Reality show

Un fantasma recorre las televisiones, como si la televisión misma no fuera una colección de fantasmas: los programas que juegan a reality show y reúnen en un espacio cerrado a un grupo de personas seleccionadas por escrutinio, que deben convivir cierto tiempo y ser suprimidas del conjunto por voto de la audiencia, una por una. Finalmente, el solitario persistente gana el concurso.

El primer intento [creado por John de Mol Jr. en 1999] fue una traducción apresurada del big brother inglés (lo que llamamos, en español, hermano mayor): El gran hermano. Aparentemente, se trata de observar la cotidiana convivencia de los integrantes de un grupo. Lo curioso es que no hay cotidianeidad (porque no hacen una vida realmente diaria, sino que están encerrados en un espacio artificialmente construido, una escenografía), ni grupo (no se han reunido por su propia voluntad sino que los ha seleccionado un equipo profesional), ni hay, por lo mismo, convivencia. El grupo se va deshaciendo por obra de la selección negativa, se va convirtiendo en una historia de descartes.

Mientras tanto, los personajes van contándonos hechos del día a día, sin mayor estructura narrativa, o sea que no asistimos tampoco a una historia. Es el pseudorrelato de la vida de Don Nadie a quien no le pasa nada.

La culminación es un premio al ganador, que no ha hecho tampoco nada para obtenerlo. Si se quiere, el vaciado en negativo o la caricatura de la famosa competitividad que anima a las sociedades emprendedoras y mercantilizadas de nuestro tiempo.

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Del otro lado ¿qué hace el espectador de estos programas? Asiste a unas escenas de carácter artificial que no alcanzan a constituirse en ficción y a una intimidad que tampoco lo es, porque el ojo del Hermano Mayor (el público) la controla y la cristaliza como espectáculo.

Cabe pensar que estos espectadores quieren que les cuenten cómo es la vida diaria porque están extrañados de su propia vida diaria. Nada alcanza auténtica realidad si no lo legitima la televisión, que es, en último análisis, el verdadero Hermano Mayor.

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Pero lo que la televisión nos da no es la vida real ni el sistema de fantasmas que, tradicionalmente, nos ha proporcionado el arte.

Es lo que ciertos pensadores de lo postmoderno denominan la hiperrealidad, un éxtasis provocado por un artefacto técnico y que nos conduce a la disolución de los límites entre el sujeto y el objeto. Es un radical como-sí: hagamos de cuenta que somos sujetos y que estamos ante unos objetos, y hagamos de cuenta que los tales objetos lo son, objetivamente. Mientras tanto, los hermanos mayores, que tampoco pertenecen a nuestra familia a pesar de la etiqueta que se les ha adherido, se disuelven en el anonimato de los consultings, los ratings, los selling managements y los inputs.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en TheCult.es (Thesauro Cultural) con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador respetado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. 

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