El tercer tenor es Brownlee

La Fundación Excelentia se ha marcado un tanto trayendo de nuevo a Madrid al tenor norteamericano Lawrence Brownlee, al mismo Teatro Real donde se le escuchó en 2004, turnándose con Juan Diego Flórez como el conde Almaviva de El barbero de Sevilla rossiniano.

Brownlee no es desconocido en el resto del país: en el Palau barcelonés fue Argirio de Tancredi en 2007, dirigido en concierto por René Jacobs como ocurrió poco después en Valladolid, y acaba de formar parte del reparto, cual destacadísimo conde Libenskoff, de Il viaggio a Reims que inauguró la actual temporada de gran Teatro del Liceo.

Siempre Rossini como su músico de cabecera y con Rossini de nuevo formando una parte importante del programa, volvió el tenor a Madrid. Brownlee está hoy en el podio de su cuerda de tenor lírico-ligero con agudos a lo contraltino, espacio que se reparte con Flórez y Javier Camarena con los que tiene en común parte de su repertorio. El cantante norteamericano, sin duda, se sitúa a la misma altura profesional del peruano y del mexicano porque su voz es igual de bella, amplia, luminosa, homogénea y emitida dentro de los cánones más exigentes.

No solo por sus características vocales, perfectamente encuadradas en su categoría instrumental; es además un cantante que domina los estilos de las obras a las que se enfrenta traduciéndolas con una sensibilidad ejecutiva acorde con ellas. Y personalmente, escuchándole en vivo, transmite un no sé qué de simpático y espontáneo que de inmediato le hace conectar con el público poniéndolo a su favor.

El recital Brownlee era una Gala de Navidad, sin nada navideño en el programa, por suerte, programado como punto de partida a otros conciertos motivados por estas fiestas. Un tour de force realmente impresionante por parte de la Fundación Excelentia: varias veladas sin que falte El Mesías haendeliano o la Novena de Beethoven, así como conciertos en torno a la música del cine, villancicos y demás jolgorio belenístico, tangos, éxitos cinematográficos, los tres (nuevos) tenores, el gran Krystian Zimmermann homenajeando a Bernstein en centenario, etc.

Volviendo a Brownlee. Las expectativas apuntadas en los prolegómenos de estas notas se vieron de inmediato atenuadas. El tenor no logró calentar del todo la voz con el Ecco ridente in cielo del Almaviva rossiniano ni en la página sucesiva perteneciente Alberto en la farsa L’ocasione fa il ladro del mismo compositor, aunque las exigencias de los dos tipos de canto que presiden estas fragmentos estuvieron claramente manifestadas.

Una hermosa regulación final coronó la popular aria de Nemorino en L’elisir d’amore, leída un poco por encima, lo mismo que toda la escena de Ernesto en el acto II del Don Pasquale donizettiano, cuyos complicados momentos canoros, empero, que exigen del tenor una emisión completamente controlada y fluida, pese a lo ya escrito, todo ello estuvo dominado sin problemas por el intérprete; faltó profundidad de lectura.

Carmen Romeu la soprano valenciana, se unió a Brownlee en el segundo de los dúos de Violetta y Alfredo en la verdiana Traviata. Las voces no se fundieron bien cada uno cantando su respectiva parte aunque con distanciamiento con indudable profesionalidad.

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Algo iba mal y la explicación la dio el mismo Brownlee en la segunda parte del concierto, tras el aria de Nadir de Bizet mejor planteada que resuelta, acusando los mismos problemas de fiato y de proyección de los agudos (él que los tiene y mantiene como un titán) apreciados anteriormente. Estaba enfermo (continuamente se llevaba la mano a la nariz como si tuviera una congestión nasal) y no quiso suspender el recital por lo interesante que era para él y por respeto al público.

Hecha esta aclaración, el resto del programa marchó mucho mejor. Estaba formado por canciones napolitanas y La danza de Rossini (ofrecida luego como único bis con palmas del respetable) y, al micrófono, con varias canciones de Nat King Cole e Irving Mills, Al Dubin y Harry Warren (la espléndida Lulu’s back in Town), Carmichael y Washington y Dvorák y Fisher (una bella adaptación a partir del segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo), algunas de ellas popularizadas por nombres tan míticos como los de Ella Fitzgerald, Louis Amstrong o las alucinantes hermanas Andrews. Entonces, el tenor, ya más relajado, deslumbró como todos esperábamos y queríamos. Triunfó, pues y pese a las adversas circunstancias y en un terreno que no es completamente el suyo, en el mismo espacio madrileño donde antes lo habían logrado Flórez y Camarena. Muy justamente merecido.

La orquesta Santa Cecilia como acompañante y en solitario demostró estar a la altura del solista tenoril, aunque de las diversas familias instrumentales sonaron mejor las maderas y los metales que las cuerdas. En las canciones finales supo asimismo situarse a la altura de una repertorio que no suele ser el suyo. A destacar el trompetista que protagoniza junto a la voz la melancólica escena de Ernesto de Donizetti. Labor sin duda de su director, Kynan Johnson, con siempre atento y matizado, que supo dar a los diferentes compositores (Rossini, Bizet, Donizetti, Gounod) su genuino carácter. Sobresaliente en especial el intermedio de Cavalleria rustiacana de Mascagni.

Copyright del artículo © Fernando Fraga. Reservados todos los derechos.

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000) y Simplemente divas (2014).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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