Recordatorios

Quizá el objeto más antiguo que tengo recogido en el campo es un canto rodado de una cuarcita formada hace cientos de millones de años y que tras pasar por vicisitudes geológicas varias finalmente fue erosionado por el viento hace ‘sólo’ algunos miles. Y lo tengo encima de la mesa, a la vista, y ello me produce varias sensaciones y reflexiones, porque me recuerda el lugar y el momento en que lo recogí, porque es de las pocas cosas ‘naturales’ que hay en casa, porque aun sabiendo que fue el viento quien modeló su forma aún sigo admirando cada día el proceso a su vez violento y lento de su erosión sólo por el golpeteo de la arena que era arrastrada entonces.

Todo lo cual me lleva, cada vez que lo miro, a la conclusión general de lo poco que somos, de cómo las cosas, incluso las que nos parecen difíciles, pueden llegar a cambiar, se alteran y pasan. Es un canto recogido en la meseta castellana pero podría haberlo sido en el desierto sahariano o en Marte –esto en el futuro, claro‒. Sé de otras personas que en el mismo lugar de la casa o del trabajo han tenido o tienen fósiles, probablemente porque les induce a sentir también lo que en realidad somos; esa insignificancia que dura casi nada y que dejamos paso a otras que a su vez están por aquí muy poco.

Respecto a este último tipo de objetos es difícil pensar que algún día se pueda disponer de otros planetas, pero sí que he leído de gente que compra meteoritos y los deja ahí, cerca, probablemente también para ayudarles a pensar y entender tanto el paso del tiempo con el hecho de hallarnos tan distantes de otras cosas que existen en el Universo. También pueden ser piedras volcánicas, venidas del interior de la Tierra, minerales o, como en mi caso, vulgares cantos rodados. Pero todos, me permito interpretar, lo hacemos por el mismo impulso de recibir y transmitir a través de él sensaciones profundas que su vista nos provoca.

También los hay que tienen fotografías de animales, grandes o pequeños, terrestres o marinos, aves, reptiles o de insectos, probablemente para sentir y recordar esas cosas que tienen vida y que se hallan ‘ahí fuera’ de las ciudades, despachos y viviendas. Ampliando nuestra mente hacia esos espacios, lugares y tiempos en que viven o vivieron. Hacia otros seres que comparten o han compartido muchos de nuestros impulsos, que están o han estado, como nosotros, tratando de sobrevivir ante las cotidianas dificultades y necesidades que la misma vida conllevan. Y nadie, por mucho que viva, ha visto todos ellos, ni siquiera los que existen en nuestro pequeño planeta. Así que estos objetos o sus imágenes nos evocan también, creo yo, la certeza de nuestra limitación y en ellos concentramos nuestro afán y nuestra resignación, como síntesis de las fuerzas opuestas que para esto y tantas cosas más llevamos dentro.

Todavía se puede sentir casi lo mismo, aunque supongo que en grado mayor, cuando al visitar el Museo de Ciencias Naturales vemos tanta variedad natural, tanta posibilidad, tanta generosidad en la diversidad de vida y de formas y fenómenos que nos ofrece la naturaleza en nuestro planeta. Observarlos todos ellos, conocerlos, estudiarlos, son objetivos que cada uno puede desarrollar hasta donde quiera, sea joven o mayor, sea lo que sea.

El reto, el afán y las posibilidades de alcanzar ese conocimiento dependerán de cada cual, y tiene la garantía de saber que a cualquier límite a que se llegue en el empeño la satisfacción íntima es la misma para todos. Esa es su grandeza. También lo es el camino que nos conduce a todo ello y que no es sino el sentimiento de respeto y de amor hacia todas las cosas. Así que debemos sentirnos henchidos de gozo y de placer por la disposición cercana de todas ellas y, en la actualidad, la mayor parte al alcance de las manos. Por todo ello también tengo a mi vista la fotografía de ese niño casi con más hueso que piel sentado en una rama de un pequeño y seco árbol, casi en medio de un gran desierto de un casi pobre país, rodeado de casi todos los animales, casi como en el paraíso y con la cara casi de alegría y felicidad de poder jugar con una caja de lata totalmente oxidada.

Copyright del artículo © Carlos Martín Escorza. Publicado originalmente en el periódico del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en www.TheCult.es con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Carlos Martín Escorza

Geólogo e investigador. Miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural, de la que fue presidente entre 1988 y 1989.

Sitio Web: www.mncn.csic.es

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