Los cuarenta y cinco días en que fui María

Yo tenía 27 años y emprendía mi primer viaje en soledad. Y no me estrené de cualquier forma, no. Elegí Perú, ahí es nada.

Un año antes, mi amiga Rosa había solicitado una beca Intercampus y había vivido la experiencia de su vida. Así que, cuando salieron las nuevas convocatorias, corrió a repasar las posibles opciones y, mientras leía países y disciplinas, gritó un "¡mira, hay una para tí!". Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Lima. Una plaza en Historia de la Medicina. La única de las miles convocadas a la que yo podía optar. Ni otra en todo el continente americano.

"Pero yo hago historia de la farmacia...", dije, a modo de débil excusa. Por una parte, me moría por hacer algo exótico, diferente, atrevido. Por otra, estaba aterrorizada ante la posibilidad material de hacerlo. Porque yo no soy ni osada, ni valiente, ni atrevida. Pero rellené los papeles y los entregué, en el Vicerrectorado de Relaciones Internacionales, convencida de que no me la concederían: a fin de cuentas, nunca me habían concedido una beca en toda mi vida, ¿por qué iba a ser ahora la primera vez...?

Pues lo fue, vaya que si lo fue. Aún así, siempre estaba a tiempo de quedarme, nadie me iba a obligar, me repetía una y otra vez, intentando conjurar el pánico que me iba entrando según se aproximaba la fecha de partida.

Cuando me despedí de mi madre en Barajas y entré sola en la sala de embarque, seguía convencida de que aún me podía quedar, aún podía empezar a correr, despavorida, y regresar a mi casita, acostarme en mi cama y olvidarme de intrepideces que nada tenían que ver conmigo. Pero no lo hice y, 15 horas después, aterrizaba en el Aeropuerto Internacional Jorge Chávez.

Lo siguiente fueron 45 intensos días. Quizás, los más intensos de mi vida. Cualquier parecido con mi existencia cotidiana era mera coincidencia. Empezando por mi propio nombre. Aquello de Mar sonaba demasiado estrambótico para todo el mundo y decidieron llamarme María. Al principio nunca me daba por aludida: nunca nadie me había llamado así, ni entonces ni después [bueno, si, después lo he vuelto a ser para Ramón, el carnicero paraguayo con el que compartí pasillo durante dos años, "Señora María", me decía, con su castellano infectado de guaraní]. Linda María, para mi familia adoptiva, Luz y Flaqui, que me acogieron en su casa de San Isidro y me trataron como si me conocieran de toda la vida. Dostorsita María, para las secretarias de mi jefe durante esos 45 días. María a secas, para el susodicho y sus ayudantes.

Durante dos largas semanas pasé las mañanas en el despacho de secretarias, cuatro maravillosas mujeres que preparaban un té a la canela y clavo espectacular. Un té que acompañaban con un pan francés que era gloria pura y en el que untaban palta (nuestro aguacate).

Mi jefe ocupaba un puesto muy destacado no sólo en el mundo universitario, también en el gobierno peruano de aquel entonces. Entraba todas las mañanas como una exhalación y desaparecía en su despacho.

Después de dos semanas decidí que ya estaba harta de esperar audiencia: el tiempo pasaba y yo no hacía nada fructífero. No acababa de entrar, como siempre, a la carrera, cuando me puse en pie y llamé a la puerta. A mi espalda pude oír las frases estupefactas de las cuatro secretarias: "Dostorsita María, espere, por favor, no puede...".

No oí el final de la frase. Ya estaba dentro del sancta sanctorum, donde "El Doctor", como todo el mundo le llamaba, me miraba, mitad enfurecido mitad curioso, por encima de las gafas. "Buenos días, doctor. Vengo a hablar sobre mi trabajo, la tarea para la que he sido becada. Llevo ya dos semanas y aún no he hecho nada...".

El Doctor, con sonrisa complaciente, me explicó que aquella beca había sido una mera formalidad, que aprovechase mi estancia para viajar y conocer el Perú.

"No, doctor, yo no he venido aquí a hacer turismo. Yo estoy acostumbrada a cumplir con lo que se me encarga y aquí no lo estoy haciendo". Todo rastro de sonrisa se borró de su rostro. Puso en pie sus dos corpulentos metros de humanidad. "Mire, doctora, yo pedí un historiador de la medicina hombre y me han mandado una historiadora de la farmacia mujer. No hay proyecto que realizar".

¿Así qué ése era el problema? "Doctor. El gobierno de mi país me ha elegido a mí para su plaza, por algo será, así que estamos condenados a entendernos. De lo contrario, emitiré un juicio negativo a mi regreso. Usted sabe que debo hacer una memoria de mi actividad durante este mes y medio. ¿Qué quiere que diga, que no quiso trabajar conmigo por ser una simple farmacéutica?".

Supongo que no estaba acostumbrado a que nadie le hablase así, menos una mujer. Respiró hondo, volvió a sentarse y meditó la respuesta. "Muy bien, doctora. Trabajaremos. Pasará las mañanas en la biblioteca de la universidad con alguno de mis ayudantes. Yo sólo podré recibirla a última hora del día. Si no tiene inconveniente en que nos veamos tan tarde...". Tarde, para un peruano, son las 7 de la tarde. Un horario perfectamente asequible para cualquier español. "Perfecto, doctor. Y deje de llamarme Doctora. Soy una simple licenciada que aún no sabe cuándo presentará su tesis de doctorado. Llámeme Mar, por favor". "Está bien, doctora, pero fuera de aquí seguirá siendo doctora. Si se empeña en que la llamen licenciada, pensarán que es una vulgar enfermera"...

De esta forma comenzaron 30 días maravillosos. Los ayudantes a los que fui encomendada eran dos jóvenes médicos que querían especializarse en historia de la medicina, con la intención de crear una cátedra de la disciplina. Recuerdo con especial cariño a Aurelio, siempre dispuesto a "jalarme" (llevarme) a mi casa en su desvencijado utilitario. Gonzalo, por su parte, era un trovador de ojos azules y larga melena recogida en una coleta. Fundador de un grupo que gozó de cierta repercusión en la Lima de los 90, iba siempre cargado con su guitarra. Creo que nunca en mi vida volveré a oír Alfonsina y el mar sin recordarle...

Juntos los tres, o acompañada de uno de ellos, recorrimos todos los lugares de moda, si bien el sitio que siempre recuerdo es "La Noche" de Barranco, una antigua casona colonial reconvertida en bar y centro cultural, destino favorito (me contaron) de Sabina en sus incursiones limeñas.

Si los ayudantes resultaron estupendos, el Doctor me sorprendió desde nuestra primera cita "nocturna". Pronto dejamos los formalismos, empezamos a tutearnos y a llamarnos por nuestros respectivos nombres. Oswaldo es una de las personas más sabias con las que he tenido la suerte de cruzarme. Lector empedernido, entusiasta de la Antigüedad Clásica, destacado gastrónomo, conversador excepcional... Esperaba, ansiosa, que diesen las siete de la tarde. Hablábamos, durante horas, de lo divino y lo humano. Bueno, sería más correcto decir que hablaba él.

Mi ignorancia ante sus muchos conocimientos me empujaba a escucharle, embelesada, dispuesta a absorber datos y no desperdiciar el tiempo con comentarios absurdos. Su hablar pausado, la cadencia de su español cantado, esa forma de mover las manos (unas maravillosas manos…) tan propia de él, aclarando conceptos, ensalzando opiniones, hacía de nuestras veladas algo verdaderamente mágico.

Me llevó a cenar a estupendos restaurantes autóctonos, a populares comedores donde degustar el mejor pollo a la brasa que he comido en mi vida o a exóticos chifas en los que me hice adicta del arroz chaufa. Y me demostró que no quedaba rastro de aquellas hirientes palabras iniciales. Me lo demostró entonces y en los años siguientes, cuando seguimos viéndonos en Madrid, compartiendo estancias y experiencias, ejerciendo yo de cicerone.

Recuerdo el día en el que le entregué mi primer libro publicado. Lo devoró en una noche y, a la mañana siguiente, mientras desayunábamos, me dio el mejor consejo académico que he recibido jamás: “No necesitas apoyarte en las palabras de los demás, no llenes tus escritos de citas ajenas para corroborar tus afirmaciones. Son lo suficientemente valiosas sólo porque lo dices tú. Que se encarguen los demás de comprobarlas”.

Hace muchos (demasiados) años que no sé nada de él. Perú cambió mi percepción de la vida, radicalmente. Oswaldo hizo de mí la historiadora que soy en la actualidad, no cabe duda. Escuchándole aprendí más que leyendo cientos de libros. Y, sobre todo, inyectó en mí la pasión por América, por nuestra historia en común, por aquellos españoles que eran tan súbditos del Imperio como cualquier segoviano, gallego o vizcaíno. Una pasión que me llevó a pasar años en Sevilla, buceando en sus archivos, recopilando información que no creo pueda llegar a publicar, aunque viviera cien años.

Gracias a las historias que Oswaldo me contó, a la pasión que demostraba por nuestra común trayectoria como pueblos hermanos, comprendí la grandeza de compartir raíces, tradiciones, idioma y costumbres. Y América, que  nunca había significado nada para mí, se transformó en objeto de estudio preferente, prioritario diría. Han pasado veinte años, sólo fueron cuarenta y cinco días, pero hay mañanas que me sigo levantando limeña, que todo me huele a clavo y canela, que todo me suena a marinera peruana, que todo me sabe a cúrcuma, que mataría por volver a comer un sanguche de chicharrón de cerdo con camote frito…

Copyright del artículo y de la imagen superior © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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