Mike Oldfield: antes y después de "Tubular Bells"

Mike Oldfield definió su mejor música con un elocuente mutismo. “Hace treinta años –dijo en cierta ocasión–, me preguntaron por qué hice Tubular Bells y estuve unos veinte minutos en silencio sin tener idea de la respuesta”.

Me da la impresión que esa actitud tan discreta es igual de recomendable a la hora de catalogar sus álbumes. Las etiquetas cambian tanto, me parece, porque el resorte que mueve a Oldfield no es la moda (o no lo era hasta hace no mucho), sino la curiosidad menos ordenada del mundo. De ahí que, al paso de los años, las tiendas de discos hayan vendido sus obras como rock progresivo, música electrónica, New Age, folk, rock sinfónico, world music e incluso música étnica.

Eso por no sacar a relucir canciones descaradamente pop como aquel Moonlight Shadow que arrasó en las listas de ventas allá por 1983.

Nacido en Reading el 15 de mayo de 1953, Mike lleva en sus cromosomas la misma melancolía y la misma vocación melódica que sus hermanos: Terry, un sólido flautista, y Sally, a quien siempre recordaremos por aquel single cristalino, sugerente y más bien ñoño: Mirrors.

Sus biógrafos presentan a Oldfield como un niño prodigio, a quien su padre regaló una guitarra. Por lo que se ve, el pequeño supo de inmediato que entre las cuerdas de dicho instrumento se ocultaba su porvenir. Algo hay de ello, no cabe duda. Pero aparte de la ilusión infantil, está claro que Mike estudió y ensayó de forma casi obsesiva, hasta convertirse en un virtuoso. ¿Lo hizo para escapar de una vida familiar infeliz? Algo hay de eso.

Durante los sesenta, cuando todavía era un chaval, disfrutaba interpretando en los pubs las canciones de los Shadows. Fue en 1967 cuando su hermana Sally y él crearon un dúo folkie, The Sallyangie. Ambos firmaron un contrato con una pequeña discográfica, Transatlantic Records, para grabar su primer álbum, Children of the Sun (1968). Poco después, cansado de entonar baladas hippies, Oldfield hizo caso a su hermano Terry, y juntos formaron otro dúo, Barefoot, cuya seña de identidad era el rock. Sin lugar a dudas, todos salimos ganando con el cambio.

Por aquella época, también hizo gira y grabó dos discos junto a Kevin AyersWhatevershebringswesing y Shooting at the Moon . El teclista del grupo que juntos fundaron, The Whole World, no era otro que David Bedford.

Seguidor a ultranza de la música clásica y de las primeras tentativas de rock sinfónico, el melómano Bedford se empeñó ‒según algunas fuentes‒ en que Oldfield compusiera un concierto nada convencional, en el que nuestro músico pudiese interpretar en solitario todos los instrumentos.

Gracias a Virgin Records, el resto es historia. Tubular Bells acrecienta su importancia con el tiempo, pero en 1973 ya era una obra legendaria, seminal, ciertamente audaz, que fascinaba desde la plenitud de su riqueza sonora. Para celebrar el XXX Aniversario de este álbum clásico, Warner Music publicó el 27 de mayo de 2003 una versión remozada con nuevos arreglos. Las comparaciones son odiosas, pero este tipo de homenajes deja clara la vigencia de una partitura.

El legado de Tubular Bells evolucionó y se enriqueció con nuevas influencias en LPs posteriores: Hergest Ridge (1974), el prodigioso Ommadawn (1975), Incantations (1978), Platinum (1979), QE2 (1980) y Five Miles Out (1982). A partir de ahí, pese a que Oldfield siguió acumulando éxitos, su creatividad no siguió la misma progresión.

A partir de finales de los ochenta, y tras el triunfo de Islands (1987), Mike Oldfield sentía en su nuca el aliento de Richard Branson, empeñado, como buen comerciante, en sacar provecho del filón que se abría con el creciente mercado de los CDs. Al margen del ángulo en que se le juzgue, lo cierto es que la muerte del vinilo y la distribución universal del nuevo formato hacían soñar a Branson con enormes beneficios.

Dejándose llevar por la corriente del pop y el rock comercial, el músico hizo caso a su jefe, y lanzó un álbum de canciones, Earth Moving, en julio de 1989. El mercado respondió con relativa tibieza a esta oferta de escaso relieve expresivo, que para más inri, no tenía un solo rasgo de originalidad.

La avaricia rompe el saco, y Oldfield acabó harto de los requerimientos de Branson. Tanto es así que su siguiente disco, Amarok, editado el 14 de junio de 1990, fue el más extraño de toda su trayectoria. Aunque se trata, sin duda, de una obra ambiciosa, muy experimental, repleta de hallazgos fascinantes, cualquier crítico sensato hubiera pronosticado su naufragio en las tiendas de discos.

A Richard Branson, que esperaba como agua de mayo un Tubular Bells II, le disgustó hasta lo indecible esta muestra de rebeldía, y decidió no invertir una sola libra en publicitar aquel invento. Obra maldita desde su primera tirada, Amarok languideció, en términos comerciales, al mismo ritmo que se desinflaba la carrera de Mike en Virgin.

Cuando al año siguiente salió a la venta Heaven's Open, Oldfield salió de Virgin Records tras haber cumplido hasta la última cláusula de un contrato leonino, que le obligaba a editar trece discos con la compañía de Branson.

Lamentablemente, los comentaristas entendieron que el músico estaba herido en el ala. A Heaven’s Open no sólo le faltaba frescura: también le faltaba originalidad y quizá le sobraba un punto de mala uva. Un enfado que se advierte en la furia con la que Mike interpreta, por vez primera como vocalista, el tema central del álbum, sin duda lo mejor de todo el disco.

A la salida de Virgin Records, y tras abandonar el despacho de Branson con ese último portazo, acogieron al músico los ejecutivos de su nuevo sello discográfico, Warner Bros. Records.

Ahí es nada: bajo esta nueva enseña, Oldfield se vengó de Branson ‒con quien acabó reconciliándose años después‒. ¿Y en qué consistió la venganza? Pues en la elaboración que el dueño de Virgin le había pedido con tanta insistencia, Tubular Bells II. El disco se presentó el 4 de septiembre de 1992, frente al Castillo de Edimburgo. En el equipo artístico, viejos conocidos de Oldfield –el productor Trevor Horn– y artistas invitados que daban lustre al evento –el actor Alan Rickman–. Los resultados comerciales, en todo caso, fueron tan rotundos como la valoración por parte de la crítica. En este último capítulo, las reseñas de apoyo incondicional igualaron en número a las que, con menor entusiasmo, no dejaron de reconocer los méritos de la pieza.

Decepciones al margen, el show debía continuar. The Songs of Distant Earth (1994), el segundo disco para Warner, encontraba su inspiración en la novela Cánticos de la lejana Tierra (1986), de Arthur C. Clarke. Con ese referente literario a cuestas, Oldfield completó su obra con abundante empleo de sintetizadores, asimilándose así a una corriente electrónica de la New Age que ya había probado su eficacia en las listas de ventas.

En 1995, publicó uno de los peores discos de su trayectoria: Voyager. A decir verdad, ésta venía a ser una recopilación de temas célticos, incluido uno del grupo gallego Luar na Lubre, “O son do ar”. Años después de su lanzamiento, la sensación que se tiene tras su escucha –siempre que no se adore a Oldfield por encima de todas las cosas– es la de estar escuchando las sintonías de un programa documental. La musicalidad lo salva todo, pero hay una monotonía que pesa demasiado en el conjunto (Y sí, no olvido que nuestro artista tiene otras composiciones olvidables, como el burlesco "Don Alfonso", aquel tremendo single de 1975).

Con esa desgana que se aprecia en VoyagerTubular Bells III (1998) salió al mercado sin saber muy bien a qué publico dirigirse: si a los nostálgicos de la vieja generación o a los jóvenes amantes del techno. Pese a esa suntuosidad instrumental del álbum, daba la impresión de que Mike ya no alimentaba a su música desde dentro.

¿Falta de sentido común o simple desorientación? Lo cierto es que Oldfield intentó volver a los orígenes con Guitars (1999), pero luego se perdió –otra vez– en la vacua grandilocuencia de The Millenium Bell (2000) y en chill out algo plúmbeo y monótono de Tr3s Lunas (2002), que no pasa del aprobado. Por supuesto, se advierte que hay un tipo con mucho oficio tras ambas producciones, pero el genio no aparece aquí por parte alguna. Y lo que es peor: las dos obras carecen de relieve y de convicción conceptual.

Una vez cumplido el contrato con Warner, Oldfield publicó otro disco prescindible con Mercury Records, Light & Shade (2005), que a pesar de su escaso interés, merece un punto y aparte.

Interesado desde hace años por la realidad virtual, Mike Oldfield no dejaba escapar ninguna oportunidad para sacar provecho artístico de las nuevas tecnologías. Buen ejemplo de esos productos made in Oldfield es el proyecto que llevaba por título Maestro, y que aprovechaba composiciones del álbum Tubular Bells 2003, diseñado según la repetitiva estética del chill out.

La interactividad –decisiva en este contexto– también era opcional en el citado Light & Shade. En este caso, varias pistas del disco quedaban a disposición del oyente con el fin de que éste diseñara sus propias remezclas. Anteriormente, Oldfield ya había concretado su idea de MusicVR (Realidad virtual musical, 2002). La experiencia de dicho juego integraba música y animaciones interactivas, y tenía su fundamento en un software creado especialmente para la ocasión.

Todo lo cual nos lleva a inferir que Oldfield tenía más acentuada que ningún otro colega su condición de compositor convertido en artista total. En cierto modo, el Nirvana de este hombre-orquesta venía (y viene) a ser un estudio de grabación automatizado, en el cual, como ejecutante de todos los instrumentos musicales, maneje también la mesa de mezclas, el sistema de grabación, y si me apuran, la distribución via on line.

De ahí a encargar novísimos programas informáticos que le permitan transmitir al resto del mundo ese sueño de control y libertad, media un breve paso. ¿Razones para ello? No tiene por qué haberlas, y si las hay, es probable que nadie nos las llegue a explicar, a no ser su jefe de marketing.

antesydespues2

En el fondo, Mike Oldfield es un heterodoxo: un creador caprichoso e independiente, a quien lo mismo le atraen el folclore irlandés que los ordenadores cuánticos, los cantos tibetanos que el trance discotequero.

Y con esto volvemos al principio, porque la nueva entrega de Mike Oldfield, esta vez con el sello Universal Classics, fue Music of the Spheres (2008), una obra clásica –en el sentido que ya expliqué–, donde se advierte la presencia de Karl Jenkins en la sala de máquinas.

Al igual que hizo Vangelis en su Mythodea (2002), Mike busca en este disco el apoyo artístico de figuras del entorno clásico. Por ejemplo, la soprano neozelandesa Hayley Westenra y el impecable pianista chino Lang Lang.

Obra de una expresividad contrastada, de un equilibrio inteligente, con el colorido justo, Music of the Spheres recuperó la quintaesencia estética de Oldfield con una absoluta carencia de afectación. Gracias al opulento sonido que logra extraer de la orquesta, el compositor renace como un artista de primer orden.

Ha pasado mucho tiempo desde Tubular Bells y Ommadawn. Y se nota. El público y la industria han cambiado. ¿Podrá el camaleón inglés superar el recuerdo de sus mejores momentos en Virgin y Warner? De momento, Man on the Rocks (2014) y Return to Ommadawn (2017) no suponen ninguna revolución.

Confortablemente instalado en una fama que le precede, Mike ha entrado en el siglo XXI con unos intereses que, mire usted por dónde, van alejándolo de las partituras a medida que le introducen en ese mundo impredecible y metálico de las últimas tecnologías. Que nadie lo ponga en duda: Oldfield es un caso aparte y nunca renunciará a serlo.

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2007, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (TheCult.es), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las artes.

logonegrolibros

  • Cómo salir de los círculos cerrados
    Escrito por
    Cómo salir de los círculos cerrados En la adolescencia adquirí la sana costumbre de anotar ideas o comentarios en los márgenes de los libros. En muchas ocasiones severos lectores me regañaban por «estropear así» los libros. Yo no sabía qué responder,…
  • "Astorpia"
    Escrito por
    "Astorpia" Astor Piazzolla (1921-1992) goza de la excepcional vecindad de Carlos Gardel si lo buscamos en las bateas de música popular, y de Alberto Ginastera –uno de sus maestros– si lo hacemos en las de la…
  • Di sí a la ciencia ficción
    Di sí a la ciencia ficción En un artículo anterior, hablando de ciencia ficción, usé algunas expresiones como “productos comerciales de segunda” y “ciencia ficción barata” al referirme a La guerra de las galaxias y Viaje a las estrellas…

Trestesauros500

logonegrociencia

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

Cartelera

Cine clásico

  • La leyenda de los Blues Brothers
    Escrito por
    La leyenda de los Blues Brothers En 1980 la creatividad, la diversión y los excesos estaban a la orden del día. La fugaz Era Disco se venía abajo, pero aún le quedaba un breve periodo de esplendor antes de que sus…

logonegrofuturo2

Cosmos: A Spacetime Odyssey © Fox

logonegrolibros

bae22, CC

logonegromusica

Namlai000, CC

  • "Four of a Kind" (2015), de Goblin
    Escrito por
    "Four of a Kind" (2015), de Goblin Goblin no necesita presentación para quien esté familiarizado con el prog rock italiano. La banda existe desde los años 70, son los maestros indiscutibles de la música oscura de terror progresiva, y se bifurca en…
  • Il galantuomo Rolla
    Escrito por
    Il galantuomo Rolla De la obra firmada por Alessandro Rolla (1757-1841) son especialmente conocidos sus dúos para instrumentos de arco, que en un par de colecciones se ofrecieron en el sello Dynamic, en los CDs 252 y 371.…

logonegroecologia

Mathias Appel, CC