Tres (mas dos) estrellas en Munich

Tres (mas dos) estrellas en Munich Imagen superior: Jonas Kaufmann y Anna Netrebko © Medici.tv, MUSEEC. Reservados todos los derechos.

En la primavera bávara de 2015, amplio espacio ciudadano de la Königsplatz muniquesa, flanqueada por edificios que le dan aún mayor espectacularidad al reproducir los tres estilos de la arquitectura griega, el dórico, el jónico y el corintio, tuvo lugar un magno recital que el Palacio de la Prensa hizo llegar al público madrileño que ante semejante exposición musical se sintió interesado.

El programa y sus intérpretes fueron un gancho irresistible. Todas las cuerdas vocales, excepto la más rara de contralto y la del contratenor que tan de moda está en la actualidad, estuvieron convocadas a través de los tres intérpretes principales (soprano, tenor, barítono), mientras que la mezzo y el bajo eran más bien un sabroso complemento a tal terceto. Un trío que hoy se halla en la cumbre de su carrera. Todos estuvieron sostenidos por una orquesta flexible, la Janáček Philharmonic Ostrava, y un acomodado director, Claudio Vandelli, que aportaron por sí solos dos correctas lecturas orquestales: el intermezzo pucciniano de Manon Lescaut y la obertura verdiana (incompleta) de Luisa Miller.

Verdi dominó la primera parte del concierto. El tenor Jonas Kaufmann, natural de Múnich para más datos, abrió la velada con una magnífica lectura del Celeste Aida donde el guerrero y el amante que es Radamès aparecieron claramente reflejados, pese a un pequeño percance en el si bemol del remate emitido tal como está escrito por el compositor. La soprano rusa, nacionalizada austriaca, Anna Netrebko continuó con la misma partitura de Aida: el nostálgico O patria mia, como si entonces ya quisiera anticipar a la afición un personaje que debutaría dos años después al completo no muy lejos de allí, en Salzburgo (a apenas 150 kilómetros de distancia, por si le sirve a alguien). Una lectura algo exterior de la esclava etíope al recordar las verdes colinas y los cielos azules de su patria, pero vocalmente arrolladora, de una seguridad instrumental a prueba de talibanes del canto.

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Imagen superior: Thomas Hampson, Ildar Abdrazakov, Elena Zhidkova, Jonas Kaufmann y Anna Netrebko © Rising Alternative. Reservados todos los derechos.

El más veterano del grupo, el barítono norteamericano Thomas Hampson ofreció una emocionante ejecución de la muerte de Posa en el Don Carlo. Personaje que también había interpretado treinta años atrás al recibir el premio de la Fundación Maria Callas, un galardón que fue decisivo para el despegue de una carrera en la que a menudo volvería a triunfar representando en escena a tan noble personaje hispano, tanto en su versión italiana como en la original francesa. Don Carlos se estrenó, se recuerda, en París en 1867, con motivo de una Exposición Universal.

Y en francés, guapa y sexy, mejor vestida (todo hay que decirlo)  que la siempre llamativa y demasiadas veces algo estrafalaria Netrebko, se atrevió la rusa Elena Zhidkova con la terrible parte de Eboli en este Don Carlos de Verdi, el O don fatal et détesté, desgranado con mucho ánimo y buenos agudos pero algo cortos de duración.

Ildar Abdrazakov, otro cantante ruso, dio cuenta de sus importantes y hermosos medios de bajo en la gran escena de Attila en la ópera homónima verdiana, aria y cabaletta (repetida como es preceptivo). Impresionante voz, impresionante presencia e impresionante artista.

Hampson y Kaufmann insistieron con Don Carlo (o sea en italiano) regalando una disfrutable lectura del hermoso himno a la amistad que cantan los dos idealistas jóvenes en el monasterio de Yuste.

En la segunda parte, la Netrebko volvió a lucir materia vocal en el aria de presentación de Adriana Lecouvreur de Cilea, Io son l’umile ancella sin el precioso recitato que la precede (Del sultano Amurate…), asimismo preludiando la asunción del íntegra papel que tuvo lugar en Viena hace unos pocos meses, al lado del Maurizio di Sajonia del tenor polaco Piotr Beczala.

Hampson, a continuación, se metió en repertorio genuinamente francés con el exigente aria de Valentin del Faust de Gounod, página escrita a la atención del célebre barítono británico Sir Charles Santley en 1863, cuatro años después del estreno parisino de la obra. Fragmento muy acorde con su voz y temperamento.

Sin salir del territorio galo, las dos chicas en clara concesión al público presente, cantaron la archiconocida barcarola de Los cuentos de Hoffmann de Offenbach, las dos voces de soprano y mezzo muy bien compenetradas.

(En el programa de mano figuraban también el aria de don Basilio de El barbero de Sevilla de Rossini y el credo de Yago en el Otello de Verdi, a cargo respectivo de Adrazakov y Hampson. En pantalla ni una ni otra se vio u oyó, por razones desconocidas).

Más metido en papel el Rodolfo de Kaufmann que la Mimì de Netrebko, la pareja interpretó el O soave fanciulla que cierra el acto primero de La bohème de Puccini. Kaufmann volvió a adornar algunas de sus frases con su increíble y en esta oportunidad muy tierno sentido del matiz.

Apoteosis de Kaufmann cuando emitió el Nessun dorma de la Turandot pucciniana, aria capaz  de entusiasmar a cualquier oyente si se canta con la desenvoltura y el poderío exigidos. El tenor, además de tales alardes, fantasioso e inteligente, añadió detalles de exquisita sensibilidad cuando las frases se lo permitían.

A la hora de las propinas, el ambiente distendido, todos muy divertidos y entregados al fervor incondicional de los asistentes, se escucharon Granada de Agustín Lara, una de las escasas veces ofrecida en una voz de bajo (imponente de nuevo Abdrazakov que ese mismo año la grababa en disco junto a Rolando Villazón), la seguidilla de Carmen de Bizet (muy digna y deshaogada la Zhidkova), el Begin the Beguine, esa inmortal canción de Cole Porter (Hampson), el Heiha, in den Bergen que canta Sylva en La princesa de las zardas de Kálmán (deslumbrante, apasionante Netrebko) y, siguiendo con la opereta, el popularísimo Dein ist mein ganzes Herz de Sou-Chong en El país de las sonrisas de Lehár (elegante, seductor Kaufmann). Finalmente, todos juntos atacaron el Tonight de West Side Story de Bernstein, que sirvió de perfecto colofón de clausura de espectáculo: para entonces la ciudad ya sumida en la (se supone) una cálida noche de junio.

Copyright del artículo © Fernando Fraga. Reservados todos los derechos.

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000) y Simplemente divas (2014).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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