"20.000 leguas de viaje submarino" (1954), de Richard Fleischer

La mayor contribución de Walt Disney a la industria e historia del cine fue el genio que aportó al arte de la animación. Sin embargo, desde la Segunda Guerra Mundial, su estudio también fue conocido por sus películas con actores de carne y hueso y sus programas para la televisión. Muchas de aquellas películas fueron producciones relativamente modestas, pero otras, como Mary Poppins o la cinta que nos ocupa, disfrutaron de un amplio presupuesto y una grandiosidad propia del mejor Hollywood clásico. Lo que todas tenían en común es que habían sido cuidadosamente pensadas para un público familiar.

Entre 1950 y 1960, Disney rodó más de una docena de películas documentales, True Life Adventures, en las que los animales eran los protagonistas. Y, curiosamente, 20.000 keguas de viaje submarino nació de aquella serie. Dos veteranos del estudio, Bill Walsh y Card Walker, habían discutido la posibilidad de realizar un film documental sobre la vida submarina. De ahí se pasó a la idea de adaptar el clásico de Julio Verne a la gran pantalla. Disney no se mostró muy entusiasta al principio, pero Walsh y Walker consiguieron convencerle de que la historia sería perfecta para el público de las películas Disney. Y, además, se trataba de una obra universalmente conocida.

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Durante un tiempo, Disney consideró adaptar el relato como una película de animación, pero los dibujos que le mostró el diseñador gráfico Harper Goff le convencieron para rodarla con actores reales. La historia había sido llevada a la pantalla grande anteriormente en 1916 (eso sí, en una versión no muy fiel) y desde entonces se habían planteado varios proyectos para volver a adaptarla, pero los planes nunca llegaron a buen puerto, entre otras cosas porque cualquier intento debía contar con un presupuesto muy abultado. Disney compró los derechos a la Metro Goldwyn Meyer, entonces propietaria de los mismos, y a continuación tomó la poco evidente decisión de contratar como director a Richard Fleischer.

Hijo de Max Fleischer (irónicamente, primer competidor de Disney en el negocio de la animación varios años atrás), dependió de las relaciones de su padre en la industria cinematográfica para firmar sus primeros trabajos en los años cuarenta, una serie de compilaciones de metraje reciclado de viejos films mudos que costaba muy poco hacer pero que recuperaban el dinero invertido.

A continuación, dirigió algunas películas policiacas de serie B para RKO, nada especialmente relevante que pudiera hacer pensar que Fleischer estaba preparado para hacerse cargo de una superproducción como la que Disney tenía en mente. El caso es que Disney tenía contactos en RKO (que era la encargada de distribuir sus películas. Fue 20.000 leguas de viaje submarino la primera cinta en ser distribuida por su propia compañía, Buenavista) y algo debió de ver en el joven realizador y su entonces colaborador el guionista Earl Feldton. El propio Fleischer se mostró sorprendido por la elección y le preguntó a Disney si sabía quién era. Éste le dijo que lo sabía perfectamente y que la razón por la que lo contrataba era porque pensaba que era el más adecuado para el trabajo. Así que Fleischer y Feldton se pusieron manos a la obra con el guión.

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El libro original de Verne constituía una excelente base sobre la que construir una película que combinara fantasía con aventura, pero costó mucho trabajo y nueve versiones dar con un guión que contara con la aprobación final de Disney, quien siempre eliminaba todas las escenas violentas intentando conseguir un tono más amable y familiar, que no respondiera a los temas de anticomunismo y miedo nuclear que por entonces solían impregnar las películas de CF.

La historia resultante, ingenua y cortada al estilo de la aventura clásica, sigue en líneas generales la novela original. En 1868, el científico Aronnax, su ayudante Conseil y el arponero Ned Land se embarcan en un navío de guerra para tratar de encontrar y eliminar a un monstruo que ha estado hundiendo barcos en las aguas de California. El "monstruo" resulta ser un avanzado submarino, el Nautilus, que captura a los tres protagonistas tras caer estos al mar a resultas de la embestida de la poderosa máquina contra el buque en el que viajaban. El amo del Nautilus es el capitán Nemo, que ha estado usando su máquina secreta para destruir barcos militares con la intención de traer la paz a los mares del mundo.

Aronnax, Conseil y Nemo, en la mejor tradición de Verne, son personajes fuera de lo común. Su excentricidad queda equilibrada por la sencillez y tosquedad del cuarto protagonista, el arponero Ned Land, cuya absoluta falta de aspiraciones intelectuales y visión simplista del mundo lo convertía en el personaje con el que el público se podría identificar mejor. Los personajes son muy esquemáticos y, con la posible excepción de Nemo, carecen de facetas, pero sirven para el propósito de establecer una lucha primaria de ideas y emociones. Además, ninguno de ellos resulta ser particularmente agradable: Nemo es frío, atormentado por su pasado y fanático peligroso; Aronnax es estirado e indeciso, Land es tosco y traidor; Conseil, sencillamente, no tiene personalidad propia, dejándose llevar por uno u otro.

El personaje más relevante de la película –y de la novela–, guardaba algunas diferencias con el original. En la novela, el misterioso Nemo era un hombre reservado con un trágico pasado apenas entrevisto que había decidido vivir apartado del mundo, pero cuyos objetivos, por encima de la venganza, eran el de vivir como un eremita submarino y acumular conocimientos sobre la vida natural. En la película, el matiz dramático se acentúa y Nemo se convierte en un hombre atormentado por su pasado, fanatizado y obsesionado por una meta humanitaria que pretende alcanzar con unos medios inhumanos, declarando la guerra a las potencias occidentales imperialistas. Alude claramente a cómo su mujer y sus hijos fueron torturados y asesinados para que él revelara el secreto de la misteriosa energía que había descubierto y que acabaría aplicando al Nautilus.

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El tema central gira alrededor de los peligros que puede conjurar una sed incontrolada de conocimiento y poder. Y también nos recuerda que la compasión es lo que nos hace humanos. Nemo es incapaz de entender la acción heroica de Ned Land cuando éste le salva la vida. La moraleja es que Nemo se ha deshumanizado al perder su propia fe en la humanidad. Aunque afirma tener una meta humanista y soñar con un mundo perfecto, es el ejemplo evidente de un idealista dogmático que ha errado completamente su camino al ser incapaz de vivir con el resto de sus congéneres en un mundo que dista mucho de ser perfecto.

El final de la historia, sin embargo, se distancia mucho de la novela original. Ned Land manda mensajes en botellas indicando la posición de la base secreta de Nemo, Vulcania. Cuando el Nautilus llega allí se la encuentra rodeada por una flota de navíos de diferentes naciones decididos a acabar con él. Esta situación fue directamente fusilada de otra novela de Verne, menos conocida, titulada Ante la bandera (en la que también aparecía un submarino, aunque esta vez comandando por un sanguinario pirata). La explosión nuclear final y la reflexión sobre si la humanidad sería capaz de hacer un uso racional de tal poder fue una concesión de Disney a los tiempos que corrían.

Así, con el guión redactado y un director a cargo del proyecto, 20.000 leguas de viaje submarino estaba en plena producción, con un presupuesto colosal para la época: cinco millones de dólares. Buena parte se destinó, por supuesto, a elaborar los mejores efectos especiales que el dinero podía comprar. Y otra parte fue a asegurarse los servicios de grandes estrellas de la pantalla.

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Gregory Peck fue considerado para el papel del capitán Nemo, pero fue James Mason el finalmente elegido para interpretar al torturado marino, mitad villano mitad héroe– aportando al personaje una contenida rabia. Paul Lukas interpretaba eficazmente al eminente científico Aronnax (aunque inicialmente el papel iba a ser para Charles Boyer, sus compromisos previos se lo impidieron) y un envejecido Peter Lorre a su ayudante Conseil. Kirk Douglas fue elegido para encarnar al fanfarrón arponero Ned Land.

Precisamente, lo peor de la película es la histriónico e irritante interpretación de Kirk Douglas, normalmente excelente actor, pero que aquí sobrepasa el límite de lo soportable en varias escenas. Cuando fue contratado, se encontraba en lo más alto de su carrera y su principal interés era mantener su reputación como héroe de acción y galán cinematográfico. Cuando leyó el guión, se dio cuenta de que su personaje no tenía escenas con mujeres ni más peleas que la del calamar gigante; de hecho se pasaba la mayor parte de la película hablando. Así que Walt Disney y Richard Fleischer abrieron la película con una escena de pelea y mujeres para él, además de darle más protagonismo en el resto de la historia.

Una película de tal envergadura exigía unos decorados muy elaborados y un considerable metraje de trucos fotográficos. La mayor parte de la acción se filmó en un gran tanque acuático en uno de los estudios Disney; pero la producción era de tal calibre que fue necesario contratar las instalaciones de otros estudios, concretamente la Fox y la Universal, así como trasladarse a Jamaica para escenas de exteriores y Bahamas para las tomas submarinas. Fleischer consiguió aportar una envoltura muy especial a las escenas submarinas, hasta el punto de que, aunque era un mundo hasta cierto punto familiar para el espectador, éste se sentía como transportado a otro planeta, un entorno extraño y casi alienígena. Escenas como la del funeral submarino o el paseo por el fondo del océano disfrutaban de un preciosismo visual que evocaba lo mejor del espíritu de las películas de aventuras.

En buena medida, el aspecto visual de la película se debió a que fue rodada en Cinemascope, lo que facilitó la captura de espectaculares escenas subacuáticas, potenciadas por el uso del Technicolor. No fue fácil utilizar aquella técnica pionera. En aquel entonces no existían suficientes lentes anamórficas que produjeran aquel efecto, por lo que Disney se vio obligado a alquilar la única cámara disponible a la 20th Century Fox, impidiendo la filmación simultánea de varias unidades. Esto no sólo alargó el rodaje, sino que explica la casi total ausencia de primeros planos.

Una de las escenas cumbre de la película es la de la violenta lucha entre el calamar gigante y la tripulación del Nautilus. El primer intento, enormemente caro, no satisfizo a Disney: el monstruo no resultaba convincente –se veían demasiados cables y cuerdas– y la acción se rodó contra un fondo rosa y un mar en calma que no proporcionaban la atmósfera adecuada. Hubo de prepararse otro calamar y filmar otra vez la secuencia, esta vez durante una tormenta simulada, aumentando el presupuesto en 200.000 dólares y el tiempo de rodaje en seis semanas.

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Puede que los efectos especiales –ganadores de un Oscar– y la dirección artística –a cargo de John Meehan y Emile Kuri y merecedora de un segundo Oscar– puedan parecer un poco caducos al público actual, atiborrado de efectos digitales indistinguibles de la realidad. Pero gracias a ellos la película ha conseguido que quienes la hayan visto no olviden secuencias como las del calamar monstruoso o aquellas en las que el misterioso Nautilus se desliza silenciosamente por las profundidades del océano.

Fue una apuesta muy arriesgada por parte de Disney, tanto por ser su primera incursión fuera de la animación como por el dinero que había invertido. Pero tras diez meses de rodaje, mil trescientos storyboards y muchas aventuras en el plató, la jugada le salió bien y la película se convirtió en un gran éxito de taquilla.

Aunque se trata de una adaptación de una novela de Verne, el film rara vez suele ser considerado como CF porque para entonces los submarinos hacía mucho que habían dejado de ser un artefacto futurista y porque la acción estaba situada en el siglo XIX (Disney añadió un poco de ficción especulativa haciendo que el submarino de la era victoriana estuviera propulsado con energía atómica). En cualquier caso, el estudio vendió la producción como una película de aventuras y un vehículo para el lucimiento de Kirk Douglas. Con todo, y aunque no se puede decir que la película constituya una aportación magistral al cine de CF, sí es una de las mejores y más exitosas adaptaciones que se hayan hecho de la obra del escritor francés, tanto desde el punto de vista creativo como financiero, y por sus elementos dramáticos y especulativos merece su inclusión en este blog. Siempre y cuando, claro está, te saltes la escena en la que Kirk Douglas le canta una estúpida canción a la foca, una horrible visión que seguirá hasta su tumba a cualquiera que lo vea.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en www.TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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