"Contacto" (1985), de Carl Sagan

Los libros del astrónomo Carl Sagan son las obras de divulgación científica más leídas del mundo. Cosmos, publicada por primera vez en 1980, es el libro en lengua inglesa sobre Ciencia más vendido de la historia. La serie de televisión basada en él ganó múltiples premios, incluido el Emmy, y fue emitida en sesenta países. Éxitos similares cosecharon otros libros con su firma, como Los dragones del Edén (1978, ganador del Premio Pulitzer), El cerebro de Broca o el póstumo El mundo y sus demonios.

Pero Sagan no fue sólo un incansable y entusiasta divulgador que creía firmemente en que la Ciencia era algo que el público general debía conocer si nuestra especie quería evolucionar, sino que estuvo muy involucrado en los proyectos de exploración planetaria de la NASA mediante sondas automáticas “Mariner”, “Voyager” y “Viking”. Además, se erigió en apasionado defensor, tanto en foros públicos como ante el Congreso estadounidense, de la necesidad de financiar la investigación espacial y el proyecto SETI de búsqueda de señales de radio con posible origen extraterrestre. Realizó importantes aportaciones a los campos de la evolución química, la topografía marciana y la meteorología venusiana. Ejerció de profesor de Astronomía y Ciencias del Espacio en la Universidad de Cornell y fue director del Laboratorio de Estudios Planetarios del Centro de Radiofísica e Investigación Espacial. Los premios que recibió a lo largo de su vida son demasiado numerosos para glosarlos aquí, pero baste decir que la Fundación Nacional para la Ciencia dijo de él que “sus investigaciones revolucionaron la ciencia planetaria (…) sus contribuciones a la Humanidad fueron infinitas”.

Carl Sagan resumió gran parte de su interés por el tema de la inteligencia extraterrestre así como su filosofía acerca de la naturaleza de la Ciencia, sus limitaciones y su relación con la Religión en la novela Contacto, basada en la propia experiencia del científico en esas áreas y en la que se aborda la cuestión del destino de la Humanidad en el caso de que allá fuera, en el cosmos, existiera una plétora de civilizaciones extraterrestres cultural, intelectual y tecnológicamente superiores a nosotros.

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Imagen superior: Carl Sagan y su esposa, Ann Druyan, autores del guión de "Contacto", el largometraje homónimo de Robert Zemeckis inspirado en la novela que nos ocupa. Sagan y Druyan dieron forma en 1979 a la idea original de la que surgieron tanto el libro como la película, atendiendo a una petición de la productora Lynda Obst. Cortesía de Warner Bros.

Ellie Arroway sintió desde la niñez una pasión por las maravillas de la Ciencia, pasión que su adorado padre apoyó antes de morir prematuramente. Ellie se doctoró con honores en astronomía, dedicándose luego durante años a especializarse en radioastronomía y, concretamente, a su uso como medio de rastrear señales provenientes del espacio que pudieran haber sido generadas por una civilización extraterrestre.

Cuando ella y su equipo captan la transmisión de una serie de números primos procedentes de las cercanías de la estrella Vega, se dan cuenta de que existe una pauta que no puede deberse al simple azar. Se trata de un mensaje, un posible intento de comunicación por parte de una inteligencia alienígena. La noticia conmociona al mundo y coloca a Ellie en el centro de un torbellino científico, político, social y religioso. Además, debe enfrentarse a problemas personales en forma de rivalidades con colegas y líderes religiosos, nuevos afectos sentimentales y su siempre difícil relación con su madre y padrastro.

Cuando se consigue descifrar el Mensaje, resultan ser las instrucciones para la construcción de una máquina de propósito desconocido. Los gobiernos del mundo se cuestionan la conveniencia de fabricarla habida cuenta de que absorberá una colosal cantidad de recursos económicos y que se ignora prácticamente todo de ella. ¿Quién ha enviado el Mensaje? ¿Con qué objeto? Su diseño incluye una cabina en cuyo interior, supuestamente, viajaría un reducido grupo de personas hacia un destino desconocido. Pero también podría ser un arma de destrucción planetaria, o la llave para abrir un portal a través del cual penetraría una invasión alienígena.

Sorteando múltiples dificultades geopolíticas, finalmente se decide construir dos máquinas en dos puntos diferentes del planeta, Estados Unidos y Japón. Para ello deben crearse por entero nuevas industrias con las que fabricar, de acuerdo con las instrucciones del Mensaje, componentes cuya función nadie comprende. Cuando años después se completa la colosal tarea y Ellie y otros cuatro científicos entran en la máquina, ésta se activa propulsándolos a un sorprendente viaje por la galaxia…

Hacia mediados del último tercio del siglo XIX, el darwinismo había ganado la batalla abriendo la puerta a una profusión de conceptos científicos que, a su vez, sirvieron de alimento a los escritores de ficción. La teoría de Darwin explicó la evolución de la vida no sólo en la Tierra, sino en otros planetas. Como tiempo atrás había sucedido con el copernicanismo, el darwinismo, al revolucionar la perspectiva cósmica y sugerir que la vida era una propiedad básica del Universo, dio nuevas alas a la hipótesis de la vida extraterrestre. El antropocentrismo fue destronado, el planeta Tierra y sus habitantes relegados a un mero peldaño en la larga escalera evolutiva del cosmos. En este nuevo contexto, la Ciencia pudo por fin considerar la existencia de alienígenas, una idea que hallaría su correspondencia en la ciencia ficción y que, de hecho, ha dominado el género en todos sus frentes hasta el día de hoy.

Pero no sólo la biología dio alas a la idea de vida extraterrestre. El avance de otras ciencias, como la astronomía y la física, también dio argumentos –o esperanzas– a los defensores de esa posibilidad. El desarrollo de la espectroscopía transformó la astronomía en astrofísica, descubriendo evidencias de que las mismas leyes naturales gobernaban todo el Universo y que el propio cosmos está sujeto a su propia evolución. La dialéctica entre antropocentrismo y pluralismo se veía continuamente golpeada por asombrosos descubrimientos en física: primero la Teoría de la Relatividad y la Física Cuántica, luego por el modelo del Big Bang y la expansión del Universo… Lo que es básicamente un tema emocional o filosófico, esto es, el lugar que ocupa el Hombre en el Cosmos, pasó a formar parte indisoluble de las discusiones científicas sobre la vida en el Universo, pero estaba claro que la idea de un cosmos centrado en nuestra única y privilegiada posición en el espacio–tiempo había quedado superada. Al aplicar a gran escala la Teoría General de la Relatividad se deduce que no existe un lugar especial en el Universo. Esa postura es lo que Martin Amis definió como “asunción de la mediocridad”.

Cuando la ficción sobre el contacto de nuestra especie con seres extraterrestres ya era algo común en la ciencia ficción, y en el mundo real hacía furor el fenómeno ovni, Frank Drake, pionero del programa SETI, fue el primer radioastrónomo en proponer la idea de que los alienígenas podrían comunicarse mediante señales de radio. En 1960, su proyecto Ozma estudió dos estrellas similares a nuestro Sol, Tau Ceti y Epsilon Eridani con el objeto de localizar posibles señales inteligentes emitidas desde hipotéticos planetas en la órbita de esos astros. Le siguió, en 1964, el proyecto CETI (Communication with Extra–Terrestrial Intelligences) que influyó en buena medida en el diseño de posteriores programas de “escucha” utilizando los principales radiotelescopios de la Tierra.

En una importante conferencia pronunciada en Green Bank, Virginia Occidental, en 1961, Frank Drake presentó su ahora famosa “Ecuación Drake”, que integra y cuantifica los factores que podrían determinar el número de civilizaciones de seres inteligentes de nuestra galaxia. Otro paso importante en esa dirección fue la publicación en 1966 de “Vida Inteligente en el Universo”, escrito conjuntamente por Carl Sagan y el astrofísico ruso Josef Shklovskii. Fue el primer texto científico en plantearse seria y rigurosamente la cuestión de la inteligencia extraterrestre.

Una cosa era escuchar, pero, ¿podríamos hacernos oír? ¿Lanzar una señal al cosmos? El 20 de agosto de 1977, la Humanidad emitió un carísimo mensaje al Universo. El Voyager 2, una sonda automática de 815 kg y un coste de 250 millones de dólares, fue lanzada desde la Tierra con un cohete Titan III–E Centaur en dirección a los confines del Sistema Solar.

El Voyager sigue siendo a día de hoy la representación más icónica de la aspiración de la filosofía New Age a la exploración del cosmos y la unificación de toda la especie, de experimentar y dirigirse a los límites de lo conocido. Su cuerpo metálico expresaba el deseo de establecer una comunicación interestelar en la forma de dos discos de oro, sucesores de las placas que transportaron las sondas Pioneer 10 y 11. Estos discos eran en sí mismos un ejercicio de exploración interior, puesto que trataban de resumir nuestra esencia a través de una colección de sonidos, música e imágenes seleccionadas por un equipo liderado por Carl Sagan: un archivo de 115 fotografías, saludos en 55 lenguas, una compilación de sonidos naturales y artificiales y una grabación de 90 minutos de músicas del mundo que aspiraban a ser una especie de piedra Rosetta interestelar.

En el fondo, el verdadero propósito de semejante esfuerzo no era enviar a una nave para vagar durante miles de años por la galaxia a la espera de ser detectada y recogida por alguna lejana inteligencia; no, su auténtico mensaje iba dirigido no a las estrellas, sino a la Tierra. Porque lo que trató de hacer la misión Voyager 2 fue reunir las aspiraciones de todo el planeta en forma de nave espacial y así, conforme se alejaba hacia el espacio profundo, contribuir a sanar las heridas de una sociedad globalizada y al mismo tiempo dividida en política, ciencia y cultura. Como decía, una esperanza muy propia del pensamiento New Age que, evidentemente, ha tenido poco éxito en la práctica.

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Imagen superior: los fundadores de la Planetary Society: Bruce Murray, Carl Sagan y Louis Friedman.

Sagan sentía una auténtica pasión por la Ciencia sólo igualada por su confianza en nuestra capacidad como especie. En este sentido, pensaba que lo alienígena podría ser, hasta cierto punto, alcanzable, comprensible e incluso inspirador, sin dejar por ello de ser extraño y tan intimidante como cualquier vaga noción de Dios. Esa reflexión halla su reflejo en los pensamientos de Ellie: "Es probable que haya tantas categorías de seres más adelantados que el hombre", pensó, "como las hay entre el hombre y las hormigas". Sin embargo no se deprimió. Por el contrario, aceptar esa idea despertó en ella una profunda sensación de asombro. En ese momento era mucho más a lo que se podía aspirar".

La ciencia ficción siempre ha tenido una vertiente optimista y otra pesimista. También la concepción que de los alienígenas han tenido sus autores. Entre los más extremos se encontraban aquellos que los imaginaban bien como seres bondadosos que brindaban desinteresadamente su ayuda a nuestra problemática especie; o bien como violentos invasores y destructores de nuestra civilización. Pero también puede encontrarse otro tipo de pesimismo: aquel que piensa que, aunque podamos encontrar vida, ésta será tan ajena a nosotros, a nuestra biología, experiencias, preocupaciones y aspiraciones, que cualquier comunicación resultará imposible. Incluso es probable que ni siquiera pudiéramos reconocernos mutuamente como seres inteligentes. Ejemplos de ello los encontramos en obras como Los oscuros años luz, de Brian Aldiss, o Solaris, de Stanislaw Lem.

Sagan eligió conservar la esperanza y creer no sólo que el contacto sería posible, sino que nuestro interlocutor sería de la variedad benevolente. Esa esperanza no se basaba en ninguna realidad científica, sino en sus innatos optimismo y humanismo cósmicos. En Contacto propone que las matemáticas podrían utilizarse como un lenguaje universal que permitiera establecer una comunicación con otra especie inteligente, una idea no sólo fascinante, sino incluso verosímil. Dos civilizaciones inteligentes que hayan alcanzado cierto grado de avance tecnológico y conseguido superar las barreras físicas de sus respectivos planetas, forzosamente han de dominar las matemáticas sea cual sea la notación utilizada para ellas. Es un acierto que el contacto extraterrestre no consista en una interacción personal con el consabido ovni, sino en la recepción de un mensaje que lleva décadas viajando por el espacio a la velocidad de la luz –algo que, por otra parte, tiene todo el sentido ya que, dadas las distancias cósmicas, sería prácticamente imposible cubrirlas a bordo de una nave.

Sin embargo, en la novela, el misterio, suspense y sentido de lo maravilloso que suscita la recepción del mensaje y las hipótesis sobre su procedencia, contenido y naturaleza de la especie emisora, se diluye en la última parte cuando finalmente los viajeros contactan con los alienígenas, unos extraterrestres desdibujados, buenistas y poco imaginativos que más bien parecen sacados de un episodio televisivo de la Star Trek (1966) primigenia.

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Imagen superior: Carl Sagan y Ann Druyan.

Es cierto, eso sí, que pocos libros pueden igualar a Contacto en cuanto a rigurosidad científica. No sólo propone un escenario de contacto extraterrestre verosímil, sino que analiza cómo diferentes culturas y religiones del mundo reaccionarían ante semejante acontecimiento. Cada nación aborda el problema de si construir la Máquina y cómo hacerlo de una forma diferente y Sagan vuelca en la trama su esperanza de que la necesidad de cooperación internacional ante un desafío de tal magnitud conllevaría cambios en muchos ámbitos, incluido el gasto en la carrera de armamento nuclear. Mientras que en algunos capítulos las reacciones nacionales o religiosas al Mensaje parecen casi satíricas, otros son factibles dada nuestra trayectoria histórica y la forma en que el fervor religioso y la peor política se alimentan de nuestros miedos.

Ahora bien, el libro no sólo presta atención a las profundas implicaciones sociales de semejante acontecimiento, sino a la forma en que éste afecta a la gente, en concreto a Ellie Arroway. Toda la historia se articula alrededor de ella, comenzando con su infancia y adolescencia, sus estudios, su trabajo en el proyecto SETI y, finalmente, el clímax de su vida al contactar con la inteligencia extraterrestre.

Hay quien dice que Sagan basó a Ellie en su colega Jill Tarter, una astrónoma que pasó casi cuarenta años buscando vida extraterrestre; pero también tiene mucho del propio escritor. Aunque no ha recibido tantos premios ni disfruta del mismo aprecio por parte del público, Ellie, como lo fue Sagan, es una joven astrónoma brillante, decidida e independiente, fascinada por el proyecto SETI. Soporta el escarnio y las burlas de sus compañeros científicos a tenor de su dedicación a buscar signos de vida inteligente, tal y como le sucedió a Sagan.

Sea como fuere, Ellie es la que sustenta con su carisma todo el libro y lo que marca la diferencia respecto a muchas otras ficciones de primeros contactos, ya sean literarias o cinematográficas. Se trata de un personaje perfectamente creíble, alguien a quien el lector puede comprender y por la que puede sentir simpatía.

En lugar de situar el comienzo de la acción cinco minutos antes de que el Mensaje llegue a la Tierra, Sagan prefiere dedicar una considerable cantidad de tiempo a construir su protagonista narrándonos las circunstancias en las que transcurrió su infancia y adolescencia, la influencia que sobre ella tuvo su padre –algo que la marcó por el resto de su vida y que los extraterrestres utilizan para comunicarse con ella–, sus estudios, sus decisiones profesionales, las personas que aparecieron y desaparecieron de su vida, su forma de enfocar los problemas…

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Imagen superior: Carl Sagan y Ann Druyan.

Arroway mantiene a lo largo de su vida varias relaciones sentimentales y/o sexuales, pero ninguna de ellas verdaderamente significativa. Sagan apunta a que ello es parte de una visión de la vida producto de su carácter observador, analítico y calculador. Ese rasgo es también lo que desde la niñez la apartó de la religión. Las incoherencias del discurso religioso, su defensa de la validez de la fe en lugar de la demostración clara y precisa de sus afirmaciones, y la desconcertante diversidad de creencias chocaron con su personalidad y la convirtieron en una atea, perturbando de paso su vida afectiva.

Sin embargo, al final del libro, las experiencias vividas le aportan una mayor claridad mental en lo relativo a su siempre tensa relación con su madre y padrastro, dándose cuenta de que aunque había sido capaz de descifrar un mensaje proveniente de una ignota civilización extraterrestre, no había sabido entender las señales que su familia le habían puesto justo enfrente. Y es que el título del libro, a un nivel más profundo, también hace referencia al contacto de Ellie con quienes la rodean, cómo su personalidad analítica obstaculiza el establecimiento de una relación plena y sincera –con sus amantes, sus colegas profesionales, su madre y padrastro–, de que tan importante como el gran Universo que nos aguarda ahí fuera es el mundo de sentimientos que tenemos aquí dentro.

Por otra parte, Sagan utiliza a Ellie como vehículo para exponer gran parte de su propia filosofía: la necesidad de una visión racional y no religiosa a la hora de examinar el mundo y solucionar nuestros problemas; su esperanza en un salvador extraterrestre que nos saque de nuestra adolescencia tecnológica; el sentido de la maravilla ante el cosmos y la consideración de la especie humana como un extraordinario y muy valioso accidente natural.

Ellie, como su creador, se enfrenta a los demonios de la superstición, el fundamentalismo y la envidia de sus iguales contraatacando con la razón, el ingenio sarcástico y la perseverancia. Eso sí, en lugar de recurrir a plúmbeos sermones en tercera persona, Sagan opta por articular el mensaje en forma de diálogos entre los personajes, lo que da más naturalidad, sentimiento y agilidad a lo que, en el fondo, es un discurso intelectual.

Sin embargo, algunos de los mejores pasajes del libro no son aquellos con abundantes diálogos e intercambios de ideas y argumentos, sino momentos íntimos de reflexión interior, como cuando Ellie mira el paisaje a través de la ventanilla del avión e imagina lo que un extraterrestre podría pensar de nosotros contemplándonos a cierta distancia; o cuando de niña se tumbaba en la hierba y pensaba en la Tierra girando alrededor del Sol y, por un momento, sentía que podría caer hacia el cielo nocturno. Carl Sagan es bien conocido por su capacidad para alejarse de los tópicos de la Ciencia como disciplina fría y racional y, en cambio, extraer de la observación de la Naturaleza y el Universo un profundo sentido de la maravilla, humildad e incluso espiritualidad.

Ellie no es el único personaje con fuste, aunque es su historia la que se explora con mayor profundidad. Cabe destacar especialmente uno de sus antagonistas: el predicador Palmer Joss. Se trata de un individuo muy interesante por cuanto no es retratado como el típico fanático religioso ignorante, manipulador y exaltado que se hace inmediatamente odioso para el lector, sino alguien cuya profunda fe no le impide mantener la serenidad y la capacidad de razonar y argumentar con tanta claridad como convicción. Sus discusiones con Ellie acerca de la dicotomía ciencia–religión se encuentran entre lo mejor del libro.

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Además de Joss Palmer, existen otros cuatro personajes de peso que la acompañan en las últimas etapas del proyecto, miembros del equipo que viajará a bordo de la máquina para contactar con quienes enviaron el mensaje. Cada uno de ellos, una mujer y tres hombres, es retratado como un individuo claramente diferenciado, con su propio pasado y sensibilidades, y no construidos a base de manidos estereotipos de sus respectivas naciones. Los padres de Ellie juegan un papel importante pero sutil, como también su profesor o su amante. Aunque algunos de ellos puedan parecer a primera vista excesivamente planos o basados en tópicos, lo cierto es que a lo largo de la historia (que, dado el amplio periodo que abarca, contiene bastantes elipsis) evolucionan e incluso experimentan cambios que nos hacen verlos de otra manera, como es el caso de Ken o el padrastro de Ellie. Algunos de los personajes que inicialmente parecían más razonables terminan convertidos en irritantes teóricos de la conspiración, algo que Sagan consigue forzando la trama para que ciertos hechos puedan ser fácilmente malinterpretados por quienes no los han experimentado de forma directa.

Podría destacarse asimismo el enfoque del tema de género. Aun cuando Ellie es una esforzada científica que obviamente busca el respeto de sus colegas masculinos, no siente necesidad alguna de comprometer su propio sentido de la feminidad. Por otra parte, aunque su feminidad es importante para ella, tampoco es el pilar sobre el que se apoya el núcleo del personaje. Ellie no acepta con serenidad ni resignación las burlas o menosprecios de que le hacen objeto sus compañeros y jefes varones, pero ello no impide que éstas se repitan una y otra vez. Por otra parte, la presidencia de los Estados Unidos está ocupada por una mujer y aunque la mayoría de la gente la trata con el respeto debido a esa institución, se mencionan reacciones sexistas procedentes de ciertos grupos e individuos.

Tanto la presidenta como Ellie son mostradas como seres humanos imperfectos, pero no sujetos a esa dicotomía “mujer dócil–feminazi” que tan a menudo permea la imagen que de la mujer moderna o feminista ofrecen los medios de comunicación. El sexo no juega una parte importante de la trama y las experiencias íntimas de Ellie con los hombres son más un apunte casual que un subargumento con peso propio –lo que no quiere decir que los personajes parezcan asexuados–.

La historia que se nos narra en Contacto reconoce que hay buenas y malas personas en todos los ámbitos de la vida, evitando así parecer demasiado partidista a favor o en contra de la ciencia o la religión, un conflicto éste que se desata en los medios de comunicación desde el mismo momento en que se hace pública la existencia del Mensaje. En este sentido, resulta notable la habilidad con que se exponen puntos de vista opuestos. Incluso aquellos más extremos y obtusos reciben cierto grado de reconocimiento –al fin y al cabo la “verdad” no siempre es fácil de demostrar y algunas veces uno puede tener la total certeza de saber algo aun cuando no lo pueda demostrar–. Ellie Arroway y Palmer Joss comienzan su relación como amargos opositores, pero terminan aprendiendo a respetar la fe del contrario en sus respectivas formas de entender la naturaleza y significado del universo. El respeto por las opiniones ajenas se extiende incluso a las apocalípticas profecías emitidas por frenéticos extremistas, un respeto que toma la forma no de aceptación de sus planteamientos, sino de comprensión a su reacción ante unos acontecimientos tan extraordinarios que resulta fácil entender que susciten sus peores temores.

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Imagen superior: Carl Sagan durante la filmación de un documental para la NASA.

No todo son aciertos en Contacto. Aunque Sagan presenta un amplio plantel de personajes, no todos están convenientemente desarrollados. Por ejemplo, sus cuatro compañeros a bordo de la Máquina, cuyos pasados y personalidades hemos dicho que están muy bien descritos, carecen de auténtico recorrido o evolución en el curso de la trama, limitándose a ser meros comparsas.

Por otra parte, aunque el autor ofrece un retrato convincente de la situación política que bulle alrededor del descubrimiento de la señal extraterrestre, ello es también lo que ancla la novela a un momento histórico muy determinado: el de la Guerra Fría. Sagan imaginó que ese equilibrio geopolítico tendría más recorrido del que en realidad tuvo.

De hecho, tan sólo tres años después, la novela quedaría superada por la caída del Muro de Berlín y la aparición de un nuevo orden mundial. Ambientar el libro en el presente de entonces, con las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética y la carrera de armamento nuclear de fondo, le dio en el momento una pátina de verosimilitud y actualidad y facilitó la identificación del lector contemporáneo con los acontecimientos que ahí se narraban; pero al mismo tiempo y a diferencia de otras novelas situadas en el futuro, el contexto general ha envejecido peor por la sencilla razón de que ya estamos en el futuro. Tampoco se cumplió su predicción de que los multimillonarios preferirían residir permanentemente a bordo de cómodos satélites estacionados en órbitas bajas alrededor de la Tierra.

Pero en otros aspectos Sagan sí demostró cierta presciencia. Cuando un miembro del gobierno pone en marcha una teoría de la conspiración según la cual un grupo de científicos –en el que se incluye Ellie– ha pergeñado un complicado plan para engañar al mundo, viene a la memoria el caso de los negacionistas del cambio climático, que insisten en que un reducido número de científicos ha falseado datos y engañado al resto de expertos y observadores de todo el planeta haciéndoles creer que el clima ha evolucionado en unos determinados sentido y magnitud.

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En lo que se refiere al estilo literario, Sagan no está a la altura de otros muchos escritores de ciencia ficción, seguramente porque él mismo no lo era. Su narración resulta plana, convencional y parsimoniosa, lo que puede desanimar a aquellos acostumbrados a las aventuras de ritmo frenético. A cambio, ofrece un suspense intelectual que lleva al lector a pasar página tras página, así como una sinceridad y claridad expositiva en su mensaje que ha conquistado a muchos otros lectores. En lo que pocos podían igualarle, y en este sentido Contacto es un buen ejemplo, era en la forma de transmitir su pasión por la Ciencia en libros de ensayo, despertando en el lector el mismo o mayor sentido de la maravilla que cualquier gran obra de ciencia ficción.

Su fe en la racionalidad como mejor modo de entender el mundo y nuestro lugar en él queda bien patente en múltiples pasajes, así como su mirada crítica al irracional comportamiento de nuestra especie en ámbitos tan dispares como la política, la religión o el entretenimiento. Por ejemplo, comentando la programación televisiva. No obstante y en relación con esto último, el futuro televisivo que imagina Sagan para su libro deja también algún resquicio para la esperanza: “[…] Otros programas del mismo estilo eran Promesas, Promesas —dedicado a repasar todas las promesas de campaña electoral no cumplidas, en el plano local y nacional—, y Engaños y Estafas, una emisión semanal que tenía por fin echar por tierra los mitos y prejuicios de mayor difusión.”

En otro lugar, reflexiona sobre lo irónico que resulta que el desarrollo tecnológico nos haya acabado aislando no sólo de la Ciencia, sino de la conciencia del lugar que ocupamos en el Universo: “En el mismo momento en que el hombre descubrió la vastedad del universo y se dio cuenta de que aun sus más disparatadas fantasías eran ínfimas comparadas con la verdadera dimensión de la Vía Láctea, tomó medidas para asegurar que sus descendientes no pudiesen ver las estrellas en lo más mínimo. Durante un millón de años, los humanos se han criado en el contacto diario, personal, con la bóveda celeste. En los últimos milenios comenzaron a construir las ciudades y a emigrar hacia ellas. En el curso de las últimas décadas, gran parte de la población humana abandonó una forma rústica de vida. A medida que avanzaba la tecnología y se contaminaban los centros urbanos, las noches se fueron quedando sin estrellas. Nuevas generaciones alcanzaron la madurez ignorando totalmente el firmamento que había pasmado a sus mayores y estimulado el advenimiento de la era moderna de la ciencia y la tecnología.”

Son pasajes como estos más que la historia de viajes galácticos y contacto con extraterrestres los que a muchos nos hacen añorar tanto a Carl Sagan (murió en diciembre de 1996). Pero también son, a pesar de su profundidad y claridad expositiva, demasiado fríos; se dirían sacados de un libro de texto o de alguno de sus ensayos en vez de una novela. Sagan prefería concentrarse en el cuadro general en lugar de en los detalles y en varios pasajes se difumina la línea divisoria entre lo que ocurre en el libro y aquello de lo que trata el libro. En ello tiene también que ver la introducción de elipsis y resúmenes necesarios para cubrir el amplio periodo que abarca la acción, pasando por encima de muchos acontecimientos sin descender al contenido emocional de los mismos y dando la impresión de asistir a un desfile de ideas fascinantes pero algo desarticuladas. Además, ciertos lectores que quizá no aprecien demasiado los pasajes “ensayísticos”, pueden sentirse distanciados de la trama y sus actores. Al comienzo de la historia, por ejemplo, cuando se describe la infancia de Ellie, la narración no sólo adopta un tono demasiado pedagógico para el lector no particularmente interesado en la astronomía y la teoría de números, sino que ello interfiere con la exposición de las tribulaciones emocionales que la protagonista experimentó en esa época de su vida y que resultan básicas para entender su personalidad y forma de entender el mundo.

Carl Sagan fue, en cierto modo, un intruso en el limitado mundo de la literatura de ciencia ficción y quizá sea por eso que su novela haya sido a veces menospreciada o dejada de lado por comentaristas y escritores. Ciertamente, su prosa no es particularmente llamativa y la parte del libro que más debiera despertar el sentido de lo maravilloso, el verdadero contacto con la civilización alienígena, no consigue del todo su objetivo. Pero sus conocimientos científicos y su capacidad para transmitirlos hace que todo lo relativo a la recepción del Mensaje, su desciframiento y la construcción de la Máquina resulte verosímil en un grado difícilmente alcanzable por un escritor de pura ficción. Igual o aún más importantes son sus reflexiones acerca de las siempre difíciles relaciones que median entre ciencia, religión y política, los tres elementos que definen una sociedad.

Sagan agotó en Contacto su interés por practicar la literatura de ficción. Quizá fuera porque lo que en realidad deseaba era sintetizar en una novela dirigida al gran público buena parte de sus preocupaciones científicas y filosóficas, y un solo libro satisfacía tal objetivo ––si bien continuaría desarrollando algunos de esos mismos temas en posteriores obras de divulgación, como la imprescindible El mundo y sus demonios–. Tampoco era necesario más. Su habilidad para equilibrar conceptos y argumento en una narración entretenida y ágil protagonizada por una mujer carismática y creíble sin por ello renunciar a la rigurosidad científica, hacen de Contacto un clásico moderno de la ciencia ficción “dura” apto para todos los públicos, sean o no adeptos al género.

Contacto es, en definitiva, uno de esos libros que todo el mundo debería leer, no porque vaya a mejorar el nivel literario o científico de cada cual, sino porque explica a la perfección la clase de actitud, de perspectiva, que siempre ha sido necesaria para el éxito de nuestra especie: la curiosidad, la pasión por el conocimiento, la cooperación y el sentido de pertenencia a algo mayor que nosotros mismos, ya sea una creencia religiosa o el propio Universo.

Me gustaría terminar este artículo reproduciendo las palabras finales de uno escrito por él, un ensayo sobre la importancia de la ciencia ficción y su personal visión de la misma, que apareció incluido en El cerebro de Broca:

“En toda la historia del mundo no ha habido ninguna época en la que se hayan producido tantos cambios significativos como en ésta. La predisposición al cambio, la búsqueda reflexiva de futuros alternativos es la clave para la supervivencia de la civilización y tal vez de la especie humana. La nuestra es la primera generación que se ha desarrollado con las ideas de la ciencia ficción. Conozco muchos jóvenes que evidentemente se interesarían, pero que no quedarían pasmados, si recibiésemos un mensaje procedente de una civilización extraterrestre. Ellos ya se han acomodado al futuro. Creo que no es ninguna exageración decir que, si sobrevivimos, la ciencia ficción habrá hecho una contribución vital a la continuación y evolución de nuestra civilización.”

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en www.TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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