Caballos salvajes

Caballos salvajes Imagen superior: caballos de Przewalski en el Parque Nacional Hustain Nuruu (Fotografía de Garrett Ziegler, CC)

El ser humano se ha revelado como el animal más poderoso del mundo, a tal extremo que ha creado su propio hábitat sobreponiéndose a su entorno original. Contribuyendo a su expansión y a sus descubrimientos, hay otro animal destacado que aúpa al hombre desde hace milenios: el caballo.

Como montura de emperadores, generales y reyes, el caballo ha dejado una impronta indeleble en nuestra cultura. En las próximas líneas, y al hilo de esa relación milenaria, viajaremos siguiendo el trote de los últimos caballos salvajes de Europa.

Los orígenes del caballo actual son pintorescos. Los principales ancestros equinos tenían el tamaño de un perro y vivían de manera discreta en los bosques. El primer antepasado conocido del caballo es el Hyracotherium, una curiosa criatura que vivió durante el Eoceno, hace unos 55 millones de años, y disponía de cuatro dedos en las extremidades anteriores y tres en las posteriores.

En el Oligoceno, hace 34 millones de años, apareció el Mesohippus, de mayor tamaño que el anterior. De los tres dedos que tenía en las extremidades anteriores, el central estaba mucho más desarrollado que los laterales.

Los bosques ocultaban a estos equinos primigenios de sus depredadores. Aún estaban muy alejados del porte de animal corredor que poseen hoy en día sus descendientes. Hubo que esperar a los grandes cambios climáticos que despejaron las masas boscosas, dejando espacio a praderas abiertas, para que aquellos primitivos caballos salieran del abrigo de la espesura para colonizar los nuevos ecosistemas.

En un paralelismo evolutivo con sus depredadores, los antepasados de los caballos desarrollaron extremidades largas y una capacidad torácica profunda. En suma, el marchamo de un corredor. Fue en el Pleistoceno, hace unos dos millones de años, cuando surgió  la fisonomía del caballo tal y como la conocemos en la actualidad.

En el origen de los tiempos, el ser humano prehistórico observó al caballo como una presa más. Las pinturas rupestres son un magnífico testimonio de lo que significaban estas criaturas en el imaginario mágico-religioso de los humanos. Así lo demuestran las espléndidas pinturas de Altamira (Cantabria), Lascaux (Francia), o la galería de los caballos de Tito Bustillo, en Asturias.

Es complicado determinar el origen y fecha exacta de la domesticación del caballo y sencillo determinar que los equinos fueron domesticados al consolidarse los primeros núcleos sedentarios. En todo caso, no podemos decantarnos por un área geográfica concreta a la hora de ubicar en el mapa la convivencia entre los seres humanos y sus monturas.

En la antigua Mesopotamia los relieves asirios muestran a los reyes y a la nobleza sobre carrozas profusamente engalanadas, y asimismo, carros de guerra tirados por dos pares de corceles. Queda claro que la historia de la caballería está estrechamente relacionada con el continente euroasiático. Es algo que se advierte en las grandes culturas mediterráneas, como la griega, o especialmente en el Imperio Romano, que moldeó las fronteras, costumbres y leyes de todas las tierras ribereñas del Mediterráneo.

Tanto Grecia como Roma consideraron a los caballos animales de prestigio, portadores de un gran valor simbólico. Los nobles griegos se autodenominaban hippeis y la nobleza ecuestre romana recibía el nombre de equites. En el caso de los romanos, conforme se fueron extendiendo las guerras fronterizas en los límites del Imperio, se fueron creando unidades auxiliares de caballería procedentes de territorios periféricos como Hispania, Numidia o Tracia.

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Imagen superior: tarpán fotografiado en el Zoo de Moscú. Se trata de un macho, de unos 18 años, capturado en 1866, en las estepas de Zagradovsk. Llegó al zoológico en 1884, y aunque es probable que no fuese un ejemplar puro, ésta se considera la única imagen de un tarpán vivo.

Conviene no caer en la confusión a la hora de definir lo que es un tarpán (Equus ferus ferus) en el mundo de los équidos. Cuando imaginamos grandes manadas de caballos galopando por amplias praderas de países como Estados Unidos o Canadá, debemos tener claro que son manadas de animales domésticos que han regresado a la naturaleza. No se trata de una especie salvaje. Simplemente son caballos asilvestrados. La única especie de caballo salvaje del mundo es el caballo de Przewalski (Equus ferus przewalskii), originario de las estepas de Mongolia.

En su mayoría, los especialistas consideran al extinto tarpán y al caballo de Przewalski como especies distintas, pero hay investigadores que los engloban como variantes de la misma especie, al lucir características físicas muy parecidas y tener un origen común en las estepas de Mongolia, Rusia y Europa Oriental. Sin detenernos en esta discrepancia científica, los consideraremos aquí dos especies diferentes, para de ese modo aportar una visión más completa de estos magníficos animales.

Ahora tomemos aire en nuestros pulmones para emprender viaje hasta una tierra de vértigo, en la que llanuras de suaves ondulaciones se extienden hasta donde la vista alcanza. Se trata del centro desde el cual surgió el más vasto imperio terrestre de la Historia, dominado por los feroces jinetes de Gengis Khan. Estamos hablando, claro está, de Mongolia.

Esta tierra de veranos calurosos e inviernos gélidos es el hogar de unos curiosos caballos que los mongoles conocen como takhis y los occidentales como caballos de Przewalski, en recuerdo de quien los dio a conocer, el naturalista ruso de origen polaco Nikolai Mijáilovich Przewalski (1839-1888).

En 1879 Przewalski dio con una pequeña manada de estos ejemplares en los límites entre Mongolia y Sinkiang. Dado que estos caballos se asemejan bastante a los équidos prehistóricos, podemos deducir que podrían vagar desde tiempos ancestrales por gran parte de Europa y Asia. Varios rasgos físicos ‒por ejemplo, un pelaje que se vuelve espeso en los meses invernales‒ evidencian esta apariencia arcaica, que también era propia de los tarpanes. Esto se advierte, asimismo, en sus crines cortas y erizadas, que nos recuerdan a las de las cebras.

Siempre en busca de pasto, los caballos de Przewalski recorren las estepas en manadas que dirige un semental. Su principal depredador es el lobo.

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Imagen superior: una yegua de Przewalski junto a su potro en el Parque Nacional de Hustai, Mongolia (Fotografía del autor del artículo).

Hay varios factores que explican el declive de este soberbio animal. Para empezar, su caza por parte de los propios mongoles. En todo caso, el factor decisivo a la hora de entender su decadencia en tierra salvaje es la competencia de la ganadería, que condujo a su paulatina desaparición. Por suerte, como sucedió con el bisonte europeo, la cría en cautividad evitó su extinción definitiva.

Los primeros especímenes llegaron a los zoológicos europeos en torno a 1900. Ello permitió la consolidación de una población cautiva lo suficientemente diversa como para que, a mediados de los setenta, surgiera una institución promovida para reintroducir a este animal en su hábitat original.

Creada en Róterdam en 1977, la Fundación para la Preservación y protección del caballo de Przewalski promovió una estrategia para lograr que los trescientos ejemplares mantenidos en cautividad hiciesen realidad el sueño de devolver a estos équidos a la vida salvaje. Para ello, esta fundación contó con el apoyo de la rama holandesa de WWF. Posteriormente, inspiró las actividades de una entidad francesa con el mismo propósito: Association Pour Le Cheval Przewalski -Takh.

En 1992 se realizó la primera suelta de ejemplares en Mongolia. El proceso ha culminado con la presencia de tres centenares de caballos en los límites del Parque Nacional Hustai.

Dicho parque es una verdadera joya biológica para la conservación de la vida salvaje de aquellas regiones. Sus más de 50,000 hectáreas de estepas, prados y pequeños bosquecillos de coníferas, rodeados de un mar de hierba, constituyen un entorno muy atractivo para los takhis. El impacto humano es muy pequeño aún, debido a que se apuesta por el ecoturismo.

Tuve la oportunidad de recorrer el parque a bordo de una furgoneta soviética, desde donde observé a estos formidables mamíferos. En la distancia, parecían pequeñas motas anaranjadas. Tras una lenta aproximación, comprobé que eran lo que imaginaba ‒y lo que deseaba‒. Mientras soplaba el viento de la estepa, caminaban cerca de nuestro vehículo los últimos caballos salvajes del mundo.

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Imagen superior: un grupo de thakis nos observa en el Parque Nacional de Hustai (Fotografía del autor).

El último tramo de este viaje nos conduce a la antigua Iberia, para ser testigos de un proyecto conservacionista original y discreto: devolver la libertad al caballo salvaje que habitaba, desde la prehistoria, la Península Ibérica. Todos los pueblos que han permanecido en estas tierras ‒fenicios, griegos, íberos, celtas, cartagineses, romanos…‒ mencionaban en sus escritos a unos caballos de cuerpo menudo y cuello grueso, de un pelaje que varía desde el gris pardo al gris oscuro, con raya de mulo.

Viajamos a las dehesas portuguesas para encontrar a los parientes más cercanos de estos ancestrales caballos ibéricos. Con casi 40 hectáreas de bosque mediterráneo, la reserva natural del caballo de Sorraia se encuentra en la provincia portuguesa de Santarém, en la comarca de Alpiarça.

Sorraia es el nombre de afluente del Tajo que resulta de la unión de dos arroyos, Sor y Raia.

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Imagen superior: un caballo de Sorraia en la reserva natural de Santarém, en la comarca de Alpiarça (Fotografía del autor).

Fue en el valle del río Sorraia donde, en torno a 1920, Ruy D’Andrade (1886-1976) descubrió a esta raza primitiva, a la que dedicó una monografía en 1937. Otros autores se han interesado por esta variedad equina: por ejemplo, la autora de The royal horse of Europe: the story of the Andalusian and Lusitano (1986), Sylvia Loch, en cuya opinión, el caballo de Sorraia recuerda bastante al tarpán euroasiático. 

Ruy D’Andrade entendía que su linaje genético descendía de los caballos ibéricos salvajes, pero por otro lado, también lo identificaba como un antepasado de dos razas modernas, la andaluza y la lusitana. En cualquier caso, uno puede vincular fácilmente a estos animales con esos caballos que aparecen en las pinturas rupestres de Escoural (Portugal) y La Pileta (España).

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Imagen superior: magnífico ejemplar de caballo de Sorraia (Fotografía del autor)

El lugar donde D'Andrade hizo su descubrimiento fue usado en sus monterías por la aristocracia, y ello explica que, a lo largo del tiempo, fuera posible la presencia de una manada salvaje.

Tras adquirir varios ejemplares, este científico portugués se ocupó de preservar y mejorar la estirpe mediante un cuidadoso proceso de cría. Por desgracia, hablamos de una variedad con una población muy escasa. Sin duda, su extinción sería una desgracia tanto en términos biológicos como desde el punto de vista histórico.

Al igual que sucede con el caballo de Przewalski, la frágil situación del caballo de Sorraia nos recuerda que es imperativo proteger a estos descendientes de los corceles primitivos. En este sentido, el ser humano no puede permitirse que este compañero de su propia peripecia vital galope hacia la extinción.

Copyright del artículo © Carlos Font Gavira. Reservados todos los derechos.

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Carlos A. Font Gavira

Historiador por la Universidad de Sevilla y Diploma de Estudios Avanzados en Política e Ideologías Contemporáneas. Actualmente trabajo en el Archivo General de Andalucía. Soy miembro de la Asociación Española de Africanistas (AEA) y estoy realizando mi tesis doctoral sobre la historia de la antigua colonia española de Guinea Ecuatorial. Como viajero devoto, he visitado países como Jordania, Camboya, Rusia, Etiopía, Mongolia, Nepal… Apasionado del mundo animal, en mis viajes siempre intento aunar Historia y Naturaleza.

El hilo que une al ser humano con la Naturaleza se ha roto hace tiempo y debemos trabajar para recomponerlo. Hay un dicho que suscribo: “Dios perdona siempre, el Hombre a veces y la Naturaleza nunca”.

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC

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