"Galáctica, estrella de combate" ("Battlestar Galactica", 1978-1979)

Hay pocos programas en la televisión que se estrenen sin bombo publicitario y en el caso de Battlestar Galactica, la serie de ciencia ficción que la cadena ABC presentó en el otoño de 1978, la campaña hizo hincapié en el dinero que habían invertido en ella: se trataba de la serie más cara de la historia. El episodio piloto costó 7 millones de dólares y el desembolso de los siguientes no bajó de un millón.

Tras un milenio de guerra, las doce colonias de humanos están a punto de firmar un tratado de paz con la civilización robótica del Imperio Cylon. Dos pilotos de Viper –las naves de combate coloniales‒ que se encuentran de patrulla descubren que el tratado no es sino una trampa orquestada por los cylones para hacer que las grandes astronaves de guerra humanas, las Estrellas de Combate, se alejen de sus respectivos mundos y los dejen indefensos. Ambos se dirigen con rapidez a informar a su nave nodriza, la Galáctica, cuyo comandante, Adama (Lorne Greene) ante las alarmantes noticias, decide desobedecer las órdenes del Consejo e iniciar acciones militares para salvar a las colonias.

Pero el aviso llega demasiado tarde. Todas las Estrellas de Combate excepto la Galáctica caen en la emboscada y resultan destruidas mientras los mundos son arrasados por los cylones con la ayuda del traidor humano Baltar. Adama, último miembro del gobierno colonial, se da cuenta de que la única oportunidad para los supervivientes es reunirlos a bordo de una deslavazada flota compuesta de 220 naves de todo tipo, desde cargueros a cruceros de lujo, y guiarlos en busca de la mítica decimotercera colonia: la Tierra.

En 1978, justo después de que Star Wars (1977) se hubiera convertido en el film más taquillero de la historia, todos los estudios y cadenas de televisión se apresuraron a buscar en sus cajones aquellos guiones de ciencia ficción a los que no habían prestado atención alguna. Durante algunos meses, pareció que el sueño de cualquier aficionado a la CF se hubiera hecho realidad. Aparecieron secuelas de La Invasión de los Ultracuerpos (1978), Buck Rogers (1979), Flash Gordon (1980), un revival de Star Trek (1979), la adaptación televisiva de Crónicas Marcianas (1980), El Abismo Negro (1979) de Disney… y se habló de una nueva versión de Ultimátum a la Tierra (1951) y proyectos relacionados con la Trilogía de la Fundación de Isaac Asimov y El Señor de la Luz (1967) de Roger Zelazny.

Por desgracia, muy poco de aquella explosión “fantacientífica” tomó una forma satisfactoria para los fans. En lugar de ello, lo que invadió las pantallas, grandes y pequeñas, fueron una horda de clónicos de Star Wars, productos intercambiables con combates espaciales entre cazas armados de láser y robots amigables con que encandilar a los niños.

De todos los imitadores de Star Wars, la serie televisiva Battlestar Galactica fue la que menos ocultó su “inspiración” hasta caer en la pura desfachatez: robots que emiten extraños ruiditos, peleas en el espacio con cazas individuales, el piloto desvergonzado pero encantador, el muchacho que sueña con ser un héroe, un imperio malvado, una gigantesca base enemiga de aspecto amenazador… hasta la banda sonora de Stu Phillips recordaba a la de John Williams.

20th Century Fox, el estudio que produjo Star Wars no comulgaba con ese dicho que reza que la imitación es una forma de adulación, y emprendió una batalla legal contra el productor y guionista de la serie, Glen A. Larson, y el estudio que la albergaba, Universal, argumentando que la existencia de más de treinta similitudes entre ambas ficciones no era precisamente casualidad: los personajes de Apolo y Starbuck se parecían demasiado a Luke Skywalker y Han Solo, los cylones a las tropas de asalto, el líder cylon a Darth Vader, los Vipers de la Galáctica a los Ala X rebeldes, etc…

Por su parte, Larson se defendió argumentando que su guión había sido escrito antes de que se estrenara Star Wars y que si plagiaba de algún sitio, era del Éxodo bíblico, con Adama en el papel de Moisés, liderando a su pueblo hacia la Tierra Prometida, en este caso el planeta Tierra. Volveremos sobre el aspecto religioso enseguida.

Universal contraatacó con una demanda en la que acusaba a Lucas de haber plagiado ideas del serial cinematográfico de Buck Rogers (1939) y los robots de Naves silenciosas (1971).

En honor a la verdad, hay que decir que algo de razón tenía Universal. Star Wars era una amalgama destilada de los recuerdos infantiles que Lucas atesoraba de los seriales de Buck Rogers y Flash Gordon. Pero, al menos, aquél supo combinar todas sus “ideas” de una forma lúdica y con una resonancia mitológica ausente en aquéllos, mientras que Battlestar Galactica se limitó a copiar sin imaginación y sin añadir nuevos matices a sus personajes. ¿Un ejemplo? R2D2 es un robot simpático y original, pero cuando en Galáctica se presenta un perro robot para que sirva de mascota a un niño huérfano –en realidad un chimpancé adiestrado con un disfraz‒, el resultado es de un sentimentalismo indigesto.

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Aunque la demanda de 20th Century Fox y Lucas fue desestimada por los tribunales y nunca prosperó, cualquier aficionado a la CF podrá encontrar en Battlestar Galactica indicios de plagio descarado del universo conceptual y visual de George Lucas. Pero Larson, como él mismo declaró, integró otros elementos tomados del ámbito de la religión y la ufología setentera en un desordenado revoltijo.

La apertura de los títulos de crédito “toma prestado” el ideario de Erich Von Däniken: “Hay quien cree que los humanos llegaron del espacio y que fueron los antepasados de los egipcios, los toltecas y los aztecas, los arquitectos de las pirámides y las civilizaciones perdidas de la Atlántida y Lemuria” (aunque ni siquiera alguien tan propenso a la fantahistoria como Däniken se tomó en serio la existencia de Lemuria; sólo se propuso como una idea para explicar la posible migración de animales entre continentes). La mayoría de los personajes tienen nombres extraídos del panteón mitológico griego, los cascos de los pilotos son de inspiración egipcia y los planetas fueron bautizados con las denominaciones de los signos astrológicos. Del judaísmo se tomó la idea de la propia Galáctica como una especie de Arca salvadora de los últimos especímenes de la Humanidad (de hecho, la serie iba a ser llamada originalmente “El Arca de Adama”).

El propio Larson era mormón practicante y su religión no se libró de la siega iconográfica: el viaje de la Galáctica se parece menos al Éxodo de Moisés que al de Brigham Young guiando a sus correligionarios mormones a través del continente americano en una misión divina para terminar fundando Salt Lake City; el Consejo de los Doce es un trasunto de la principal autoridad mormona. Kobol, el planeta origen de las doce colonias, es un anagrama de Kolob, el mundo más cercano a Dios según los mormones; y la creencia que esa fe sostiene en la teoría ‒histórica y antropológicamente absurda‒ de que las doce tribus de Israel se extendieron por todo el mundo para formar los actuales grupos raciales, es la que se halla tras las Doce Colonias humanas de la serie.

Pero en el corazón de Battlestar Galactica, como en la otra serie televisiva que se estrenó por aquel entonces, Buck Rogers en el siglo XXV (1979-1981, también creada por Glen A.Larson) hay algo más que simple plagio, aunque su creador no fuera totalmente consciente de ello.

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El referente último de Battlestar Galactica, una sucesión de aventuras vividas en el curso de  un largo viaje, es, claro está, La Odisea de Homero. Las aventuras en el mar han servido como inspiración a muchas obras de ciencia ficción y, especialmente, space opera. En este caso, además, hay ciertos elementos propios del western, relacionando el viaje por el espacio con la exploración del continente americano, algo que tampoco era ni mucho menos nuevo.

Tanto Galáctica como Buck Rogers utilizaban la exploración espacial como marco  narrativo para elogiar el potencial de mejora de la Humanidad. Irónicamente, mientras tanto, Norteamérica estaba perdiendo interés en las auténticas aventuras espaciales tras veinte años luchando por convertirse en líder de la Carrera Espacial. Esas aspiraciones no obedecieron únicamente al deseo de superar a la Unión Soviética –deseo éste, casi necesidad, que sentían sobre todo los políticos‒ sino a una tradición cultural que tenía en alta estima la figura del explorador, del pionero y el mito de la Frontera. Programas de televisión como Star Trek, Battlestar Galactica o Buck Rogers retomaban esas ideas y las trasladaban al entorno espacial.

Tanto Battlestar Galactica como Buck Rogers hacían uso de generosas dosis de humor, quizá en un intento de revitalizar y actualizar el género. Pero sobre todo, confiaban en la calidad de sus efectos especiales y en un conjunto de personajes con el que los espectadores pudieran identificarse fácilmente gracias a su simplicidad: eran básicamente arquetipos poco sofisticados trasladados a un entorno futurista: el patriarca, el héroe, el compañero gracioso, el villano…

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El escenario político que plantea Battlestar Galactica –los humanos son buenos porque creen en la libertad y los cylones malvados porque esclavizan‒ es similar a los vergonzantes sermones sobre democracia que estropeaban tantas series de ciencia ficción que bebieron de las enseñanzas de Star Trek (1966-69). En la práctica, los guerreros coloniales de la Galáctica son una mezcla de entusiastas cowboys espaciales y luditas de tinte racista.

Poco esfuerzo puso Larson en la construcción de los cylones como una raza alienígena compleja. Recuperando la tradicional y paradójica suspicacia que la ciencia ficción siente hacia las máquinas, los cylones (una sospechosa mezcla entre los cybermen del Doctor Who y las tropas de asalto de Star Wars) no son más que frías máquinas que obedecen sin contemplaciones a un líder supremo y cuya única meta parece ser esclavizar a otras razas. Pero sobre todo, lo que importa es que son malvados, sin excepciones ni matices; y que odian a los humanos por su amor a la libertad e independencia, así como por su necesidad de sentir, de preguntar, de reafirmarse y rebelarse contra la opresión.

Battlestar Galactica, de esta forma, ponía en contraste la superioridad ideológica y moral de los colonos humanos y el salvajismo de los inhumanos alienígenas. Esta distribución de papeles –por otra parte tan común en la space opera‒ no es más que una réplica de la idealizada experiencia histórica norteamericana, protagonizada por los colonos puritanos y los nativos indios, demonizando a estos últimos y representándolos como un obstáculo más de la Naturaleza al que había que vencer.

Ya mencionamos más arriba el contubernio por plagio entre la Universal y la 20th Century Fox. En no poca medida ello fue debido a lo que sin duda fue un factor clave en el éxito de la serie: sus efectos especiales. A cargo de los mismos se encontraba John Dykstra, contratado por Universal tras ganar un Oscar por su trabajo en Star Wars. Dykstra copió su propio trabajo en la película de Lucas, pero al menos lo hizo bien y las escenas de batallas o las tomas generales de las naves son convincentes y emocionantes, de una calidad nunca vista hasta el momento en el medio televisivo. El problema es que el abultado presupuesto publicitado por la cadena debió agotarse pronto, porque en un evidente intento de ahorrar costes, dichas tomas comienzan a repetirse una y otra vez, episodio tras episodio, llegando a tornarse aburridas y de todo punto predecibles. Todas las batallas con los cylones, todos los despegues, todas las evoluciones en el espacio, están compuestos de montajes ligeramente diferentes de las mismas secuencias.

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Otros aspectos de la serie obtuvieron mucho peor resultado. El argumento básico se agota  enseguida y se vuelve repetitivo: el convoy de naves liderado por la Galáctica huyendo de los hostigadores cylones y escapando de sus torpes planes una y otra vez. Así, la calidad de las historias más allá de los dos o tres primeros episodios es, siendo amables, mediocre. Problemas como el desabastecimiento de alimentos son inexplicablemente ignorados a menos que puedan servir como excusa para iniciar alguna peripecia. Tras haber muerto, Baltar es revivido sin razón alguna y convertido de forma inverosímil en líder de los cylones. Y el fin último que supuestamente perseguían, encontrar la Tierra, se diluye en una sucesión de episodios sin relevancia, consecuencia de que los guionistas y el creador no tenían en mente una cronología de hechos ni un final concreto hacia el que dirigirse, al estilo de lo que hizo Straczynski en Babylon 5.

La mayor parte de las historias no son más que aventuras rutinarias y predecibles, plagios de clásicos del western o del cine bélico, como Los siete magníficos, Los cañones de Navarone o Doce del patíbulo. Los planetas a los que llegaban los héroes eran o bien medievales o bien recreaciones del Salvaje Oeste, y los cylones, inexplicablemente, nunca andaban lejos, preparados para meter en problemas a Apollo y Starbuck, ya fuera juntos o por separado.

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Ello dice mucho de los guionistas, probablemente poco conocedores de la ciencia ficción, género al que consideraban como una especie de cajón de sastre al que podían trasplantarse tópicos de otros géneros sin más que cambiar los caballos por naves, el Oeste por planetas alienígenas y los soldados nazis o los indios por cylones. Su idea de la originalidad consistió en hacer que la tripulación de la Galáctica se encontrara con un alien que afirmaba ser Satán. La ausencia de base científica es abismal (no hay sentido alguno de las distancias cósmicas, por ejemplo), y el tono general es claramente infantil, como si fuera un dibujo animado que se hubiera tomado demasiado en serio a sí mismo.

En cuanto a los actores, tampoco hay mucho que se pueda salvar. Lorne Greene presta cierta  dignidad a su interpretación de Comandante Adama, una combinación de Moisés y Ben Cartwright (al fin y al cabo, la serie integraba, como dijimos, elementos religiosos y del western). Adama era el padre biológico de Apolo y simbólico de todos los supervivientes y Lorne Greene, que había interpretado al patriarca de los Cartwright en Bonanza, era ya por entonces una de las figuras paternales más conocidas de la historia de la televisión. Eso sí, dado que el aspecto y la conducta de Lorne Greene se asemejaban más al de un abuelo jubilado que al de un firme líder guerrero, la acción debía recaer en otros personajes: Apolo y Starbuck.

Richard Hatch da vida a Apolo, un aguado héroe, tan perfecto que resulta aburrido y al que la  muerte de su bella esposa Serina (Jane Seymour) al comienzo de la serie no parece trastornar demasiado en episodios subsiguientes. John Colicos da vida a un histriónico y usualmente ridículo Baltar; su experiencia como actor teatral clásico probablemente le habría permitido hacerlo mucho mejor de no haber sido por lo vulgar de su personaje. La belleza de la exmodelo Maren Jensen (Atena, la hermana de Apolo) no compensa su carencia de talento interpretativo y los demás… El único que se salva es Dirk Benedict, que da vida a Starbuck (cuyo nombre no provenía de la mitología griega sino de la novela Moby Dick, aunque su personalidad bebía directamente del Han Solo de Star Wars): extraordinario piloto y mejor amigo de Apolo, heroico como el que más, pero cuyos pecadillos (es mujeriego, trapisondista, jugador y caradura) le hacen más humano, más próximo al espectador.

Battlestar Galactica no parece tener tampoco interés en plasmar aquella diversidad étnica  por la que Star Trek se había hecho famosa. Dada la multiplicidad de procedencias de los componentes del convoy, hay, de hecho, una escasa variedad racial. La especie humana no parece haber evolucionado nada a pesar de los milenios transcurridos y todos los personajes de relevancia son humanos, aunque los alienígenas aparecen de vez en cuando (incluyendo un grupo de ellos en una escena de bar que no es sino una recreación-plagio de la famosa taberna de Mos Eisley en Star Wars). Todos los humanos son blancos y, si ocupan puestos de responsabilidad, son hombres. El segundo al mando, el coronel Tigh (Terry Carter) o Boomer (Herbert Jefferson, Jr.) son negros, sí, pero no son más que una llamativa excepción.

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En cuanto a las mujeres, parecen figurar como meros elementos decorativos: los principales papeles femeninos están interpretados por actrices bellas y jóvenes. Sí, Atena es la oficial de comunicaciones de la Galáctica (en la tradición de Uhura, de Star Trek), pero su puesto en la nave parece estar más relacionado con el nepotismo (su padre es el comandante Adama) que con la igualdad de oportunidades entre los sexos. El otro personaje femenino de importancia, Casiopea (Laurette Spang), no tiene mucho que hacer aparte de servir de interés romántico para Starbuck y enfermera ocasional.

Con anterioridad a su emisión televisiva, Larson realizó un montaje de 121 minutos con los dos primeros episodios y lo distribuyó en forma de película en los cines de Canadá. La respuesta fue tan positiva que meses más tarde se decidió hacer lo mismo en Estados Unidos en lo que probablemente fue una de las mejores jugadas de marketing de la historia de la televisión: Larson no sólo convenció al público para que pagara por ver otra vez algo que ya habían disfrutado gratis en televisión, sino que la película era 23 minutos más corta que los episodios televisivos y sólo contaba con el aliciente de un sonido Sensurround y la muerte del personaje de Baltar (que se había considerado en exceso violenta para la televisión). Pero el caso es que la cinta funcionó fenomenalmente bien allí donde se proyectó (Japón, Europa), entre otras cosas porque sus efectos especiales lucían mucho mejor en una pantalla grande.

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Battlestar Galactica duró solamente una temporada de 24 episodios de 45 minutos emitidos entre 1978 y 1979. A pesar de los planos personajes y la ausencia de argumentos sólidos e imaginativos, los impresionantes efectos especiales granjearon a Battlestar Galactica una considerable audiencia. Pero solo al principio. Porque esos efectos, como hemos dicho, se apreciaban mucho mejor en la pantalla grande y ello, junto a su reiteración y lo poco interesante de sus relatos, hicieron que los espectadores pronto perdieran el interés. Aunque la cadena siempre afirmó que las cifras de audiencia eran buenas, justificó la cancelación afirmando que la serie resultaba demasiado costosa como para que resultara rentable.

Tras su retirada de la parrilla de emisión, la ABC se vio sorprendida por un aluvión de correspondencia solicitando el regreso de la serie, una respuesta de los espectadores muy inhabitual por aquél entonces. Así que la cadena contactó con Glen A. Larson y le solicitó que remodelara el concepto y el formato con el fin de resucitarla a un coste más reducido.

El ahorro debía venir, entre otras partidas, del recorte del número de protagonistas. Se decidió prescindir de bastantes de los personajes de la etapa anterior: el coronel Tigh, Atena, Casiopea y Boxey… de hecho, inicialmente, los únicos que se iban a mantener de la serie original iban a ser Boomer –ahora ascendido a coronel‒, Apolo, Starbuck, el comandante Adama y Baltar, que inexplicable e increíblemente, se habría arrepentido de su traición a las colonias y no sólo habría sido perdonado, sino que llegaba a ser nombrado presidente del Consejo de los Doce.

Sin embargo, Dirk Benedict no estaba disponible y Richard Hatch se mostró disconforme con el enfoque de la nueva etapa, por lo que, al carecer de los personajes más conocidos, los productores hubieron de redefinir la historia y situarla treinta años después del final del último episodio de la serie original. El capitán Troy y asumiría el papel de Apolo mientras que un tal teniente Dillon sustituiría a Starbuck. El papel de Baltar fue eliminado en favor de un nuevo villano, el comandante rebelde Xavier.

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Así nació Galactica 1980. La flota de colonos ha llegado por fin a la Tierra sólo para encontrarse con una decepción: sus habitantes no disponen de la ciencia y la tecnología necesarias para ayudarles o siquiera para defenderse de la amenaza de los cylones.

Inicialmente, la premisa de la serie iba a consistir en una rutina muy definida: cada semana, el comandante Xavier viajaría en el tiempo con la intención de modificar en algún punto el pasado de la Tierra y forzar así cambios tecnológicos en el presente; y Troy y Dillon le perseguirían para impedir sus planes. Pero la ABC no se mostró muy conforme con la temática del viaje temporal más allá del episodio piloto y obligó a Larson y a su co-productor, Donald P. Bellisario, a eliminarlo (este último retomaría la idea años más tarde para la más exitosa Quantum Leap). Así, finalmente, el Consejo de los Doce decide enviar en secreto equipos de guerreros coloniales con la misión de ayudar a la comunidad científica a impulsar avances en ese campo así como proteger a algunos niños coloniales enviados a la Tierra para propiciar la fusión de ambas razas y que, a consecuencia de su especial fisiología resultan tener superpoderes en la Tierra.

Y puesto que la Galáctica y su historia era la misma, ¿qué explicación se daba al destino de los “antiguos” personajes? En el curso de su breve vida, la serie contaría que Apolo había muerto, aunque no se decía cómo; Starbuck había quedado abandonado en un planeta desértico; el capitán Troy era en realidad Boxey, el hijo adoptivo de Apolo; y Baltar se había convertido en un oficial de la flota cylon

Esta segunda entrega duró tan solo diez episodios. Los fans desertaron en masa ante la ausencia de sus héroes favoritos y la evidente falta de presupuesto e imaginación; y los críticos la consideraron una de las peores series de ciencia ficción de todos los tiempos. No es de extrañar que haya sido relegada al olvido más oscuro.

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Hoy no son pocos los comentarios elogiosos que sobre Battlestar Galactica se pueden encontrar en todos los medios, a menudo expuestos por gente que vio la serie en su emisión original. Mi apreciación personal es que dicho fervor entusiasta es más producto de la nostalgia que de un análisis crítico de las virtudes y defectos del programa.

Yo mismo me cuento entre los que, siendo niños, pudimos asistir a la proyección cinematográfica de la película y a la emisión televisiva de la serie regular. Y lo cierto es que por aquel entonces y con los ojos de un niño, Battlestar Galactica sobresalía mucho respecto al resto de series de ciencia ficción. No podía ser de otra manera. Además de los deslumbrantes efectos especiales, las historias eran sencillas de seguir y los personajes escasamente complejos y predecibles. Después de todo, ¿a qué niño no le hubiera gustado vestir un uniforme, llevar pistola láser, pilotar un Viper, luchar contra los cylones –a los que se abatía sin esfuerzo‒ o tener una mascota robotizada?

Pero a la hora de valorar la calidad de una serie o su interés para un adulto –especialmente si es amante y conocedor de la ciencia ficción‒, la nostalgia no es una buena consejera. Ver Battlestar Galactica hoy supone constatar que el tiempo no la ha tratado bien y que aunque determinados elementos de su estética mantengan su validez, sus historias no lo han hecho. Eso sí, quizá en los niños de hoy pueda seguir despertando ese sentido de lo maravilloso tan inseparable de este género y tan imprescindible para su disfrute.

Y aunque no sea por otra cosa, los fans mantuvieron vivo el recuerdo de la serie lo suficiente para que a finales de los noventa Richard Hatch y Glen A. Larson lucharan por producir un revival de Battlestar Galactica, revival que finalmente se estrenó en 2003, recogiendo las ideas del programa original, situándolas en un escenario más plausible y adulto y cosechando con ello un gran éxito de público y crítica. Pero eso es otra historia…

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en www.TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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