¿Por qué hablar de manos cuando en realidad son patas?

El otro día, caminando por la calle escuché: “Como no te portes bien, hoy no te doy tus juguetes”. Pensé, con ternura, pobre niño, hoy se queda sin jugar. No fue poca mi sorpresa al girarme y ver que a quién se dirigía la mujer no era a un niño, sino a un pobre perro que miraba atónito a su dueña.

Este comportamiento es muy frecuente en el ser humano y se conoce como antropomorfización. Consiste en la atribución de rasgos, características, cualidades y motivaciones propias de los humanos a seres no humanos, especialmente a los animales. No sólo humanizamos a los animales en nuestra vida cotidiana, también es un recurso habitual en el cine o la literatura (Dumbo, Bambi, etc.) e incluso en la divulgación de la ciencia.

Cuanto mayor es la semejanza emocional o física que percibimos en los animales, más fácil nos resulta identificarnos con ellos y desarrollar un sentimiento de empatía. Por este motivo el antropomorfismo se aprovecha muchas veces para convencer de la importancia de conservar la biodiversidad y proteger el medio ambiente. Si tras el conocimiento hay una cierta afectividad, la implicación y la interacción de la gente es mayor.

De ahí que sea más fácil encontrar financiación para programas de conservación de especies como el lince o el oso panda que de un escarabajo o un molusco. Sin embargo, esto no siempre es positivo. De hecho es un recurso que provoca escepticismo, por no decir rechazo, entre muchos científicos que opinan que utilizar la antropomorfización para explicar el comportamiento animal provoca que la mezcla indiscriminada de ciencia y fantasía dificulte la compresión de la realidad y distorsione el trabajo de los investigadores en aras de la divulgación.

Sin ir más lejos, hace no demasiado tiempo fue viral una imagen en las redes sociales en la que el fotógrafo Evan Switzer había inmortalizado una escena en la que se veía a un canguro macho ‘abrazando’ a una hembra muerta, todo ello ante la atenta mirada de la cría.

Los titulares no se hicieron esperar: “Canguro abraza a su compañera muerta”, “El dolor de una familia de canguros” y un sinfín de epígrafes parecidos.

Este es un claro ejemplo de cómo la humanización desvirtúa la realidad de un comportamiento que dista mucho de ser un último adiós. Expertos en la materia salieron al paso de esta errónea versión antropomórfica del amor verdadero entre canguros, explicando que la intención del macho era la de aparearse con la hembra muerta; es más, es frecuente entre estos marsupiales una persecución a las hembras tan persistente y agresiva que puede llegar a matarlas.

Aunque la humanización es un comportamiento muy humano, sobre todo a la hora de divulgar la ciencia y el conocimiento, es muy importante encontrar el equilibrio entre la accesibilidad, creatividad e imaginación y el rigor científico. No debemos olvidar que la ciencia aporta objetividad ante los planteamientos puramente emocionales de los que nos dejamos llevar y que muchas veces disfrazan la realidad.

Nuestras amadas mascotas no tienen piernas sino patas, y no necesitan zapatos para caminar. La percepción humanizada del comportamiento animal nos impide deleitarnos con la naturaleza, apasionante por sí misma. En esta revista intentamos que divulgación y motivación sean los dos sustantivos que acompañen a la ciencia y que el lector tenga una mirada objetiva ante las maravillas del mundo natural que le rodea.

Copyright del artículo © Cristina Cánovas. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Cristina Cánovas

Bióloga y coordinadora de exposiciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del CSIC. Los artículos de Cristina Cánovas se publican en The Cult por cortesía del MNCN con licencia CC no comercial.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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