"Doctor Mabuse" (1986), de José María Beroy

Con las consabidas excepciones, nunca me han gustado las adaptaciones al cómic de obras cinematográficas. Aunque son artes hermanas, los lenguajes de ambos medios son diferentes e intentar una trasposición literal sólo se consigue con éxito en muy pocos casos.

Para cuando Fritz Lang estrenó sus famosas obras Doctor Mabuse (1922) y Metrópolis (1926) la industria del cómic aún se hallaba en su infancia y las adaptaciones de películas al lenguaje de las viñetas era algo que ni se planteaba, mucho menos el de películas alemanas de estética expresionista. Y, sin embargo, su influencia artística perduró en el tiempo y trascendió generaciones y países. En España, en los años ochenta, un novel autor de historietas llevó al papel, no una adaptación, sino una fusión retrofuturista de ambos filmes, plasmada con un diseño expresionista y narrada con el pulso propio de las revistas pulp de los años treinta.

Doctor Mabuse fue la ópera prima de un joven autor, Jose Mª Beroy, quien tras un desesperante periodo en el que sus páginas no logran ser publicadas en ninguna revista, decide intentarlo por última vez antes de tirar la toalla. El resultado le alzó a la categoría de “joven promesa”, para afianzarse posteriormente como uno de los creadores más sólidos del panorama nacional.

La propuesta argumental, por lo demás bastante endeble, transcurre varios años en el futuro del universo de la película Metrópolis (1926) y gira en torno a las intrigas y manipulaciones urdidas por el misterioso Dr. Mabuse, inquietante individuo cuya obsesión es el dominio absoluto de la gigantesca ciudad donde habita, Metrópolis, gobernada dictatorialmente por Jon Fredersen. Al parecer, nada ha variado tras la esperanzadora conclusión de la película, y el poder sigue en manos de los mismos. Estructurada en capítulos, la acción nos muestra primero las conspiraciones de Mabuse, y luego la gran revuelta que derrocará a un tirano dispuesto a destruir la ciudad antes que abandonar el poder.

Desgraciadamente, nunca se llega a profundizar en ninguno de los personajes involucrados en la tragedia: Mabuse es frío y astuto, pero no se nos revela nada sobre sus orígenes, su personalidad o el trasfondo de su plan; Fredersen es el tirano agobiado y semienloquecido a punto de perder el poder, pero su temperamento no va más allá; y los diferentes peones que Mabuse manipula y mueve no son más que figuras de cartón piedra sin perfil definido. Por otro lado, no se nos ofrece apenas detalle alguno sobre la vida de la ciudad ni sobre los acontecimientos que han permitido avivar las llamas de la nueva revolución.

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El verdadero atractivo de esta obra no es pues tanto la historia que se nos cuenta, como el marco gráfico que la contiene. Nos encontramos ante un cariñoso homenaje al inconfundible universo levantado por Fritz Lang en sus películas Doctor Mabuse y Metrópolis, paradigmas del cine alemán expresionista y la ciencia–ficción de principios del siglo XX. Curiosamente, cuando Beroy comenzó Mabuse, no había visto las cintas de Lang o Wiene (era la época anterior a las remasterizaciones de clásicos y los DVD). Habiendo leído abundantemente sobre el tema, decidió abordar una obra con base en la iconografía del expresionismo y el art-decó, obteniendo su documentación a través de libros.

Aquí, la arquitectura y ambiente de Metrópolis cobra una vida, diferente pero igualmente intensa, que la cinematográfica. Su frialdad, tamaño y formas arquitectónicas imponen y ensombrecen las insignificantes vidas de la gente que, como pequeñas hormigas, pululan por sus pasarelas y edificios. Gigantescos rascacielos cuyas bases se pierden en los cañones de hormigón, carreteras elevadas que unen las estructuras, dirigibles y biplanos que se deslizan a través de los desfiladeros de cemento, haces de luz que perforan la eterna noche en la que vive la aglomeración de anónimas personas que inundan las calles. Pesadilla urbanística y martillo destructor de la individualidad, Metrópolis se remonta por encima de Mabuse y Fredersen para adquirir una personalidad propia e independiente. Da la impresión de que Metrópolis siempre estará allí, sea cual fuere el resultado de las conspiraciones que se tejen en su seno.

El dibujo en blanco y negro –que se complementa con una acertada aplicación de las tramas grises para añadir textura– incluye guiños al tecno y la música electrónica (Kraftwerk, Ultravox), el diseño industrial (los edificios se asemejan a grandes piezas de una maquinaria aún mayor), el art decó, la moda de los ochenta, la línea clara y diversas películas.

La historia fue inicial e inexplicablemente (puesto que su temática es claramente CF y no terror) publicada por entregas en la revista Creepy en 1985 y recopilada en álbum al año siguiente.

En resumen, una historia entretenida aunque no genial, bien narrada y con una resolución gráfica que sería la envidia de cualquier dibujante principiante y muchos veteranos. Una obra recomendable para todos aquellos a los que fascine Metrópolis, que disfruten con la arquitectura imaginaria, el diseño y la recreación de ambientes retrofuturistas.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en TheCult.es con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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