Apolo 11; y lo hace a través de la figura de su comandante Neil Armstrong, un hombre física y mentalmente extraordinario.

Mientras escribo, todavía sigue viva esa absurda creencia que niega la llegada de astronautas a la Luna. No tengo gran interés en comprender a quienes se aferran a esta conspiranoia, pero sí me atrevo a recomendarles esta magnífica película, en la que se detalla el grado de sufrimiento y de investigación que supuso esta proeza.

En mayor o menor medida, a casi todo el mundo le gusta Harry Potter, y con razón. Pero antes de él ya hubo niños magos que se adelantaron a las novelas escritas por J.K. Rowling, como el Timothy Hunter de Los libros de la magia de Neil Gaiman, el Harry Potter Jr. de la película Troll (John Carl Buechler, 1986) o el Lewis Barnavelt de la larga serie de novelas escritas por John Bellairs y Brad Strickland, iniciada por La casa del reloj en la pared (1973), obra que contaba con el inestimable apoyo de las ilustraciones del gran Edward Gorey.

Esta película es intensamente valenciana y no poco argentina. Al comienzo del film, todo esto desconcierta un poco, pero pronto nos damos cuenta de que funciona. Y la razón es que este primer largometraje de Nacho Ruipérez sabe utilizar con astucia los mecanismos básicos del thriller detectivesco y trasladar este tipo de historia a los arrozales y descampados de Levante, añadiendo algo de singularidad con algún que otro personaje argentino.

Lo más admirable de esta película es su valentía a la hora de explotar el potencial que tiene la historia de nuestro país para el cine de género, algo que a veces nos ha dado vergüenza por un infundado complejo de inferioridad.

Lo que convierte a Venom en sintomática de un recalentamiento en el mercado de los superhéroes es su condición de artefacto prescindible, diseñado sin chispa, como si sus guionistas hubieran olvidado qué demonios significa la originalidad.

El material del que está hecha esta película de Marc Foster es tan elegante como el de otra obra de este director, Descubriendo Nunca Jamás (2004), inspirada en la figura del autor de Peter Pan, J.M. Barrie.

Considerada por muchos una de las obras más logradas del último periodo de Bruguera, Superlópez se debe al talento gráfico y narrativo de Jan y al guionista que dio un impulso definitivo a la serie, Efepé (Francisco Pérez Navarro).

Era cuestión de tiempo que alguien hiciera una película utilizando programas de Internet como herramienta audiovisual. Al fin y al cabo, una enorme parte de nuestras vidas se desarrolla entre redes sociales, correos electrónicos, compras online y demás zarandajas de la era digital.

La saga Depredador (o Predator, como la llamamos ahora que somos más internacionales) siempre se ha beneficiado de la falta de expectativas artísticas, algo que ha presionado a otras franquicias como su serie casi hermana Alien.

El éxito de las películas de Marvel-Disney ha provocado que muchos quieran subirse al carro creando sus propios “universos cinematográficos” (franquicias de películas protagonizadas por distintos personajes, pero conectados entre sí).

Steve Allen publicó Meg: A Novel of Deep Terror en 1997. Algunos compramos este libro en su momento porque, ¿cómo resistirse a la historia de un megalodón atacando a humanos?

El eterno y caótico polvorín que es Oriente Medio, un territorio fragmentado en el que se encadenan los enfrentamientos desde los tiempos bíblicos (o quizá desde antes), siempre es un buen escenario para relatos llenos de tensión.

Aunque la primera entrega de The Equalizer recibió en España el genérico título de El protector, la secuela de aquel film de 2014 respeta en nuestro país su título original. Como ya sabrán, The Equalizer no trata sobre un técnico de sonido, sino sobre un justiciero urbano lleno de recursos y prácticamente invencible, que desarrolla su actividad en secreto. Algo así como el Equipo A, pero con un solo miembro y con más afición a astillar huesos.