Westfalia

En 1648, tras cinco años de negociaciones voluntariamente demoradas, las potencias europeas firmaron en Münster y Osnabrück el tratado que se conoce como Paz de Westfalia.

España lo desconoció y continuó su guerra particular con los franceses hasta que, en 1653, extenuados ambos contendientes, celebraron la Paz de los Pirineos. Historiadores hay que consideran el conflicto, de trasfondo religioso, como la primera guerra mundial.

El tratado westfaliano, por su parte, se suele denominar Código de las Naciones y de él arranca una disciplina prestigiosa y sufrida, que a veces avergüenza más que honra a nuestra civilización: el derecho internacional público.

No resultaba casual que la paz se firmara en Alemania, cuna de la Reforma y núcleo de las guerras de religión. Los alemanes adquirieron la libertad religiosa y un tratamiento igual para católicos, luteranos y calvinistas, con abstracción de los cultos mayoritarios en cada Estado particular.

Revisado en Utrecht en 1713, el texto westfaliano sirvió para regir el mapa y el equilibrio de Europa, prácticamente, hasta la Revolución francesa. Si echamos una ojeada a los atlas históricos, advertimos que las únicas fronteras subsistentes hasta hoy son las de Francia y la península Ibérica.

El resto de Europa es otra Europa. Y en el futuro, una tercera: la Europa de la integración que se funda, precisamente, en los principios del derecho internacional público.

Ya Francisco de Vitoria, en pleno humanismo, había diseñado la bella construcción de un mundo en el que la guerra es siempre mala y anómala, y la paz, buena y deseable. Vitoria consideraba ilegítimos los conflictos bélicos de argumento religioso y reclamaba la igualdad entre los Estados soberanos. Imaginaba una suerte de República de la Humanidad, una comunidad internacional que fuera la configuración política de la sociedad humana.

El Papa protestó de los términos westfalianos, porque significaban reconocer a la herejía un estatuto de religión normalizada. Más al fondo, la oposición papal apuntaba al carácter profano del Estado moderno, un poder absoluto, no sometido a cortapisas legales, aunque obediente a Dios y la naturaleza, pero ajeno al derecho divino. Por ello, una misma nación podía tener religiones diversas, mutuamente respetadas en un marco de tolerancia. Jean Bodin lo venía diciendo desde el siglo anterior, el siglo de Vitoria.

Westfalia fue el triunfo del llamado «derecho natural» que, por paradoja, es el más artificial de los derechos, porque deja atrás el estado de naturaleza y da lugar al contrato social que protege al hombre, precisamente, de sus impulsos meramente naturales. Si acaso –como quieren los maestros iusnaturalistas: Grocio, Pufendorf, Altusio y hasta el mismo Hobbes– se basa en la naturaleza humana, pero no en la revelada por la religión, sino en la estudiada por la ciencia laica.

El Estado hobbesiano es una persona abstracta y ficticia, una necesaria ficción, que puede montarse y desmontarse conforme la deriva del pacto social. Todo estaba preparado en Westfalia para la paz perpetua, al extraerse las relaciones entre Estados del mundo religioso y llevarlas a un espacio secularizado.

La historia dijo no: el Estado absoluto se tornó sagrado y, tras la Revolución francesa, su lugar fue ocupado por la sagrada nación. Pero queda en pie la hermosa visión westfaliana de un modo regido por la razón laica y universal, donde todo puede convenirse y negociarse. Hoy tenemos las Naciones Unidas, un vacilante esbozo de justicia internacional por crímenes de guerra, un derecho bélico. Nuestro deber civilizado es repetir las palabras de Westfalia, con la esperanza de que su conjuro se vuelva sólida realidad.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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