Límites

Siempre han estado claros para mí, sobre todo en lo que se refería a la cantidad de dinero de que disponía o no disponía. Así que andar con las maletas llenas y sin coger taxi que te llevara a la estación, ni aun rascando en el bolsillo para la alternativa del autobús, no daba opciones para discernir, la decisión estaba tomada ipso facto: iría andando con ellas en brazos, y vaya que pesaban.

Eran límites claros, precisos, incluso cuantificables; ahora lo son también los del dinero, pero creo que no sería capaz de andar llevando una maleta hasta allá, ni vacía, y todavía me pensaría el ir andando aun sin ella. Pero claro, aún sigo viviendo y aunque llegaré asimismo a un límite en ello, de eso si que estoy seguro, me doy cuenta de que no soy el único con tantos problemas.

Además, hasta la velocidad parece tenerlos y no me refiero a la que señalan los estupendos y abundantes carteles de las carreteras, ella misma como cosa que es tiene su frontera; la más audaz, la que más corre, está compuesta por ondas electromagnéticas y parece que las pobres están normalizadas, como nosotros, por prohibiciones naturales.

La luz no es la única, aunque parezca grande, que padece de velocidad limitada, el universo todo él sigue asimismo su curso bajo esas señalizaciones, aunque parece disponer de tiempo para aprenderse bien el código de marcha. Y algunos opinan que se mantendrá de esa manera, casi sin límites, hacia allá a donde se dirija, aunque otros opinan, aún más precavidos quizás, que antes de llegar al fondo dará la vuelta, como un tiovivo elástico que gira, se estira y encoge en el vertiginoso tiempo y espacio del espacio-tiempo. De ello tendrán ocasión de indagar los del futuro y en su caso demostrarlo y aun quizás vivirlo. Aunque nosotros es casi más que seguro que no, ay, porque nos ha tocado vivir en este momento todavía en pleno preámbulo de los intentos por conocer las cosas.

Incluso si me dejan ustedes diría yo que tampoco sabemos mucho de nosotros mismos. Me refiero por supuesto a como seres propiamente dichos, individuos que trajinamos por la vida tratando de ir sabiendo quiénes y cómo somos; cosa que a veces hacemos mirándonos a nosotros mismos o quizás a través de cómo nos ven los demás, ya sea en realidades palpables o en versiones noveladas de experimentados escritores que con sus vivencias e imaginaciones nos acercan poco a poco a saber cómo vamos, cómo nos va y puede que algunos hasta hagan ejercicios de adivinar hacia dónde dirigimos los pasos. Incluso, y también con el permiso de ustedes, me atrevería a decir que en ocasiones hasta creemos saber más de los demás de lo que en realidad lo tenemos claro en propio.

Nada nuevo por otra parte, pues me barrunto que eso ha formado parte de la historia desde los más antiguos colegas que pisoteaban el suelo de nuestro planeta y debe formar ya parte de la larga lucha que la mente humana mantiene consigo misma para sobrellevar tanta carga como decimos que llevamos. Así que a lo que íbamos, que no hace falta decir mucho más para hacerles ver que nos hallamos ante un conocimiento todavía limitado, difícil de cuantificar hasta dónde de limitado y de cumplido, y de lo que hemos llegado conocer por medio de él, aunque no me equivocaré mucho –por una vez y sin que sirva de precedente– si digo que es menos de lo que hasta donde podrán alcanzarlo en el futuro. Y ante esta evidencia se me vienen a la cabeza al menos dos hipótesis que proponerles para una discusión mientras tomamos un café o té, que no hay que hacer diferencias con nadie: ¿o ellos, los del futuro me refiero, tendrán siempre unos límites en su sabiduría, o no los tendrán?

Que los tengan me gusta porque me hace prever que con ellos compartiremos, y a pesar de lo que hasta entonces se avance, esta sensación de frustración y ansiedad ante lo desconocido, sensaciones que debemos dar por seguro que ya se han vivido antes y también se viven ahora, y el que les habla más debido a mi grandísima ignorancia. Pero si, como puede ocurrir aunque ahora nos cueste imaginarlo, los del futuro llegan al total conocimiento, a la sabiduría completa, rebasando cualquier frontera que se piense o se indague, bueno, pues aparte de que creo que ello será muy aburrido, supondría que cualquier cosa que se haga, diga, ¿y hasta se piense?, tendría explicación, su desarrollo estaría ya predeterminado y conocido y aun antes de vivir las cosas ya se sabría que van a pasar pues ya todo estaría ecuacionado, señalado, sabido.

Dos mundos bien distintos de seres que no tendrían que serlo, ¿o sí?, parecidos o iguales a lo que ahora somos. Pero voy a dejarles de dar la lata que yo mismo me estoy mareando por las implicaciones que va adquiriendo el asunto. Me voy a ver qué tal va la lucha territorial entre mis vecinas y amigas las cornejas, los rabilargos azules, las urracas y las palomas torcaces, que me mantiene muy preocupado. Porque ahí sí que hay unos problemas de límites y además todos con muy puntiagudos picos.

Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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Lobo (Oberon7up), ratonero de cola roja (Putneypics) y paisaje montañoso (Dominik Bingel), CC

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Caballo islandés (Trey Ratcliff), garza real (David MK), vacas de las Highlands (Tim Edgeler), pavos (Larry Jordan) y paisaje de Virginia (Ed Yourdon), CC

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