Entrevista con Fernando Savater

Fernando Savater

 

El reloj mental de Fernando Savater (San Sebastián, 1947) no necesita tiempo para adaptarse a cualquier giro de la conversación, sobre todo si, como sucede hoy, recorremos asuntos tan gratos para él como la lectura, el cine y las ilusiones que prosperan durante la infancia.

En lugar de hallarme con Savater en una librería madrileña, hubiera preferido formularle estas preguntas en su despacho. Como diseñador espontáneo de esa habitación, el escritor y filósofo sabe exactamente lo que quiere. Los libros buscan acomodo en cualquier hueco, ocupando estanterías repletas, en apariencia desordenadas.

Sobre las baldas, se intercalan fotografías de Rimbaud, de Cioran y del jockey Lester Piggott. No lejos de una estampa de Sherlock Holmes, un desfile de caballos en miniatura evoca las glorias del turf.

Por supuesto, hay más figuras aquí y allá: una ballena azul, un calamar gigante, un hombre de las cavernas atrapado por un oso descomunal, personajes de los cómics Marvel, Tarzán, Baloo... Es como si toda esa colección fuera el resumen de aquello que hace feliz a Savater.

En sus memorias cuenta una anécdota que me llamó la atención. Usted tenía nueve o diez años, y en el periódico descubrió el anuncio de un safari en Tanganica. Cuando se lo mostró a su padre, él pareció dispuesto a emprender esa aventura que les llevaría hasta el corazón de África. Con enorme ilusión, usted preparó el equipaje... Luego, al comprender que todo había sido un malentendido, llegaron las lágrimas. Pero dígame, ¿qué hubiera sucedido si su padre hubiera podido realmente llevarle a ese safari?

Desde luego, en aquel momento, el sueño de mi vida era ir a Tanganica... ¿Qué hubiera ocurrido? Quizá hubiera visto que es mejor viajar con la imaginación que en la realidad. Que es más cansado, y hace más calor, y hay mosquitos... Al menos, con aquella decepción, descubrí la distancia que siempre hay entre la fantasía y la realidad, y que eso, sin embargo, no es un argumento en contra de la imaginación.

Es decir, que aunque la imaginación no coincida con la realidad, nos ayuda a vivir en la realidad de una manera más completa y menos humillada.

Pero no lo sé... No sé qué hubiera sucedido. La verdad es que ha habido dos momentos así en mi vida, ese que dices, y cuando yo acabé la carrera.

¿Qué sucedió entonces?

Tenía veintiún años. Recién casado, me echaron de la universidad... En fin, aquella era una de esas cosas que me suelen pasar cíclicamente.

Había un amigo mío que trabajaba en el diario Madrid. El periódico Madrid, cuya sede estaba en la calle General Pardiñas, enfrente de donde yo vivo, fue volado posteriormente...

El caso es que yo le dije a mi amigo: "Mira, necesito ganarme la vida. Puedo escribir en el periódico. Dime algo, y yo lo hago". Él me respondió: "Bueno, ¿y de qué sabes?" Y yo dije: "Pues mira, yo de lo único que sé es de carreras de caballos. Te puedo escribir sobre ese tema. Me voy a los entrenamientos por la mañana, y yo te escribo de caballos". Y él me dijo: "No, ya tenemos un señor mayor que lo hace desde hace muchos años". Entonces respondí: "A mí también me gusta leer libros de ensayo".

Entonces empecé a hacer crónicas de libros de ensayo. Pero si llega a estar libre lo de las carreras de caballos, me hubiera dedicado a eso, y no hubiera escrito nada de ensayo. Así que la vida va un poco a golpes de suerte. Mejor o peor, pero a golpes de suerte.

El punto de referencia literario de su generación es Guillermo Brown, ese genial personaje creado por Richmal Crompton. Al leer las aventuras de Guillermo, uno se da cuenta de que este chico travieso e inteligente –el gran proscrito– tenía ese elemento de rebeldía que podía seducir a los niños como usted. Sin embargo, los chavales de ahora, mimados por padres amigables y con mil posibilidades a su disposición, lo tienen más algo difícil para identificarse con un soñador como Guillermo.

En mi generación había una mitificación del orden mucho mayor. Hoy, normalmente, lo que los niños echan de menos es el orden.

El desorden reina en el arte, en la televisión... Ahora lo que está glorificado siempre es la transgresión: el tipo que se carga al vecino, etc.

Eso era inusual en nuestra época. Tenías ganas de disfrutar con un personaje que fuera a la vez bueno y transgresor, como Guillermo, como Robin Hood, como Arsenio Lupin... Hoy es al contrario. Todo el mundo está lleno de transgresiones. Lo difícil es encontrar a una persona que mantenga el orden de manera más o menos normal y decente. Ahí sí que hay un cambio.

Es verdad que, claro, los niños están explorando las leyes, y por lo tanto necesitan transgredirlas, ¿verdad? La única forma de entender un precepto es violarlo. De eso no cabe duda. Entonces, en un primer momento, es lógico que haya una tendencia a que ellos hagan precisamente lo que les dices que no hagan, para demostrar que te han entendido.

Es lo que pasó en el Jardín del Edén. Lo que pasa es que luego Jehová se enfadó. Pero en el fondo, aquella era una forma de acatar la ley al transgredirla.

Cuando se iniciaba como lector, usted leyó libros de piratas, detectives, cazadores exóticos, caballeros medievales... Le digo esto y parece que estoy hablando de los actuales best-sellers para adultos. ¿No le parece que se está infantilizando la novela actual?

Eso también es verdad. Uno de los problemas que tienen hoy los niños es que la plaza de los niños, y sobre todo la de los adolescentes, está ocupada por sus padres.

Resulta muy difícil porque vivimos en un mundo en el que existe la superstición de que todo el que no es joven está enfermo. Entonces, claro, no hay ningún modelo positivo del adulto.

La persona adulta tiene que parecer un zangolotino, un niño crecido, porque no hay ningún modelo positivo de persona adulta, ni en el terreno de los hombres y mucho menos en el terreno de las mujeres.

El padre te dice "Yo soy el mejor amigo de mis hijos"... Pruebe usted a ser su padre, que es una cosa mucho más interesante. Amigos tendrá cuarenta, pero padre no le tiene más que a usted.

Y la madre te dice: "A mí me confunden con la hermana mayor de mi hija"... Serán los cortos de vista, porque los demás… En fin, hay ese entusiasmo por mantenerse perpetuamente joven, porque hay un pánico de que fuera está la intemperie.

Es en este contexto donde surge esa ola infantil de novelas seudohistóricas –que en el fondo es una novela para gente que no sabe nada de historia–, y que en su mayoría son disparates que no tienen que ver ni con la historia ni con nada, pero que a uno le suenan al tipo de cosas que uno leía durante la adolescencia.

En España, por ejemplo, en las novelas actuales, si no sale un par de templarios, ya es que no la puedes leer...

Tal y como están las cosas, casi lo difícil es hablar de novela para adolescentes.

Todo eso es verdad. Hay una infantilización en ese sentido, y claro, eso dificulta el hecho de que el niño encuentre un poco su espacio. Un espacio que ya está ocupado por sus padres.

Tiene que estar esperando turno para poder entrar en la adolescencia... Y a ver si sus padres se deciden a irse.

La corrección política está llegando al terreno de la literatura infantil. De hecho, ya han salido al mercado bastantes libros que adaptan y suavizan el argumento de los cuentos tradicionales. ¿Qué opinión le merece esta tendencia?

Que Hansel y Gretel peguen un empujón a la bruja, que era una persona más o menos desagradable, podía tener un pase... Pero que la echen a un horno ardiendo, y se queden los dos tan felices, viendo cómo arde, pues hombre... es una cosa que pone un poco los pelos de punta.

Ahora se intentan dar versiones más light, menos brutales de los cuentos. Es verdad que, en ocasiones, los cuentos tienen algún tipo de prejuicio muy determinado, de una época determinada. Durante cierto tiempo, aquí en España, ha habido cuentos en los que el malo siempre era un judío. Eso hoy no aporta nada al cuento. Al contrario, aporta una serie de prejuicios que está muy bien que desaparezcan.

Hay cuentos terribles en esa línea durante el siglo XIX. Por ejemplo, El judío en el espino, de los hermanos Grimm.

Lo que no se puede es quitar el elemento de crueldad, de cierta crueldad que hay en los cuentos, porque los cuentos preparan para la vida... y la vida es cruel.

Todos quisiéramos que los niños no sufrieran en la vida, pero lo que hay que hacer no es mantenerles al margen, sino prepararlos, porque siempre habrá peligros. Habrá enemigos, habrá adversidades, y a eso hay que aprender a enfrentarse.

Naturalmente, no hace falta que el relato insista de forma morbosa en esos aspectos, pero debe fijar la idea de que el mal está ahí, y es terrible, pero se puede vencer.

Lo que ahora prima es proteger al niño lector de imágenes que sean duras o inquietantes.

Hay un texto de Chesterton muy bonito, en el que, hablando de esto mismo, demuestra que esta tendencia ya empezaba en su época.

Comenta lo siguiente: hay gente que dice que contar la historia de Juan sin Miedo, que corta la cabeza al gigante, es brutal, porque en el fondo es un elogio de la fuerza.

Entonces dice Chesterton: no es verdad. Si fuera un elogio de la fuerza, el que ganaría desde el principio sería el gigante. La gracia está en que el que no parece fuerte pueda vencer al prepotente o al aparentemente fuerte.

En los cuentos hallamos esa lección. De alguna forma, podemos enfrentarnos a cosas terribles, peligrosas, a maldiciones, a fatalidades y salir adelante. Y eso es parte de la educación que hay que tener.

Otra cuestión actual es el hecho de que, en las reediciones de los clásicos infantiles y juveniles, el léxico se simplifica cada vez más. Se trata de versiones cada vez más sencillas.

Dicen que los niños no entienden muchas de las palabras. Y yo digo: ése es el encanto de los libros. Yo doy clase a chicos que tienen veinte años, y el problema es no tanto que no les guste leer, sino que no entienden la mayoría de lo que leen.

Hay palabras que no conocen, y no les apetece tomar un diccionario y buscar su significado, que es parte del encanto de la lectura,

Antes tú leías a Emilio Salgari, y Salgari te empezaba a hablar de cosas que no conocías.

Los praos en que navegan Yáñez y Sandokán, armas como el kris, la fauna de nombres exóticos...

¡Claro! Todo eso era el encanto de aquellos libros: buscar cómo eran esos árboles y esos animales, qué significaban determinadas palabras... El error es privar al niño de la lucha por comprender.

Un niño debería tener siempre un diccionario a mano, y yo creo que el libro más importante, y cuya lectura hay que favorecer, es el diccionario o la enciclopedia.

Esos son los complementos de cualquier libro. Y hay que decirle al niño que se lee buscando palabras. Que eso no es una objeción, y está muy bien que se lean en el libro cosas que no se oyen en la calle.

A veces, esa mentalidad de SMS que hoy tenemos simplifica excesivamente la forma de hablar, y va haciendo cada vez más telegráficos o taquigráficos los mensajes.

Copyright de texto e imágenes © Guzmán Urrero Peña, 2007. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Siempre oí decir que el periodismo debe encararse con los hechos. Es algo que puse en práctica en una redacción de la Agencia EFE, donde aprendí a escribir para los periódicos.

Un día descubrí que todas las novelas que había leído y todas las películas que había visto iban a servir para algo. Gracias a esas dos aficiones, publiqué unos cuantos libros mientras redactaba artículos en las páginas de cultura del diario ABC y en revistas como Cuadernos HispanoamericanosAlbum Letras-Artes y Scherzo.

En tiempos ya lejanos, tuve que gastar muchas horas escribiendo entradas para las enciclopedias de Micronet y Microsoft, y también preparando exposiciones y proyectos de divulgación para el Instituto Cervantes. No sé si fue antes o después de aquello cuando empecé a soñar con una revista en la que tuvieran cabida, en igualdad de condiciones, la alta cultura y la cultura pop. Un día cualquiera a finales de 2006, ese proyecto echó a andar. Desde entonces, el equipo de The Cult busca la mejor literatura, el cine que merece ser visto, las exposiciones más atractivas y los descubrimientos científicos más relevantes.

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