Mágicos prodigiosos

Mágicos prodigiosos Imagen superior: Christian Siedler, CC

Acabo de publicar un artículo titulado “Mágicos prodigiosos y verdades acrisoladas. Inquisición, magia, experiencia y conocimiento en el siglo XVII español”. El lugar elegido ha sido The Colorado Review of Hispanic Studies, revista publicada por el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Colorado at Boulder. Esta revista, dedicada a la literatura y la cultura de los mundos hispánico y luso, ha consagrado su último volumen (7, 2009) a la ciencia y la literatura en el mundo hispánico de la Edad Moderna.

La elección, por supuesto, no ha sido gratuita. Se debe a la generosa invitación que recibí de mi buen amigo John Slater, profesor en ese departamento y encargado de editar (junto a Andrés Prieto) el mencionado monográfico.

Fue a la vuelta de las pasadas vacaciones estivales, en septiembre de 2009, cuando recibimos un amable mail suyo donde nos invitaba a participar en el número 9 de la mencionada revista, un monográfico coordinado por él y dedicado a la historia de la ciencia española. Según recibí el mail de John supe cuál iba a ser el tema de mi artículo.

Llevo varios años leyendo todo lo que cae en mis manos sobre magia en la Edad Moderna. Es un tema que me fascina y en el que me gustaría poder entrar de lleno, revisando los famosos expedientes inquisitoriales que se amontonan en el Archivo Histórico Nacional. Si que he podido tener entre mis manos los muchos tratados que sobre esta temática se publicaron a lo largo de la Edad Moderna. Incluso tuve la maravillosa oportunidad de organizar una exposición que, bajo el título de La Bibliotheca Mágica, reunió una selección destacada de los muchos títulos que sobre esta materia se custodian en la Biblioteca Histórica de la Universidad Complutense de Madrid. Pero lo cierto es que la verdadera sustancia se encuentra, no cabe duda, en los documentos inquisitoriales, donde se puede hacer un seguimiento cotidiano de lo que supusieron las prácticas mágicas entre los hombres y mujeres de los siglos XVI y XVII. Esos magos, astrólogos, brujas, hechiceros y hechiceras, nigromantes, alquimistas y saludadores que fueron procesados por el Santo Oficio y de cuyas causas podía desprenderse que practicaban algo más que artes ocultas.

En los últimos tiempos me he recreado con la lectura de dos ensayos que analizan estas y otras prácticas en el Londres de finales del XVI y principios del XVII. Se trata de The Jewel House: Elizabethan London and the Scientific Revolution (Yale, Yale University Press, 2007) de la historiadora americana Deborah HarknessMedicine and Magic in Elizabethan London (Oxford, Clarendon Press, 2005) de la británica Lauren Kassel.

Ambos estudios relacionan magia y ciencia en un escenario tan interesante, a priori, como es el Londres isabelino. Cuando los leí volví a tener esa sensación (que tan a menudo me acompaña cuando de historiografía anglosajona hablamos) de familiaridad con el caso español. Muchas de las cosas que nos cuentan Harkness y Kassel se pueden observar, de igual forma, en el Madrid de los Felipes (II, III y IV).

Si, como nos cuentan las historiadoras anglosajonas, el Londres de Isabel I era punto de encuentro de culturas y tradiciones venidas de los cuatro puntos cardinales (con lo que dicho mestizaje supone de enriquecedor), ¿qué decir del Madrid de los Felipes, capital del mayor imperio del momento?

Animada, como siempre, por el deseo de demostrar que los españoles no somos tan diferentes como suponemos o nos suponen, inicié un precioso cuadernito de ideas y notas, donde he ido recogiendo toda la información que, dispersa por multitud de monográficos y artículos, me he ido encontrando. Durante la última visita de John Slater a España (julio de 2009) pudimos compartir una estupenda comida seguida de uno no menos estupenda sobremesa que prolongamos por varias horas, hablando de nuestros trabajos de investigación y nuestras ideas comunes respecto a la historia de la ciencia española y el necesario papel emergente que debe ocupar el Imperio Español en la historia de la Edad Moderna.

Entre los muchos temas tratados, le conté mi idea sobre la magia y mi deseo de escribir un monográfico al respecto. Por ello cuando, meses después, me propuso participar en el número de CRHS pensé que lo más apropiado era hacer una primera aproximación al tema de la práctica de la magia en la España de los siglos XVI y XVII.

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Imagen superior: Rémi Mathis, CC

Cuando comencé a trabajar sobre la idea de escribir un ensayo sobre magia y ciencia en el Madrid de la Edad Moderna pensé (1), como posible título, en La Comunidad Secreta, en clara referencia a la obra homónima de Robert Kirk (1644-1692), el párroco de Aberfoyle que, a finales del siglo XVII, escribió sobre un tema poco conocido entre sus contemporáneos pero que para él (habitante de las Highlands escocesas) era habitual: la certeza, basada en testimonios reales, sobre la existencia de los denominados “habitantes subterráneos”, también llamados fairies, faunos o elfos.

Tanto el título como el contenido de la obra de Kirk me permitía utilizarlos como metáfora del tema que yo quería plantear, a saber, la existencia de un grupo de practicantes de la magia que, inadvertidos para el historiador actual, habían campado a sus anchas en el Madrid del siglo XVII.

Aunque el título me encantaba, una reflexión más pausada me hizo descartarlo a favor de una alusión más propia del escenario donde se iba a desarrollar toda la trama. De ahí que me dirigiese a John Slater, gran conocedor de la literatura española del Siglo de Oro, buscando asesoramiento. Fue él quien me sugirió El mágico prodigioso, de Pedro Calderón de la Barca, recreación teatral de la vida de Cipriano, mago y filósofo pagano de Antioquía quien (previo a su conversión al cristianismo) hizo un pacto con el diablo para que le diese los conocimientos mágicos precisos a fin de conquistar el amor y arruinar la castidad de la virtuosa cristiana Justina.

La lectura de El mágico prodigioso me reportó no pocas ideas, muchas de las cuales me tuvieron entretenida más de un mes antes de decidir que, por cuestiones de espacio, debía prescindir de ellas en mi artículo de CRHS. Esa renuncia fue dolorosa, pues había llegado a determinadas conclusiones que eran tremendamente interesantes. De ahí que me haya decidido a escribir este post, a fin de recoger toda la información que me he ido dejando por el camino.

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La redacción de El mágico prodigioso fue encargada a Pedro Calderón de la Barca en 1637 por el ayuntamiento de Yepes (Toledo) para que formara parte de sus celebraciones del Corpus Christi. Aunque lo normal en esta celebración era la representación de un auto sacramental, Calderón se decantó por una obra hagiográfica basada en las vidas de San Cipriano y Santa Justina quienes, según una larga tradición manuscrita, vivieron en Antioquía en el siglo III de nuestra era para acabar muriendo víctimas de las persecuciones mandadas por el emperador romano Diocleciano.

La leyenda de San Cipriano surge en el seno de la primitiva Iglesia del Imperio Oriental, si bien, desde el siglo VII, ya se conoce la llamada leyenda occidental, de mano del obispo inglés Aldhelm quien, en su De virginitate seu de laude virginum, alaba la virginidad de Justina y su resistencia a las tentaciones del Demonio. Ambas tradiciones dibujan a un célebre hechicero pagano al que aborda un gentil joven, enamorado de Justina. El joven pide a Cipriano que atraiga con su poder mágico a la virgen cristiana, a fin de llevar a cabo sus pretensiones carnales. Cipriano invoca a las fuerzas demoníacas para seducir a Justina si bien, cuando ella las rechaza con la señal de la cruz, hace comprender al mago que el poder de Dios sobrepuja al del Demonio, de ahí que decida convertirse al cristianismo.

Aunque no se ha identificado aún la fuente que inspirara a Calderón, la dramatización sigue las líneas generales de la leyenda occidental, si bien el dramaturgo introduce una serie de variaciones. Entre otras, el hecho de que el Cipriano calderoniano no es un simple nigromante sino un filósofo pagano en busca de la verdad. Una verdad que permanece escondida al filósofo y que es el argumento principal del drama. Tema que, desde el principio, me pareció sumamente interesante para iniciar el hilo argumental de mi artículo (1).

En el Cipriano de Calderón coexiste el amor por el conocimiento y la práctica de la magia, actividad ésta última encaminada a conseguir otros bienes menos elevados. Ambas circunstancias se pueden observar en muchos de los personajes presentados en mi ensayo. La coexistencia de ambas mentalidades no debe observarse, en ningún caso, como excluyente. De hecho, estamos ante la característica propia de la Edad Moderna. El filósofo Cipriano busca la verdad máxima, el conocimiento absoluto o, lo que es lo mismo, la existencia de Dios. Búsqueda propia de la época que se hace a partir de la lectura de dos libros: la Biblia y el libro de la Naturaleza.

Este fue el argumento principal de mi artículo: los magos, hechiceros, astrólogos y alquimistas que fueron procesados por el Santo Oficio a lo largo del siglo XVII practicaban algo más que artes ocultas. Más allá del atractivo que estas disciplinas supuestamente heterodoxas pudieron despertar en los intelectuales de la época, mi interés por el tema seguía otros derroteros, directamente vinculados con la difusión del conocimiento en una sociedad como la madrileña, capital de todas las Españas, punto de encuentro de personajes venidos de los cuatro puntos cardinales del planeta, una de las ciudades más interesantes del paisaje europeo de la Edad Moderna por el mestizaje cultural que tuvo lugar en sus calles y plazas.

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El Libro de San Cipriano

Cuando hube decidido que todo lo relativo al filósofo Cipriano y su búsqueda de la verdad escondida constituía el punto de arranque de mi artículo, tuve que descartar otra línea argumental, tremendamente atractiva, que tenía su origen en el mítico Libro de San Cipriano, una suerte de grimorio que gozó de gran popularidad en la España de la Edad Moderna y que, no cabe duda, era perfectamente conocido por los espectadores que disfrutaron en primicia de las representaciones de El mágico prodigioso. Hombres y mujeres del Siglo de Oro para los que Cipriano era un mago autor de un libro al que se recurría para buscar tesoros escondidos.

Pese a la tremenda fama del mítico Libro de San Cipriano, la bibliografía secundaria al respecto es relativamente pobre. Las referencias más antiguas apenas se remontan a 1885 cuando Bernardo Barreiro, archivero bibliotecario de la Diputación Provincial de La Coruña, escribió su estudio Brujos y Astrólogos de la Inquisición de Galicia y el famoso Libro de San Cipriano (La Coruña, Talleres de La Voz de Galicia). Barreiro reproduce el llamado Libro de San Cipriano o Ciprianillo no si bien antes señalar que “ni existió el Libro de San Cipriano ni este santo podía haber escrito semejante libro de pactos con los espíritus infernales” [He consultado la reproducción del texto publicada por Ediciones Akal (Tres Cantos-Madrid, 2003). La reproducción del Ciprianillo, con el comentario de Barreiro, en pp. 249-294].

Ratifica su afirmación con los muchos testimonios presentados en la primera parte de su estudio: “En los siglos XVI y XVII, como se ve en este trabajo, ni la Inquisición ni el pueblo de Galicia, en general, tenían conocimiento alguno de tal modo de invocar y vencer al diablo. Las causas de brujos y astrólogos no arrojan, con tantas testificaciones, una sola prueba sobre esta preocupación, que debe ser cosa del presente siglo XIX o poco anterior en años, y de muy escasa importancia en su origen”.
Aunque muchas de las apreciaciones hechas por Barreiro resultan, en la actualidad, claramente matizables no cabe duda de que acierta en un aspecto: no existen referencias al Libro de San Cipriano en los muchos expedientes inquisitoriales que recoge la bibliografía secundaria. ¿Estamos, pues, ante una invención bibliográfica decimonónica, toda vez que los ejemplares más antiguos conservados datan de esa fecha?

Mi interés por el Libro de San Cipriano se remonta a seis años atrás, cuando me documentaba para escribir mis Libros Malditos (Madrid, Edaf, 2005). Incluía su comentario en el capítulo dedicado a los grimorios, que tanta fama e influencia gozaron en la Europa de la Edad Moderna. De todos ellos, los más conocidos fueron los pertenecientes al llamado ciclo salomónico, esto es, aquellos que se decían escritos por el rey hebreo Salomón.

Popularizados por las ediciones francesas de los siglos XVIII y XIX, a España no llegaron hasta el cambio del siglo XIX al XX, debido a las especiales circunstancias políticas y religiosas de nuestro país. En esas décadas se publicaron un gran número de ediciones, sobre todo en Barcelona y Madrid, primero por editores y libreros (Manuel Saurí y Rosendo Pons en Barcelona; Francisco Pueyo en Madrid) y, posteriormente, por casas editoriales (como la barcelonesa Maucci).

Tras la Guerra Civil, estas publicaciones volvieron a desaparecer, debido a la censura cultural y religiosa de la Dictadura, proliferando las reediciones hechas en Argentina y México. He podido consultar casi todas estas ediciones en la Biblioteca Nacional de Madrid, si bien tengo constancia de que la mejor colección particular se encuentra en tierras gallegas (¿podía ser de otra forma?), propiedad de Félix Castro Vicente, un abogado apasionado por atesorar este tipo de literatura y que se puso en contacto conmigo a raíz de la publicación de mis Libros Malditos [para una mayor información sobre esta curiosa colección, remito a su artículo “Os libros do Demo: Grimorios e Ciprianillos”, en: Isidoro NOVO e Antonio REIGOSA (coords.), Actas da 1ª Xornada de Literatura Oral. A figura do demo na literatura oral, Vigo, Asociación de Escritores de Lingua Galega, 2008, pp. 71-99].

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Mis sucesivas búsquedas de información sobre el Libro de San Cipriano me llevaban siempre a conclusiones semejantes a las mantenidas por los principales estudiosos en la materia: estamos ante un texto no anterior al siglo XVIII, traducción directa de los grimorios franceses que tanto proliferaron en la época, y del que se han hecho sucesivas reediciones que llegan hasta nuestros días.

Así aparece, entre otras muchas que podría traer aquí, en un estudio tan interesante como es el último ensayo de María Tausiet (Abracadabra omnipotens. Magia urbana en Zaragoza en la Edad Moderna, Madrid, Siglo XXI de España Editores, 2007), donde se cita el Libro de San Cipriano como uno de los muchos tratados de magia cuya mera posesión continuó persiguiéndose en España por los tribunales eclesiásticos a lo largo de toda la Edad Moderna si bien, en lugar de indagar algo más en sus orígenes o buscar ejemplares contemporáneos a la época por ella estudiada, se limita a ofrecer como referencia una edición tan poco aceptable como El Libro de San Cipriano o Tesoro del hechicero (Madrid, Humanitas, 1985).

Resulta sorprendente semejante referencia en una autora tan avezada, consagrada a raíz de la publicación de su Ponzoña en los ojos (Zaragoza, 2000), definida “con mucho, el estudio más amplio, detallado y sofisticado de la brujería y la magia en España en la Edad Moderna” palabras de James Amelang en el prólogo de Abracadabra omnipotens…).

Yo, que tan sólo soy una lectora aficionada de temas mágicos, nunca mencionaría un texto como el editado por Humanitas, carente de todo aparato crítico y más próximo al mundo esotérico actual que al universo historiográfico propio de una eminente experta como parece ser Tausiet.

Desengañada de los estudiosos actuales que, sobre magia y brujería, han escrito sobre El libro de San Cipriano, acudí a la única persona que podía ayudarme en mis pesquisas y que no es otra que mi buen amigo Carlos Gilly. Quien no haya hablado nunca con Carlos, no le haya visitado en su preciosa casa toledana y no haya comprobado la inmensidad de su erudición y lo asombroso de su colección bibliográfica, podrá tomar mis alabanzas por hueca palabrería adulatoria. Bien, estoy acostumbrada a ello. Tanto para Miguel como para mí comienzan a resultar familiares las peregrinaciones con amigos selectos a su casa-biblioteca toledana. Amigos de reconocido prestigio en sus respectivos campos de investigación, que escuchan respetuosos nuestras loas al maestro pero que, en el camino de ida, continúan reverenciando a los grandes popes consagrados de la historia de la alquimia, de la magia o del hermetismo para, una vez de vuelta a Madrid, dejar tirados a esos mismos popes en la cuneta, noqueados por la erudición y el talento del que han sido testigos privilegiados. No me asombra tal actitud, yo misma fui víctima de semejante incredulidad la vez primera que visitamos a Carlos.

Tras degustar un exquisito té con unas no menos exquisitas pastas de almendra (elaboradas artesanalmente en la confitería que, frente a su casa, lleva haciendo los mismos dulces desde 1875), Carlos pasó a mostrarnos documentalmente el chorro de datos que había ido desgranando con nuestro tentempié mañanero. De todos los ejemplares que nos enseñó, recuerdo con especial admiración un manuscrito medieval de magia, con anotaciones marginales del mismísimo John Dee.

Mi sorpresa fue mayúscula pues yo, al igual que la inmensa mayoría de los estudiosos de la Edad Moderna, hemos ‘crecido’ intelectualmente en la creencia de un John Dee creador de la magia renacentista cuando, la realidad, es que bebió (y mucho) de fuentes medievales hoy en día desconocidas. Claro que, para poder hacer semejante afirmación, tienes que ser Carlos Gilly y haberte recorrido media Europa en busca de manuscritos y conocimientos escondidos en lo más recóndito de archivos y bibliotecas.

Pues bien, un domingo de finales de septiembre de 2010 visitamos a Carlos y Katja y aproveché para exponerle mi teoría sobre el Libro de San Cipriano. Teoría según la cual estábamos ante una invención bibliográfica propia del siglo XVIII, transmitida a lo largo del XIX y del XX. El Libro de San Cipriano, argumentaba yo, no era sino un recorta y pega de las populares Clavicula Salomonis, tan de moda durante toda la Edad Media y Moderna, y de la que se habían conservado numerosos ejemplares en diversas bibliotecas europeas.

Carlos escuchó paciente toda mi estupenda teoría para, a continuación, invitarme a subir a su despacho donde, como siempre, me dejó estupefacta. Tirando de su base de datos, encontró la siguiente referencia:

“Item est liber alius pestifer quatuor regum ex daemonum numero praenotatus, cuius inicium est varium. Et nunc quidem íncipit sic: Quicumque magicae artis. Apud alios vero aliter inchoatur. Et hoc maledictum opus Sancto Martyri Cipriano Mendaciter audet ascribere, quod ultimo esset suplicio vetandum”

Se trata de la entrada novena del Antipalus maleficiorum, la primera bibliografía moderna sobre tratados de magia medievales escrita (¡nada menos!) por Johannes Trithemius hacia 1508. El célebre abad de Sponheim utilizó como base documental su propia colección y utilizó, como moderno sistema de citación, los Incipit de cada manuscrito.

El registro completo del Antipalus pude consultarlo directamente en el mismo despacho de Carlos pues, tan sólo con girarse a la derecha, extrajo de la estantería la obra de Will-Erich Peuckert Pansophie. Em versuch zur geschichte dei weissen und schwarzen Magie (Berlín, 1956), en cuyas páginas 47 a 55 se reproducen los Incipit de los 76 tratados atesorados por Trithemius y que se utilizaban, desde la Edad Media, para instrucción de neófitos en artes demoníacas.

En la actualidad, se conocen dos copias de este manuscrito, conservadas ambas en el Reino Unido: una en la Cambridge University Library (Ms. 210 (Dd IV 35) 15C, 27r-40vº) y la otra en la Bodleian Library de Oxford (Digby mss. 30, 15c, 1r-28vº).

Información que también me proporcionó Carlos, tomándola de un texto mítico como es A Catalogue of Incipits of Mediaeval Scientific Writings in Latin (Cambridge, Ma.; The Mediaeval Academy of America, 1963) de Lynn Thorndike y Pearl Kibre.
Huelga decir que nunca he leído nada al respecto de lo anteriormente dicho en la bibliografía que sobre magia, hechicería y/o brujería se ha escrito en nuestra lengua. Supongo que será por desconocimiento porque, evidentemente, si se saben todas estas cosas no se las calla uno, ¿verdad? Una vez más, media hora de charla con Carlos fue de más utilidad que muchos meses de lecturas.

Un encuentro fortuito

Tras mi conversación con Carlos Gilly decidí que, en mi artículo sobre los mágicos prodigiosos madrileños, no había cabida para todo lo que he redactado con anterioridad, de ahí que decidiese sacrificar tan estupendas aportaciones, a fin de no desviarme del tema que había de tratar para el monográfico de John. Pero tanta y tan buena información me quemaba en las manos, de ahí que decidiese escribir este (larguísimo) post.

A tomar esta decisión también contribuyó un hallazgo casual que venía a confirmar la larga tradición escrita del Libro de San Cipriano. Se trata, hoy por hoy, de la única referencia que he encontrado sobre este mítico libro en los múltiples procesos inquisitoriales abiertos durante la Edad Moderna.

El dato se encuentra en el conocido como Manuscrito de Halle, relación procesal que, a requerimiento del Consejo de la Suprema (máximo órgano del Santo Oficio), debían remitirle periódicamente los tribunales de distrito como medio para percibir la llamada “ayuda de costa”, destinada a retribuir al personal inquisitorial. Este documento salió de España hacia 1847 y se encuentra, actualmente, en la Universitäts Bibliothek de Halle (Alemania).

A lo largo de 1177 protocolos, anotados por los secretarios inquisitoriales con destino a la Suprema, nos llega la actividad del principal tribunal inquisitorial español, el de Toledo, entre los años cruciales de 1575 a 1610. Se trata de procesos contra gentes pertenecientes a las clases populares, citadas ante el juez por delitos de opinión. Entre ellos, encontramos al médico Juan de Toledo, morisco antiguo de 25 años de edad, residente en Toledo y procesado en 1610 porque “hacía la figura de la dicha tinta para sacar tesoros, y que tenía el libro de San Cipriano y dio a cierta persona el de la surcatriz para sacar tesoros”[He consultado la edición hecha por Julio SIERRA (2005),Procesos en la Inquisición de Toledo (1575-1610). Manuscrito de Halle, Madrid, Ed. Trotta, pp. 574-575].

Espero poder recuperar en breve esta línea de investigación, en la que se mezclan literatura, magia, conocimiento popular y mestizaje cultural. Tal y como concluyo en mi artículo para CHRS, siempre resulta interesante ampliar el objetivo de investigación y adentrarnos, de vez en cuando, en terrenos ajenos a nuestra singladura habitual. Mi experiencia me dice que, cuando lo he intentado, siempre he encontrado algo diferente y nuevo, que suele enriquecer, y de qué manera, la historia particular que escribo en ese momento.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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