La memoria y la cultura

En una conferencia madrileña, Claudio Magris recordó la siguiente escena: durante cierta clase, mencionó el nombre de Marilyn Monroe y una alumna le preguntó quién era la mencionada. «Me sentí desconcertado» comentó Magris «porque para mí la Monroe es como Don Quijote, una referencia ineludible».

Bromas aparte, más allá de esa visión olímpica donde Don Quijote y Marilyn comparten la eternidad como si hubiesen existido realmente, el escritor meditó acerca de la decadente importancia que la memoria tiene en la cultura contemporánea. Desde luego, no es que falten recursos para conocer el pasado. Al contrario, sobran hasta la sofocación los bancos de datos electrónicamente organizados.

La memoria objetiva de la humanidad es mayor que nunca. Pero no se trata de lo que se puede recordar sino de quién recuerda. Es posible que toda esa información sobre el pasado llegue a ser la memoria de nadie porque a nadie le interese asumir ese pasado o cualquier otro.

Vivimos el privilegio del instante absoluto, sin antes ni después, cuyo modelo es el veloz montaje de planos que alimentan los spots publicitarios de la televisión y el cine. Igualmente, es poco rentable saber o ignorar quién fue Marilyn Monroe o si existió de veras como Don Quijote. Con lo que perdemos una dimensión esencial de nuestra condición de hombres, o sea de animales históricos: representar, es decir volver a tener presente, algo del pasado.

Quevedo no fue un gran poeta: es un gran poeta. Y si lo es, se debe a que somos capaces de vivir el pasado, no sólo de revivirlo. Si hacemos de cuenta, amnésicamente, que no fue nunca porque no nos produce beneficios la memoria, habremos dejado de ser y apenas tendremos existencia, ser–ahí, arrojado en el suelo del presente, a la espera de ser rápidamente eliminado por la máquina de reciclar residuos.

La desmemoria convierte la vida, precisamente, en eso: en un resto, en una cosa inerte que estorba en el hechizado presente posmoderno.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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