Divulgando la ciencia desde el Museo Nacional de Ciencias Naturales

Divulgando la ciencia desde el Museo Nacional de Ciencias Naturales Imagen superior: imagen del Real Gabinete que fue el origen del MNCN / Xiomara Cantera

Casi todos recordamos una visita infantil al Museo Nacional de Ciencias Naturales. Al fin y al cabo tener un esqueleto de ballena sobre tu cabeza mientras contemplas la grandiosidad de un elefante africano u observar el tamaño real de los esqueletos de dinosaurios no es fácil de olvidar.

El Museo Nacional de Ciencias Naturales, ése que casi todo el mundo relaciona con su niñez, cumplió ya 240 años, una cifra de la que pocas instituciones científicas del país pueden presumir. Desde su fundación en 1771, con la creación del Real Gabinete de Historia Natural, y durante estos dos siglos ha dedicado su esfuerzo a custodiar colecciones científicas y didácticas que le han permitido apoyar la investigación y la divulgación de las ciencias naturales.

Es el museo de ciencias más antiguo de España y uno de los primeros que se crearon en Europa y, aunque no se sabe la cifra exacta, sus colecciones científicas albergan más de 8 millones de ejemplares. Pero ¿cómo nació este referente de la investigación científica y la divulgación?

El inicio lo marca la adquisición por parte de Carlos III de la colección de Pedro Franco Dávila, un hombre ilustrado nacido en Guayaquil (actualmente Ecuador) que residía en París. Un erudito y gran conocedor de la historia natural, que llevaba 20 años colectando curiosidades del arte y de la naturaleza. Corría el año 1771, pero no fue hasta 1776 cuando se abrió el Real Gabinete que comenzó a aumentar sus fondos a través de una Real Orden que obligaba a las autoridades de América y Filipinas (los territorios que tenía actualmenla corona española en aquella época) a “entregar todas las producciones naturales que se encontrasen interesantes al Real Gabinete”.

Así fue aumentando el número de ejemplares que albergaba este Gabinete cuya ubicación inicial fue el Palacio de Goyeneche, actual sede de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

El Real Gabinete permaneció allí hasta el final del siglo XIX, cuando fue trasladado a lo que hoy es la Biblioteca Nacional y otra parte al Museo Velasco, para, ya a principios del siglo XX, pasar a su sede actual: el Palacio de la Industria y las Artes del madrileño Paseo de la Castellana, una ubicación que actualmente comparte con la escuela de Ingenieros Industriales.

La cara más visible del museo son sin duda sus exposiciones que, basándose en criterios científicos, tienen vocación didáctica. Las hay permanentes, como Minerales, fósiles y evolución humana, Biodiversidad o El Real Gabinete (una recreación de su propio origen), y temporales, que tratan de acercar al público diferentes realidades de las ciencias naturales, manteniendo un carácter multidisciplinar que permite a esta institución histórica estar cerca de los más jóvenes. Pero este museo es mucho más que sus exposiciones.

Dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, es uno de los centros de investigación dedicados a las ciencias naturales más importantes del país. Más de una centena de investigadores trabajan en disciplinas que van desde la ecología, la paleontología o la biología evolutiva, pasando por los estudios sobre biogeoquímica, ecología microbiana, cambio global o geología.

“Uno de nuestros principales desafíos es trasmitir los conocimientos de los investigadores a la gente”, explica su actual director Santiago Merino. Por lo tanto, las tres patas sobre las que se asienta el MNCN son la investigación, las colecciones y las exposiciones. Tres patas que nunca dejan de entrelazarse. Según explica el investigador Mario García París: “Este museo es un centro de investigación y sus colecciones se originan a partir de las expediciones de los científicos. Las colecciones son a la vez la base del trabajo de muchos investigadores y el lugar donde depositan sus descubrimientos. Como ocurre en otras instituciones con colecciones científicas, una parte fundamental de nuestro trabajo es custodiar estos tesoros de la historia de la vida que sirven de referencia para más investigación. Todo ese trabajo lo tratamos de reflejar en la exposiciones que se montan para el público que nos visita”.

Igual que en los últimos 240 años han cambiado muchas cosas en la investigación y la museística, este longevo museo de ciencias ha sabido adaptarse adecuando la manera de conservar los ejemplares de forma que se puedan seguir utilizando en el futuro. Así hay muchas muestras que se congelan o liofilizan. Se trata de adaptar las preparaciones biológicas para no dañar el material. Asimismo, se han creado colecciones pioneras como la de Tejidos y ADN que contiene ya más de 105.000 muestras.

“Hay cambios en la forma de investigar y estos son los que marcan cómo se guardan las colecciones, para lograr estudiar el medio natural de la mejor manera posible”, explica García París.

Exposiciones, colecciones e investigación conviven en dos terceras partes de un hermoso edificio de ladrillo y hierro con características columnas de fundición que comenzó a construirse en 1882. Y es que este museo tiene una distribución muy particular.

Tras una etapa de abandono, el edificio fue ocupado en 1906 por la sección de Entomología del Museo y en 1907 por la Escuela de Ingenieros Industriales. En 1910 el museo se trasladó definitivamente junto a otros organismos como El museo del Traje, el Cuartel de la Guardia Civil o el Instituto Torres Quevedo.

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Desde 1913 sus exposiciones, colecciones, laboratorios y despachos se ubican a ambos lados del edificio sin que ningún pasillo comunique ambas alas. Actualmente, uno de los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el museo es el espacio. “Y pensar que el Palacio de Villanueva, actual sede del Museo del Prado, fue en origen planteado para albergar el Museo de Ciencias Naturales”, lamenta el conservador de la Colección de Invertebrados del MNCN, Javier Sánchez Almazán, mientras habla de los problemas de espacio que arrastra esta longeva institución.

“Lo que tenemos expuesto en el museo es una mínima parte de todos los fondos que hay aunque sea representativa de los dos ámbitos principales que se exhiben (Biodiversidad y Geología). En mi colección tenemos más de 300 corales históricos, que son de la época del Real Gabinete”. Esta realidad que describe Sánchez Almazán se repite con las más de 20.000 piezas que hay en la Colección de Prehistoria o con la de Entomología, que atesora más de cuatro millones de ejemplares, de los que solo se exponen algunas cajas.

La mayor parte del material está informatizado y hay bases de datos que se pueden consultar. Aunque no están expuestos, sus ejemplares sirven para investigar o colaborar en exposiciones de otros museos. “Con los fondos guardados se podrían hacer museos específicos de mineralogía, de aves y mamíferos… y es que en los sótanos tenemos un auténtico museo paralelo”.

La institución baraja varias alternativas para paliar este problema, entre ellas la de construir en la parte de atrás del museo un edifico para albergar exposiciones, con todas las dificultades que supone. Además de la falta de espacio, el director del museo afirma que existe otro grave problema de difícil solución: la contratación de personal.

La plantilla fija de la Vicedirección de Investigación del Museo está compuesta actualmente por 72 investigadores y unos 25 técnicos cualificados. La formación de científicos es, asimismo, otro de los objetivos que se persigue, y en todo momento hay en el Museo alrededor de 90 becarios y contratados pre y postdoctorales. Por otro lado, el Museo está involucrado cada año en alrededor de medio centenar de proyectos de investigación nacionales e internacionales, además de mantener numerosos contratos y convenios de investigación, tanto con instituciones públicas como privadas. “Pero esta es sólo la parte de la investigación y el problema no es tanto la investigación porque, al fin y al cabo, los científicos buscan sus propios proyectos, otra cosa es la financiación a nivel estatal. El caso es que este centro tienen muchas necesidades que la plantilla de algo más de 300 personas no da abasto para cubrir”, explica Merino. La realidad es que en este museo no paran.

Además de mantener las colecciones y exposiciones permanentes, cada año se montan alrededor de 10 muestras temporales acompañadas de multitud de actividades didácticas para niños y adultos además de cursos, seminarios, conferencias, etc. Porque tras la aparente quietud de este organismo bulle una actividad constante. Lo cierto es que la trayectoria del MNCN tiene muchas similitudes con la historia de la ciencia en España, un camino tortuoso con sus claros y oscuros que, pese a todas las trabas que encuentra, no deja de avanzar

Copyright del artículo © Xiomara Cantera. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Xiomara Cantera Arranz

Responsable de prensa en el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y directora de NaturalMente, revista trimestral de divulgación científica que publica el MNCN. Los artículos de Xiomara Cantera se publican en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Sitio Web: www.mncn.csic.es
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