María de Jesús de Ágreda y su "Tratado de la redondez de la tierra"

En realidad, el texto lleva escrito, por lo menos, catorce años. Fui a Ágreda, porque no se puede escribir nada de nadie sin haber pisado, al menos, el suelo que pisó. Sin ver lo que sus ojos vieron. Y me lancé a una búsqueda de fuentes similar a la que acababa de realizar para mi tesis doctoral. Una tesis que aún no había defendido pero que ya estaba finiquitada.

Trabajaba sobre sor María (1602-1665) en mis ratos libres, cuando volvía a casa por las tardes, después de pasar el día en la facultad, mientras escuchaba la tertulia de Julia Otero y oía aquella voz cascada de la Duquesa Roja, disertando sobre lo divino y lo humano (quién me iba a decir, entonces, que me iba a encontrar, dieciocho años después, en este punto... en este punto vital y en este momento de relación intensa con la Duquesa...).

Peiné los fondos manuscritos de la Biblioteca Nacional. Viajé por media España, tras las pistas de catálogos centenarios, que hablaban de manuscritos perdidos en bibliotecas provinciales. Dejé de hacer investigación solitaria porque, en el tránsito, conocí al Cordobés, que se transformó en escudero de excepción y empezó a entender lo que se le venía encima estando al lado de una loca como yo. Descubrimos, por aquel entonces, lo maravilloso que resulta levantar la vista en una sala de investigación y cruzar nuestros ojos para decir, con una simple sonrisa cómplice, que sí, que allí está, que ha saltado la liebre, que ha aparecido EL DATO.

De todos los puntos fascinantes que caracterizan a mi sor María, me emperré en uno, en el mítico manuscrito titulado Tratado de la redondez de la tierra, donde describe el supuesto viaje realizado, "a lomos" de sus seis ángeles custodios, desde su convento soriano hasta las agrestes tierras de Nuevo México, un territorio recién ganado para la corona española y presto a ser evangelizado. Una evangelización que disputaban jesuitas y franciscanos, siempre dispuestos a ganar almas para la causa y recibir, de paso, los pingües beneficios económicos que aquella acción reportaba, en forma de "subvenciones" salidas, directamente, de las arcas reales. Una evangelización que ganaron los franciscanos, merced a utilizar los "servicios" de sor María, una joven monja concepcionista que sufría frecuentes arrobos y desmayos místicos. Una mujer que, decían, había evangelizando tribus enteras de indios jumana sin salir de su convento soriano. Una mujer utilizada por los hombres para conseguir sus objetivos. Nada nuevo bajo el sol...

La "experiencia" americana le valió a sor María hasta dos investigaciones inquisitoriales, de las que pudo salir con bien merced a su extraordinaria inteligencia. Una inteligencia que subyugó a Felipe IV, conocido entre sus contemporáneos como El Grande. Un Felipe IV que transformó a sor María en su consejera. La única de los miles de mujeres que ese Austria díscolo no se llevó a la cama. La única a la que no disfrutó carnalmente. La única a la que sólo gozó intelectualmente.

A la muerte de sor María, los jerarcas franciscanos se apresuraron a desplazarse hasta el recoleto convento soriano, dispuestos a hacer desaparecer todo documento comprometido, para la orden o para la corona. Entre ellos, hicieron desaparecer la copia original del Tratado de la redondez de la tierra. Y no creo que importase tanto su contenido, inocente a nuestros ojos actuales, como la verdadera naturaleza del mismo.

En su Tratado de la redondez de la tierra, sor María no contaba nada extraordinario sobre sus supuestos vuelos y sí mucho sobre astronomía y geografía. Sor María era una intelectual de gran valía, formada entre los cuatro muros de su convento, con la única ayuda de sus lecturas.

No contentos con hacer desaparecer el Tratado, consiguieron que las autoridades eclesiásticas de Roma lo declarasen espurio. Y desapareció. Tan sólo quedaron copias posteriores, aunque nunca se llegaron a tener muy en cuenta, por su carácter tardío y la imposibilidad de asegurar la verdadera autoría. Fue así que sor María quedó relegada de los libros de historia de la ciencia, aunque le cabría ocupar un puesto destacado. Y fue así... fue así hasta que llegó esta Meiga, que no da una batalla por perdida y que, también hay que decirlo, tiene una suerte de imán para toparse con manuscritos y datos increíbles.

Cuatro años de investigaciones. Los primeros, para hacerme una idea de la verdadera dimensión de sor María, familiarizarme con su biografía, leerme todos sus escritos. Los últimos, para encontrarme dos manuscritos de extraordinario valor. En bibliotecas que, a priori, nada tenían que ver con sor María. Porque los verdaderos descubrimientos se hacen donde nadie ha buscado con anterioridad, seguros de que allí no hay nada interesante. Y así fue cómo me encontré con una copia directa del manuscrito original. Una copia certificada con una carta donde se detallaban las razones de su presencia en aquella biblioteca. Es decir, sor María sí escribió un Tratado de la redondez de la tierra. Sí contó una historia muy similar a la que encumbró, por fechas similares, a Athanasius Kircher o Cyrano de Bergerac. Sí merece su puesto de honor por sí misma, por sus escritos, por su cultura, más allá del papel que le ha reservado la Historia, como simple consejera regia.

Un relato que debe ser escrito. Quizás he esperado hasta ahora porque necesitaba alcanzar la visión que tengo actualmente sobre las mujeres. Quizás no lo publiqué entonces porque sabía, sin saber, que no era el momento.

Nota: Esta mañana os hablaba del "Tratado sobre la redondez de la Tierra", de sor María de Jesús de Ágreda. Acabo de descubrir, con gran placer, que la Biblioteca Nacional de España ha digitalizado dos de los manuscritos conocidos. Ambos son copias del original, hoy desaparecido, fechadas a comienzos del siglo XVIII. Aquí os dejo el enlace a uno de ellos (http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000051507&page=1), de signatura Mss. 5513.

Copyright del artículo © Mar Rey Bueno. Reservados todos los derechos.

Mar Rey Bueno

Mar Rey Bueno es doctora en Farmacia por la Universidad Complutense de Madrid. Realizó su tesis doctoral sobre terapéutica en la corte de los Austrias, trabajo que mereció el Premio Extraordinario de Doctorado.

Especializada en aspectos alquímicos, supersticiosos y terapéuticos en la España de la Edad Moderna, es autora de numerosos artículos, editados en publicaciones españolas e internacionales. Entre sus libros, figuran El Hechizado. Medicina , alquimia y superstición en la corte de Carlos II (1998), Los amantes del arte sagrado (2000), Los señores del fuego. Destiladores y espagíricos en la corte de los Austrias (2002), Alquimia, el gran secreto (2002), Las plantas mágicas (2002), Magos y Reyes (2004), Quijote mágico. Los mundos encantados de un caballero hechizado (2005), Los libros malditos (2005), Inferno. Historia de una biblioteca maldita (2007) e Historia de las hierbas mágicas y medicinales (2008).

Asimismo, ha colaborado en obras colectivas con los siguientes estudios: "El informe Vallés: modificación de pesas y medidas de botica realizadas en el siglo XVI" (en La ciencia en el Monasterio del Escorial: actas del Simposium, 1993), "Fray Esteban Villa y los medicamentos químicos en la Farmacia española del siglo XVII" (en Monjes y monasterios españoles: actas del simposium, 1995), "La biblioteca privada de Juan Muñoz y Peralta (ca. 1655-1746)" y "Los Orígenes de dos Instituciones Farmacéuticas españolas: la Real Botica (1594) y el Real Laboratorio Químico (1694)" (en Estudios de historia de las técnicas, la arqueología industrial y las ciencias: VI Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1996), "Servicio de farmacia en la guerra contra la Convención francesa" y "La difusión de epidemias febriles y su tratamiento en la guerra contra la Convención nacional francesa" (en III Congreso Internacional de Historia Militar: actas, 1997), "La influencia de la corte en la terapéutica española renacentista" (en Andrés Laguna: humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista. Congreso Internacional, Segovia, 1999), "Vicencio Juan de Lastanosa, inquisidor de maravillas: Análisis de un gabinete de curiosidades como experimento historiográfico" y "El coleccionista de secretos: Oro potable, alquimistas italianos y un soldado enfermo en el laboratorio lastanosino" (en El inquiridor de maravillas. Prodigios, curiosidades y secretos de la naturaleza en la España de Vicencio Juan de Lastanosa, 2001), "La instrumentalización de la Espagiria en el proceso de renovación: las polémicas sobre medicamentos químicos" y "La institucionalización de la Espagiria en la corte de El Hechizado" (en Los hijos de Hermes: alquimia y espagiria en la terapéutica española moderna, 2001), "El debate entre ciencia y religión en la literatura médica de los novatores" (en Silos: un milenio: actas del Congreso Internacional sobre la Abadía de Santo Domingo de Silos, vol. 3, 2003), "El Jardín de Hécate: magia vegetal en la España barroca" (en Paraíso cerrado, jardín abierto: el reino vegetal en el imaginario religioso del Mediterráneo, 2005), "Los paracelsistas españoles: medicina química en la España moderna" (en Más allá de la Leyenda Negra: España y la revolución científica, 2007) y "El funcionamiento diario de palacio: la Real Botica" (en La corte de Felipe IV 1621-1665: reconfiguración de la Monarquía católica, 2015).

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