En muchas ocasiones, nos recomiendan o venden alguna película con la expresión “para amantes de las emociones fuertes”. ¿Y qué pasa en esos días en los que apetece ir al cine, pero no tener sobresaltos ni disgustos? Pues para esas ocasiones existen películas como Una cita en el parque, que es una pequeña comedia, agradable y ligera, para pasar un rato tranquilo, sin más.

Un tema obsesivo parece recorrer la primorosa telaraña de tensiones y juegos de manos que es la obra de Alfred Hitchcock: un hombre se ve metido en la identidad de otro y acaba siendo devorado por esa segunda identidad, extraña, que resulta ser la suya propia.

Rememora Nabokov un sueño recurrente de su infancia donde era capaz de ver un paisaje de espaldas, cuando normalmente se lo ve de cara. Ha conseguido escribirlo y concluye que tal sueño ya no es suyo, que se ha vuelto ajeno y común, compartido.

Hace 525 años, tal día como hoy, poco más de un centenar de hombres, en dos carabelas y una nao capitana, salían de Palos de la Frontera, rumbo a lo desconocido. ¿Objetivo? Alcanzar las míticas islas de las especias, el lugar donde crecían la pimienta, el jengibre, la canela, la nuez moscada, el anís estrellado, el cardamomo... las especias exóticas, que llenaban las plazas y mercados europeos. Fuente de riqueza, para quienes comerciaban con ellas. Fuente de placer, para quienes las consumían.

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong". Así empieza la von Blixen, Karen, su libro más famoso. Supongo que resulta muy difícil imaginar otra Karen que no sea la Streep, Meryl. Es lo que tiene la cultura cinematográfica, que todo lo invade.

Cómic fundamental en la ciencia-ficción festiva europea, Valérian y Laureline, obra del dibujante Jean-Claude Mézières y el guionista Pierre Christin, comenzó a publicarse a finales de los 60 e influyó en buena medida en la space-opera posterior, incluyendo La guerra de la galaxias (George Lucas, 1977) y El quinto elemento (1997).

Últimamente están llegando a las salas de cine varias películas que tratan sobre la heroica resistencia británica durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Casualidad? ¿Efectos secundarios del Brexit? Sea cual sea la razón, aquí tenemos un nuevo film centrado en una de las personalidades más relevantes de la historia de Gran Bretaña: el primer ministro Winston Churchill.

Como cada año en verano se celebra la pasarela wagneriana por excelencia: el Festival de Bayreuth. Aprovechemos la ocasión para hablar de la controversia musical que se generó con el inicio de la opera Tristán e Isolda, de Richard Wagner. Tómese el siguiente texto como un programa de mano sui generis, frente al sucedáneo otorgado a los asistentes de la sala a modo de “menú del día”.

Un lejano amigo, alemán y musicólogo, me dijo cierta vez que esperaba vivir lo suficiente como para asistir a la canonización por la Iglesia de San Martín Lutero. No sé si el Papa Bergoglio llegará tan lejos, aunque parece estar en camino. Es cierto que Lutero fue excomulgado, pero Juana de Arco murió en la hoguera por bruja relapsa y llegó a la santidad.

Décadas después de la disolución de Joy Division, este legendario grupo volvió a la primera línea de actualidad por varios motivos. En 2007, fallecía Tony Wilson – fundador del sello musical Factory Records, desde el que lanzó a Joy Division– y ese mismo año se reeditaba "Love Will Tear Us Apart", su single más conocido, tan sólo unas semanas antes del estreno en salas de Control, el biopic sobre Ian Curtis dirigido por Anton Corbijn.

Allá por mediados de los años 1950 triunfó una opereta norteamericana así llamada. Era una exaltación de la vida aldeana donde la existencia era simple y, por ello, maravillosa. Desde luego, no padecía las complejidades seductoras y problemáticas de la gran ciudad.

Se dice que el rey Arturo regresará de su merecido descanso en Avalón cuando Inglaterra más le necesite. Posiblemente lo haga ahora, para vengar la afrenta que ha perpetrado Guy Ritchie con esta espantosa película.

La deriva de las lenguas es, a veces, tan intrincada como la deriva de nuestras propias vidas. Aparecen, se mezclan, evolucionan y muchas terminan desapareciendo.

El malditismo es uno de esos rasgos que soportan bien el paso del tiempo, quizá porque la naturaleza humana aprecia mejor a los genios cuando estos concilian su imponente legado con una vida pública deplorable.

Leí por vez primera a Alexéi Konstantinovich Tolstói (1817-1875) por casualidad, que es la manera en que uno acaba descubriendo siempre a los escritores de culto. Se lo debo a aquella magnífica antología en dos volúmenes que J.A. Molina Foix reunió bajo el título de Horrorscope: mitos básicos del cine de terror (Madrid, Nostromo, 1974).

Leyendo a Anthony Ashley-Cooper, tercer conde de Shaftesbury (1671–1713), uno confirma lo que destacan sus estudiosos: un claro interés por el pensamiento clásico y, en el ámbito ensayístico, una clara afinidad con ese buen criterio que definieron y pusieron en práctica los filósofos estoicos.

Soy aficionado al cine de barracón, el de los efectos especiales, capaz de convertir un terremoto en un objeto portátil que se guarda en un bolsillo de la chaqueta. De los cineclubs donde tantos aprendimos el lenguaje cinematográfico elemental, conservé y conservamos la expectativa de ver cómo se inunda Metrópolis, cómo se abre el Mar Rojo, cómo un manto de ceniza desfonda y sofoca Pompeya.

A veces, se nos olvida a los que escribimos sobre cine que los remakes se hacen, básicamente, para el público que desconoce la existencia de las películas originales en las que se basan.

En aquellos años en los que aún coleccionábamos elepés, el libro Gödel, Escher, Bach. Un eterno y grácil bucle, de Douglas R. Hofstadter, nos descubrió que la música podía ser estudiada desde un ángulo multidisciplinar, con un efecto aún más satisfactorio si la ciencia contribuía a dicho análisis.

A la manera de Salgari, Karl May brindó a los europeos de varias generaciones un sinfín de fantasías exóticas en las que cada aventura venía a ser un soplo de libertad. De su extensa bibliografía, lo que mejor ha perdurado han sido sus novelas del Oeste: un Far West germánico, animado por todos esos tópicos de la frontera que tanto fascinaron a los alemanes del XIX.