Gente en la historia

Diría Ortega y Gasset que la historia es lo que nos pasa a todos, lo que pasa y se vuelve pasado. En ella la vida se convierte en relato y la podemos pensar, si es que se deja. Entonces ¿por qué decimos que ciertos acontecimientos y ciertos personajes son históricos como si los demás no lo fuéramos? La respuesta simple, la que ahora propongo, es: porque no cabemos todos en la memoria histórica y hemos de seleccionar los materiales que se han de salvar del gran constructor del recuerdo, que es el olvido.

A esta señera paradoja ha dedicado Margaret MacMillan su libro Las personas de la historia. Sobre la persuasión y el arte del liderazgo (traducción de María Sierra, Turner, Madrid, 2017). Analiza la vida, si se quiere personal, pero también pública y emblemática, de una cantidad de personas –en latín, persona significa máscara y en francés, personne quiere decir nadie– que han quedado registradas con nombres y apellidos en las avaras páginas de los historiadores, en las cuales la mayoría de los humanos ni llevamos máscaras que nos identifiquen ni somos nadie.

Juega la historiadora con lo que se habitúa denominar como historia contrafáctica, es decir lo que pudo ocurrir y no ocurrió. Da así ancho campo a la casualidad y al azar. Si el policía que ordenó conducir al archiduque de Austria en 1914 fuera de peligro y se equivocó, o lo hizo aposta, o su chófer entendió mal la orden, las regias personas se habrían salvado y la guerra mundial ¿habría o no tenido lugar? Etcétera. Los ejemplos son innumerables.

En efecto, a veces un gran personaje puede ser borrado de su alto sitial si uno de sus avatares no se cumple. Si Luis XV no se apodera de la isla de Córcega, la familia Bonaparte no se hace francesa y sigue vendiendo naranjas en las calles de Ajaccio, como solía decir una cachonda descendiente de Napoleón, la princesa Matilde. Razonando del revés: si un grande y pequeño hombre como Napoleón no aparece en escena, la historia de Europa es otra. Podríamos decir a la profesora MacMillan que la historia no se hace con lo que pudo ocurrir y no ocurrió sino con lo que damos por ocurrido. Pero esto es epistemología de la historia como supuesta ciencia y hoy no toca.

De cualquier manera, el enigma de una historia en la que los grandes hombres hacen grandes cosas en los grandes momentos porque el azar les resulta favorable, sigue en pie. La Diosa Fortuna es como la empresaria de una feria de atracciones. Maneja la rueda consabida y si hay un corte de luz o falta grasa a la máquina, la rueda se detiene y el gran personaje se queda trajeado y sin visita. ¿Es él quien determina la historia o es la historia quien lo fabrica y lo lanza a la escena porque le hace falta? Sin duda, si no hay nicho para un gran personaje, es inútil que nadie se esfuerce por serlo. Sin revolución francesa no hay Napoleón por más que el artillero de Toulon sueñe con serlo.

Un ejemplo inquietante lo suministra Lucy Hughes-Hallett en Cleopatra. La mujer, la reina, la leyenda (traducción de Amelia Pérez del Villar, Fórcola, Madrid, 2017). Lo que sabemos a ciencia cierta de ella es históricamente poco y lo que hemos inventado sobre ella durante siglos, muchísimo. Arriesgo la hipótesis de que tal desproporción es obra de la reina egipcia –en realidad, macedonia de ancestros griegos– una precursora del mundo actual como resultado de la publicidad. En efecto, ya en su tiempo se la vio como un triple personaje incompatible: una seductora promiscua e intrigante, una reina aplicada a su tierra y eficaz como gobernante, y una defensora de los griegos ante los partos, Mediterráneo mediante. Los historiadores romanos son los responsable de su leyenda negra y los cronistas de otro origen, los piadosos exégetas de contados datos.

Cleopatra, tal vez, intuyó que el peso simbólico de las vidas humanas es mayor que su peso real, que unos pocos años de vida individual son poca cosa en relación con los ecos que puede provocar durante siglos. Magras son las referencias a la historia personal de Jesucristo y muy contados nuestros congéneres que han conseguida hacer hablar, escribir, dibujar y pintar las huellas del Mesías nazareno. Pero esa es otra historia. O, acaso, la Historia.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista, Blas Matamoro es un pensador admirado en todo el ámbito hispanohablante.

Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de La Opinión y La Razón (Buenos Aires), Cuadernos Noventa (Barcelona) y Vuelta (México, bajo la dirección de Octavio Paz).

Dirigió la revista Cuadernos Hispanoamericanos entre 1996 y 2007, y su repertorio de ensayos incluye, entre otros títulos, La ciudad del tango; tango histórico y sociedad (1969), Borges y el juego trascendente (1971), Saint-Exupéry: el principito en los infiernos (1979), Saber y literatura: por una epistemología de la crítica literaria (1980), Genio y figura de Victoria Ocampo (1986), Por el camino de Proust (1988), Lecturas americanas (1990), El ballet (1998), Schumann (2000), Rubén Darío (2002), Puesto fronterizo. Estudios sobre la novela familiar del escritor (2003), Lógica de la dispersión o de un saber melancólico (2007), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)

En el campo de la narrativa, es autor de los libros Hijos de ciego (1973), Viaje prohibido (1978), Nieblas (1982), Las tres carabelas (1984), El pasadizo (2007) y Los bigotes de la Gioconda (2012).

Entre sus trabajos más recientes, figuran la traducción, edición y prólogo de Consejos maternales a una reina: Epistolario 1770-1780 (Fórcola, 2011), una selección de la correspondencia entre María Teresa I de Austria y María Antonieta de Francia; la edición de Cartas sobre Luis II de Baviera y Bayreuth (Fórcola, 2013), de Richard Wagner; y la edición de Mi testamento (Fórcola, 2013), de Napoléon Bonaparte. Asimismo, ha publicado el ensayo El amor en la literatura (2015) y Alejo Carpentier y la música (2018).

En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina.

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