"El Señor de los Anillos" (1978), de Ralph Bakshi

Allá por 1957, J.R.R. Tolkien recibió la visita de un conocido editor de revistas y promotor del fandom, Forrest J. Ackerman, a quien acompañaban dos productores, Morton Grady Zimmerman y Al Brodax.

La idea de los tres socios era rodar El Señor de los Anillos como un film de dibujos animados. Pero por lo visto, el guión era una calamidad y Tolkien, en un arranque de dignidad, rechazó la oferta.

El tiempo pasó, y cineastas como Stanley Kubrick y John Boorman se interesaron por la novela. El proyecto de Boorman, repleto de libertades, se plasmó en un larguísimo guión que ha dado muchísimo que hablar. ¿El motivo? Sus escenas más provocativas, propias del espíritu reinante en los primeros setenta. Pueden buscar otros ejemplos, pero me limitaré a mencionar que Frodo tiene una escena íntima con Galadriel. Ni que decir tiene que ese tono adulto reaparece en otro film de Boorman, Excalibur, que en cierto modo deriva de esta fallida adaptación.

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Desde 1969, los derechos habían estado en poder de la United Artists. Gracias al apoyo del presidente de Metro-Goldwyn-Mayer, Dan Melnick, Bakshi compró a United Artists el guión de Boorman. A partir de ahí el asunto se complicó. El citado guión era inutilizable, y para colmo de males, Melnick fue despedido de MGM. Quien salvó a Bakshi en esa situación fue su mecenas y productor, Saul Zaentz, quien renegoció cada detalle con United Artists y logró que el plan de rodaje saliera adelante.

A diferencia de lo que había hecho Boorman, Bakshi prometió a la hija de Tolkien, Priscilla, que respetaría el legado de su padre y procuraría ser fiel al libro original. Aunque ahora parezca algo normal, y hasta recomendable, este empeño era algo poco frecuente en los setenta.

El texto acabó en las mejores manos. Tres décadas después de aquella visita de Ackerman que mencioné al principio, el novelista Peter S. Beagle recibía en su despacho un esbozo de guión de El Señor de los Anillos firmado por Chris Conkling. A Beagle, un auténtico maestro de la novela fantástica, le correspondía reelaborar el libreto de la futura película.

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Aunque en este caso optó por el clasicismo, con un estilo próximo al de ilustradores tradicionales como Howard Pyle y N. C. Wyeth, ya sabemos que Bakshi, era un animador vanguardista y atrevido.

En realidad, Ralph Bakshi había empezado a hablar del proyecto en 1957 –el mismo año en el que Ackerman visitó a Tolkien–, pero carecía de fondos para adquirir los derechos por su cuenta. Según consta en sus archivos, éstos fueron requeridos infructuosamente por Disney, que nunca llegó a poseerlos, poco antes de que en 1969 pasaran a ser propiedad de la United Artists.

A la hora de filmar El Señor de los Anillos (1978), Bakshi se decantó por una técnica perfeccionada por Disney: el rotoscopio. Sus posibilidades eran inmejorables: la cinta se filmaba con intérpretes reales, en blanco y negro, y luego, mediante un sistema de calco, era posible obtener una animación sumamente verista.

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Con la idea de elevar la calidad del largometraje y atraer a una audiencia adulta, Bakshi confió el texto al mencionado Peter S. Beagle ‒autor de El último unicornio (1968)‒ y dispuso la participación de actores como John Hurt, quien prestó su voz a Aragorn, y Anthony Daniels, que ya era conocido por su papel de C3PO en La guerra de las galaxias, y que se metió en la piel del elfo Legolas.

Aunque en un principio el deseo del realizador era encomendar la banda sonora a Led Zeppelin, tuvo que renunciar a la idea de dar un toque de rock sinfónico a su proyecto. Finalmente, por razones presupuestarias, el autor de la partitura fue Leonard Rosenman, quien incluye en ella algún que otro homenaje a un compositor clásico inglés, Gustav Holst.

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La película con actores reales fue filmada en España. Este metraje fue luego transformado en dibujos animados mediante el rotoscopio. Otro recurso consistió en solarizar y colorear los planos de batallas. Para representar la lucha en el Abismo de Helm, Bakshi recurrió a escenarios ya usados en El Cid (1961), y también imitó planos de Alexander Nevsky (1938). No era la primera vez que el director recurría al clásico de Sergei M. Eisenstein: quien revise algunas secuencias de Wizards (1977) también descubrirá planos reutilizados de ese clásico del cine ruso.

Acá nos encontramos con otro detalle singular, y es que, entre los artistas que colaboraron en ese proceso, figura un joven dibujante que más adelante entraría en el gremio de los directores:Tim Burton.

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Visto desde la distancia, resulta incomprensible que a Bakshi le obligaran a estrenar su película sin aclarar que se trataba del primero de dos largometrajes. Ello explica que bastantes espectadores quedaran insatisfechos ante una narración que sólo abarcaba la mitad de la obra original.

Aunque en un principio no quiso reconocerlo, Peter Jackson también llegó al mundo de Tolkien tras disfrutar de la película de Bakshi. Después de verla, el joven Jackson, como muchos lectores de su generación, se convirtió en un firme partidario de la novela original.

Con todo, el mundo del cine es bastante ingrato, y Bakshi no fue consultado en ningún momento por el neozelandés cuando emprendió su personal trilogía. Ni siquiera el hombre que actuó como su leal productor, Saul Zaentz, quiso involucrarle de algún modo en el proyecto de Jackson. Y eso que, gracias a aquella producción de 1978, Zaentz había obtenido unos beneficios de lo más consistente.

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El paso del tiempo ha sido injusto con esta película, que ha sido arrinconada en la memoria de muchos tras el estreno de las tres cintas de Jackson. Sin embargo, en su momento supuso todo un hallazgo. De hecho, mientras escribo estas líneas, aún recuerdo aquella proyección en un cine de la Gran Vía madrileña, el Pompeya ‒hoy, una cafetería‒, con la sorpresa en los ojos del niño que era yo entonces, fascinando ante un film inesperadamente adulto, lleno de imágenes poderosas y con un guión que a mí me pareció épico y sorprendente.

Corría el año 1980, y el crítico Pedro Crespo escribía lo siguiente en ABC: "Con El Señor de los Anillos logra Bakshi su mejor trabajo hasta el momento (...) Las peripecias son abundantes, algunas relativamente terroríficas, porque la fantasía de Tolkien, felizmente servida por Bakshi, no es una fantasía «a lo Walt Disney», aunque también tenga puntos de lirismo y de luminosidad. La película abarca los dos primeros libros de los tres de los que se compone la novela de Tolkien, Y en ella hay ocasión de espectáculo, terribles batallas, encuentros con seres monstruosos, y una acción casi constante, cuyo ritmo singular fue logrado a base de rodar —en España precisamente—, con figuras de carne y hueso, escenas de masas y luego dibujar sobre ellas, con lo que el movimiento de las figuras resulta especialmente verídico. Si la fotografía, con el citado procedimiento de animación, es muy apreciable, la música de Leonard Rosenman resulta especialmente oportuna, con una calidad fuera de lo común. En definitiva, El Señor de los Anillos es una fábula sobre el poder, en dibujos animados, que viene a revolucionar hasta cierto punto las técnicas empleadas hasta el momento; una historia de enfrentamiento entre el Bien y el Mal, especialmente apta para adultos con imaginación y gusto por la fantasía, que acaso resulte un tanto sombría para algunos de los espectadores infantiles, pero que constituye un cumplido y atractivo espectáculo para los demás".

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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