Leña al monte y agua al mar

Leña al monte y agua al mar Imagen superior: Felipe, príncipe de Asturias, por Tiziano (1551).

Cuenta Baltasar Porreño, en sus Dichos y hechos del Señor Rey Don Felipe Segundo (Sevilla, 1639), que acudió un extranjero a la corte del todopoderoso Felipe II con la intención de venderle "un pedaço de unicornio" y el rey, haciendo uso de su gran liberalidad y grandeza, mandó se le diesen veinte mil ducados, amén de otras mercedes, mientras encargaba a Juan de Idiáquez, Consejero de Estado, que mandase llamar al Guardajoyas Real, a fin de mostrar al extranjero los unicornios que pertenecían a la colección regia.

"Hízose así ‒dice Porreño‒, y cuando vido el primero, que fue el menor, quedó espantado, y cuando vido el segundo, se halló pasmado y confuso, y solo supo decir: Quien tal tiene en su casa, con justa razón es Rey y Monarca del Mundo. Y acabando de ver todos los unicornios, se volvió a su casa, conociendo había traído leña al monte, y agua al mar. Los dichos unicornios dejó Su Majestad vinculados a la Corona Real, y su valor (habiéndose mirado por los que entienden) se aprecia en más de un millón".

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He de reconocer que me fascina esta anécdota de Porreño. Cuando la leí, por vez primera, pensé en lo poco (por no decir nada) explotada que estaba, siendo (como es) significativa del carácter coleccionista del personaje. Y fue lo primero que se me vino a la cabeza cuando leí, hace unos días, la polémica en la que se han enzarzado el Director del Museo del Prado con el Presidente de Patrimonio Nacional a cuenta  de cuatro cuadros. Claro que no son cuatro cuadros cualesquiera (1).

Hablamos de dos Boscos, un Van der Weyden y un Tintoretto. Ahí es nada. Y todo, porque el coronel no tiene quien le escriba. Vamos, que José Rodríguez-Spiteri Palazuelo, Presidente de Patrimonio Nacional, tiene que inaugurar, en menos de un año, el muy esperado Museo de las Colecciones Reales y le falta la joya de la corona, a saber, el icono que atraiga a miles de turistas, se reproduzca hasta la saciedad en miles de souvernirs varios y haga de su museo un algo medianamente rentable.

Rodríguez-Spiterni debe estar atragantado de carruajes y armaduras, tapices y porcelanas. No hace falta ser un lince para verlo: "después de ver más de tres armaduras y más de tres carruajes, los visitantes entran en aburrimiento (...) ¿cómo convertimos una armadura en algo icónico? (...) una fila interminable de tapices tiene una atracción muy limitada" (El Confidencial, "Patrimonio Nacional busca unas 'Meninas' para el Museo de las Colecciones Reales", 19.03.2015)

Anda, permítaseme la expresión, como puta por rastrojo. Y, en ésas, se le ha debido ocurrir tirar de fondo de armario y recuperar para sí cuatro cuadros pertenecientes a Patrimonio Nacional que fueron depositados en el Museo del Prado por la Junta Delegada de Incautación, Protección y Conservación del Tesoro Artístico Nacional, en 1936. Depósito que se hizo temporal, por Decreto de 02/03/1943, y se renovó en 1998 mediante el Acta de Regularización de Depósitos con Patrimonio Nacional. Vamos, que República, Dictadura y Democracia han estado de acuerdo (sin que sirva de precedente) en la ubicación de cuatro cuadros que, en origen, se exponían en diferentes estancias de El Escorial. 

El descendimiento, de Roger van der Weyden, fue adquirido por María de Hungría, hermana de Carlos V, para su palacio de Binche (Bruselas) y enviado, posteriormente, a España, ubicándose en El Escorial desde 1574. El Lavatorio, de Tintoretto, fue adquirido en la almoneda de los bienes de Carlos I de Inglaterra, celebrada tras su ejecución, por Luis de Haro, que se lo regaló a Felipe IV, quien lo envió a la sacristía escurialense. La Mesa de los Pecados Capitales, de El Bosco, fue adquirida por Felipe II y enviada a El Escorial en 1574, donde se ubicó en los aposentos reales. Igual destino que El jardín de las delicias, de El Bosco, adquirido por el mismo rey en 1593 y última visión del monarca en sus días finales pues, tal y como podemos leer en el registro detallado de esos momentos, el dueño y señor del mundo decidió que pusieran esa maravilla pictórica frente a su lecho de muerte.

¿Qué pesan más, ocho décadas en el Museo del Prado o tres siglos y medio en El Escorial? Claro que no se está debatiendo su regreso al monasterio jerónimo sino su reubicación en un museo de nuevo cuño. Una polémica que, a mi modo de ver, resulta un tanto estéril porque, ¿acaso no hay material más que suficiente para llenar los casi 5.000 metros cuadrados de exposición? Aunque, quizás, no sea este el tema a debate sino el problema que origina buscar un icono. Y... ¿para qué vamos a quebrarnos los sesos en busca de algo nuevo cuando ya tenemos el trabajo hecho, tirando de archivo y colocando cualquiera de los cuatro cuadros mencionados?

"Una armadura no puede ser un icono". ¿Y una piedra? Porque si mencionas British Museum lo primero que se te viene a la cabeza es la Piedra de Rosetta. Por ejemplo. ¡Ah, ya! Pero es que la Piedra de Rosetta no es una piedra cualquiera... Bien... ¿y? Quizás los almacenes de Patrimonio Nacional tengan maravillas que ni siquiera imaginamos. Y ni las imaginamos porque las desconocemos. Porque, como decía Luis Goytisolo ("El Califato y la Inquisición", El País, 03.04.2015) seguimos siendo presa de la Leyenda Negra, obsesionados con la imagen que los enemigos del mayor imperio del mundo conocido, el Hispánico, crearon y alimentaron durante siglos. De ahí que nada de lo nuestro nos parezca relevante. De ahí que una triste armadura no pueda ser algo icónico, aunque se trate de la armadura que llevó puesta el dueño del mundo.

Porque, no lo olvidemos, Felipe II era (valga la expresión coloquial) el puto amo...

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Imagen superior: Felipe II por Antonio Moro (1557).

Creo que sería más constructivo hacer pedagogía, quitarnos prejuicios de encima y empezar, de una vez por todas, a escribir la verdadera historia de nuestra nación.

Gritar, a los cuatro vientos, que fuimos el primer imperio global, ahora que tan de moda está el concepto. Mostrar, con orgullo, los objetos que acreditan a Madrid como la primera capital del mundo, el centro desde donde se tomaban decisiones y se promulgaban leyes que se iban a cumplir en Bruselas, Manila, Lima o Ciudad de México. Tenemos los documentos. Quedan las piezas que así lo cuentan.

Nos falta hacer una narrativa acorde a la grandeza de nuestra Historia. Lejos de complejos pues ¿acaso tienen alguno los ingleses cuando se muestran orgullosos de su British Museum? ¿Acaso hablan de expolio? La Historia es la que es y no los cuentecitos color de rosa que pretenden los buenistas bienpensantes. Y esa Historia necesita ser contada. Hay cientos de objetos esperando a ser rescatados y todos tienen su historia apasionante.

Que hablen los expertos y rebusquen en sus archivos de conocimiento. Seguro que encuentran un buen puñado de piezas dispuestas a ser erigidas en icono de un Museo destinado a vanagloriar la historia de dos dinastías, los Austrias y los Borbones, que organizaron y rigieron países y naciones repartidas por todo el orbe conocido. Querer recuperar cuatro cuadros para una colección como la de Patrimonio Nacional es, en resumen, llevar leña al monte y agua al mar.

(1) Nota en 2016: en julio de 2014 Miguel Zugaza, director del Museo del Prado, recibió una carta del presidente de Patrimonio Nacional, José Rodríguez-Spiteri Palazuelo, quien le reclamaba cuatro obras custodiadas en la pinacoteca desde 1936: "El descendimiento de la cruz", de Roger Van der Weyden, "El jardín de las delicias" y "La mesa de los siete pecados capitales", ambas del Bosco, y "El lavatorio", de Tintoretto, para incluirlas en el futuro Museo de las Colecciones Reales. El 16 de diciembre de 2015 ambas instituciones alcanzaron un acuerdo, detallado en la siguiente nota de prensa "Se ha firmado un importante acuerdo entre Patrimonio Nacional y el Museo Nacional del Prado por el cual se regula de manera estable el régimen de determinados depósitos recíprocos. Según este acuerdo, definitivamente se quedan en el Prado las cuatro obras que provenientes del Real Monasterio del Escorial se depositaron en dicho museo en 1936, lo que fue confirmado por el correspondiente decreto y acta de 1943. Estas obras son “El Jardín de las Delicias”, y “La mesa de los pecados capitales” del Bosco, “El descendimiento” de Van der Wayden, y “El Lavatorio” de Tintoretto. Por este mismo acuerdo, en relación con las siete obras que en compensación depositó el Prado en el Real Monasterio del Escorial en virtud del ya mencionado decreto de 1943, se garantiza igualmente su permanencia en su actual destino. El resto de los depósitos se atendrán al régimen ordinario. Asimismo, ambas instituciones han acordado reemprender y reforzar su cooperación en el ámbito de sus respectivos fines, de acuerdo con lo dispuesto en sus legislaciones específicas, y como instituciones configuradas sobre la base del legado histórico artístico y cultural de la Corona de España. El acuerdo ha sido firmado en el Palacio Real de Madrid por el Presidente de Patrimonio Nacional, Don Alfredo Pérez de Armiñán, y el Presidente del Real Patronato del Museo del Prado, Don José Pedro Pérez-Llorca, en presencia de los directivos de ambas instituciones".

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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