"Star Trek: La nueva generación". Primera temporada (28 de septiembre de 1987 - 16 de mayo de 1988)

Por fin, el 28 de septiembre de 1987, se estrenaba el capítulo piloto de Star Trek: La nueva generación, “Encuentro en Farpoint”, una aventura en dos entregas emitidas consecutivamente el mismo día.

La primera misión de Picard a bordo de la Enterprise consiste en resolver el misterio de la Estación Farpoint. Se trata de unas instalaciones emplazadas en un lejano planeta, más allá de la región explorada de la galaxia, y Picard ha de negociar un tratado que permita a la Flota utilizarlas. Pero antes de ello, debe averiguar cómo es posible que los primitivos nativos de ese mundo hayan sido capaces de construir una base tan avanzada. En el misterio interviene Q, arrogante miembro de una especie casi todopoderosa que considera al hombre un ser demasiado bárbaro como para permitirle el acceso a la exploración espacial y el contacto con otros mundos. Erigiéndose juez, jurado y verdugo, Q amenaza con sentenciar a muerte a la tripulación de la Enterprise a menos que Picard pueda demostrar que la civilización humana ha madurado más allá del salvajismo.

La relación entre los diferentes personajes titulares de LNG constituye uno de sus motores narrativos, resaltando siempre la cooperación y armonía que reina entre ellos de forma incluso más evidente que en la serie original y reproduciendo de esta forma a escala reducida la ética reinante en toda la Federación. Pero añadiendo un grado extra de variedad, en LNG estas relaciones se extienden más allá de los protagonistas o incluso de los tripulantes de la Enterprise. Es el caso de Q.

El capítulo piloto fue escrito por la veterana guionista Dorothy “DC” Fontana, que, a instancias del estudio, hubo de alargar la trama original –el misterio del planeta alienígena‒ introduciendo otra idea de Roddenberry, la del estrafalario y superpoderoso Q. A primera vista, es un personaje que se parece mucho al caprichoso dios que había aparecido en el episodio “El escudero de Gothos” en la primera temporada de la serie original.

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Sin embargo, en manos del actor que se metió en la piel de Q, John de Lancie, lo que pudo haber sido simplemente “el alienígena de la semana” acabó convertido en un carismático personaje que los aficionados reclamaban una y otra vez. Tanto es así que apareció en todas las temporadas de LNG registrando su propia evolución hacia la madurez y la responsabilidad –sin dejar de ser siempre, eso sí, un verdadero incordio para Picard‒ y saltando luego a las series Espacio Profundo 9 y Voyager.

En 1987, cuando la serie empezó a emitirse, la Guerra Fría tocaba a su fin y el mundo podía, por fin, imaginar un futuro más unido que sustituyera el asfixiante antagonismo en el que había vivido durante los últimos cincuenta años. Así, Star Trek: La nueva generación presentaba un futuro en el que nuestro planeta había alcanzado la paz y la prosperidad bajo el paraguas de un solo gobierno global. Se presume que ese gobierno es extremadamente tolerante en lo tocante a diversidad, si bien nuestra historia como especie nos enseña que tal situación no resulta muy probable. Un gobierno global ha de apoyarse en una filosofía política única y excluyente y eso atenta contra la propia idea de diversidad. Gene Roddenberry no parecía ver en ello ningún problema aunque tras su muerte y como veremos más adelante, los guionistas se ocuparon de empañar su brillante utopía en no pocos episodios.

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En su retrato de una historia del futuro que ha pasado del antagonismo global a la paz y unidad planetarias, LNG difiere un tanto de la serie original de los sesenta, que indicaba que tal utopía se había conseguido sin necesidad de sufrir un holocausto nuclear (aunque sí se mencionaban unas Guerras Eugénicas en la década de los noventa del siglo XX). En LNG, en cambio, se nos informa ya en el primer episodio de que la segunda mitad del siglo XX había estado marcada por un enfrentamiento atómico que arrojó a los supervivientes a un estado de barbarie. Cuando Picard y sus hombres son sometidos a juicio por Q en una sala de aspecto primitivo con un público vociferante, se dice que esa pantomima de juicio se parece a algo sacado de “mediados del siglo XX. El horror postatómico”.

Esta incoherencia entre ambas series probablemente tiene una explicación sociológica. En un momento histórico en el que las tensiones de la Guerra Fría parecían estar aliviándose, resultaba menos inquietante para los espectadores considerar como parte de su futuro la perspectiva de un holocausto nuclear. A finales de los años sesenta, en cambio, la crisis de los misiles cubanos todavía estaba muy presente en la mente de todos los norteamericanos, por no hablar de la inmensa cantidad de material, de ficción o no, que directa o indirectamente bombardeaba a la población con escenarios postapocalípticos o criaturas mutadas por la radiación.

Por otra parte y ya dentro de la narrativa propia de la serie, en parte por la lección que aprendieron los terrestres de esa horrible guerra nuclear y (se nos diría más adelante en la franquicia) en parte por el contacto con los vulcanianos, un conflicto global de aquellas características resultaba impensable en el siglo XXIV. Así, cuando Q se transforma en un oficial militar de la Guerra Fría en “Encuentro en Farpoint”, exhortando a la Enterprise a regresar inmediatamente a la Tierra para luchar contra los comunistas, Picard responde, “¿Qué? ¡Esta tontería está siglos atrás en nuestro pasado!” Q replica que puede que sea así, pero que la Humanidad sigue siendo una especie “peligrosa, salvaje e infantil”.

Picard, naturalmente, es capaz –al menos en parte‒ de convencer a Q de que el hombre ha avanzado mucho desde las intrigas de la Guerra Fría. Por ejemplo, el alto nivel tecnológico y las inexistentes tensiones políticas en la Tierra han dado como resultado una especie de paraíso material en el que todas las necesidades básicas están cubiertas sin tener que recurrir al trabajo manual, liberando tiempo para perseguir metas más satisfactorias, como explorar la galaxia a bordo de una astronave. Con todas las necesidades materiales atendidas con tan solo apretar el botón de un replicador de materia, el dinero es algo innecesario y de vez en cuando la serie bromea con el concepto nostálgico de la moneda. Así, en “La compañera perfecta”, la doctora Crusher le ofrece a Picard un penique por sus pensamientos; cuando el capitán le pregunta si tiene de verdad uno de esos oscuros objetos, ella le responde “Estoy segura de que el replicador tendrá alguno en la memoria”.

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En “La zona neutral”, la Enterprise descubre a la deriva una antigua nave en la que encuentran los cuerpos criogenizados de tres humanos del siglo XX. Cuando son reanimados, la brecha entre su actitud y las de los hombres del siglo XXIV se hace dolorosamente evidente, dando lugar a un comentario sobre lo logrado por la sociedad humana en los cuatrocientos años anteriores. Por ejemplo, uno de esos náufragos es un inversionista que se interesa por las posibilidades de negocio en ese (para él) nuevo mundo. Picard le responde como si tuviera delante a un niño: “La gente ya no está obsesionada con la acumulación de cosas. Hemos eliminado el hambre, el deseo, la necesidad de posesiones. Hemos superado nuestra infancia”. Cuando el hombre de negocios, que sólo puede imaginar una vida enfocada al beneficio, se pregunta qué desafíos y motivaciones animan ahora a la gente, Picard responde: “El desafío es mejorar y enriquecerse uno mismo”.

La Federación, por tanto, es una suerte de utopía económica, abundante en comodidades materiales pero libre de codicia y competencia por la obtención de beneficios y, además, capaz de de proporcionar oportunidades para el crecimiento y desarrollo personal. No es de extrañar, por tanto, que como contraste y para ilustrar los vicios de nuestra actual cultura, se utilizaran algunas civilizaciones alienígenas. Así, en el quinto episodio, “El último baluarte”, se presentaban los ferengi, con la intención de que fueran los principales villanos de la serie.

Aunque los klingons y los romulanos aparecerían regularmente en todas las temporadas, los primeros eran ahora aliados de la Federación y, además, Roddenberry no quería depender demasiado de viejas ideas. Por tanto, encargó al coproductor Herbert Wright que imaginara una nueva civilización alienígena que pudiera enfrentarse a la Enterprise de forma recurrente. Wright recordó que la inspiración para la brecha que separaba a humanos y klingons en la serie original había sido la Guerra Fría, así que buscó un equivalente contemporáneo.

Aunque la película Wall Street, en la que Michael Douglas pronunciaba su famoso discurso de “La codicia es buena”, no se estrenaría hasta finales de 1987, ya existía el sentimiento general de que el sector financiero estaba repleto de bárbaros amorales. Y ese contraste con la utópica civilización humana del siglo XXIV fue precisamente lo que utilizó Wright para crear a los ferengi: una civilización de mercaderes ladinos, egoístas y tramposos cuyo código de valores descansaba en la idea de que obtener beneficio era lo más importante de la galaxia.

Por desgracia, cuando estos seres de pequeña estatura y grotescas facciones hicieron su debut en ese episodio, la reacción general fue de decepción. Sí, se trataba de caricaturas de los capitalistas obsesivos; y sí, su falta de escrúpulos sumado a su avaricia los podían hacer peligrosos. Pero también estaba claro que los ferengi no eran ni de lejos sustitutos para los klingon. Más allá de la sátira puntual, una especie cuya cultura está basada en el enriquecimiento no tenía buen encaje en una serie cuyos protagonistas ni siquiera tenían billeteras. Aunque se suponía que su encuentro siempre era un acontecimiento potencialmente comprometido, lo cierto es que nadie se los tomaba en serio. Ni su vestuario cutre, ni su aspecto ni su irritante comportamiento transmitían la sensación de peligro y violencia que deberían. Y aunque se trató de dotarles ciertos manierismos histriónicos, no eran particularmente divertidos. Más adelante, estos fallos se irían puliendo y los ferengi alcanzarían un desarrollo mucho más sólido en otra serie de la franquicia, Espacio Profundo 9, pero el daño estaba hecho: los ferengi nunca podrían ser ya los villanos definitivos de LNG. Ese papel sería adjudicado a los borg.

Por otra parte, resulta curioso y paradójico al mismo tiempo que, ensalzando la utopía terrestre, la serie a menudo mire con desconfianza las que la Enterprise encuentra en otros planetas. Es el caso del episodio “Justicia”, en el que la Enterprise llega al planeta Edo, cuya población parece vivir en un paraíso sensual con abundante comida, salud y sexo libre y desprejuiciado. Por desgracia –como sucedía en el capítulo de la serie original “El regreso de los arcones”‒ los edo deben obediencia a un poder superior, en este caso un ser muy evolucionado al que consideran de naturaleza divina y que exige obediencia absoluta e incuestionada a un código de leyes bastante arbitrario. Así, cuando Wesley Crusher pisa sin querer el parterre de un jardín que resulta ser una zona prohibida, es inmediatamente condenado a muerte. Afortunadamente, en otro de esos casos en los que la Humanidad es puesta a prueba, Picard consigue convencer al poderoso ser de las buenas intenciones de su tripulación y la injusticia del castigo de Wesley.

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Otra derivación de “El retorno de los arcones” la encontramos en “Duérmete niño”. En este capítulo, la utopía tecnológica del planeta Aldea esta supervisada y controlada por un superordenador. Gracias al alto grado de avance tecnológico, los nativos tienen todas sus necesidades satisfechas, teniendo tiempo para dedicarse a aquello que más les guste y que pueda satisfacer su potencial… en tanto en cuanto esas actividades no amenacen el status quo. En resumen, Aldea es una versión de lo que podría haber sido la Federación si sus ciudadanos hubieran perdido el deseo de alcanzar nuevas metas y mejorar individual y colectivamente. Como era de esperar, Aldea tiene una oscura sombra en su paraíso: su tecnología ha terminado destruyendo la capa de ozono del planeta, lo que ha provocado un envenenamiento radioactivo general y la esterilización de toda la población, por lo que secuestran a los niños de la Enterprise con el fin de introducir sangre nueva que asegure la continuidad de la especie. Así, este capítulo hace literal el concepto abstracto de que una sociedad utópica es también una sociedad estéril. El cambio continuo es, por tanto, algo absolutamente necesario para la supervivencia de cualquier sociedad, independientemente de lo ideal que ésta haya llegado a ser.

En otro orden de cosas, aunque sabía que las comparaciones serían inevitables, Roddenberry no quería utilizar la mitología de la serie original para dar alas a La nueva generación. Tampoco quería repetirse, así que, como ya he mencionado, se resistió a la idea de otorgar un papel relevante a especies alienígenas ya consolidadas, como los klingon o los vulcanos. Lo mismo sucedía con los actores de la serie original. Al final, cuando su salud estaba muy deteriorada y más adelante, ya tras su muerte, varios de esos actores intervendrían en el programa repitiendo los papeles que les dieron la inmortalidad, como Leonard Nimoy (Spock), James Doohan (Scotty) y Mark Lenard (Sarek, el padre vulcano de Spock). Pero sólo uno de ellos apareció en el episodio piloto y, además, bajo expreso deseo de Roddenberry. Como guiño a los fans más leales, DeForest Kelley volvió a aparecer encarnando a un anciano y gruñón almirante que se negaba a utilizar el teletransportador. No se mencionaba su nombre porque no hacía falta. Aquellos fieles a la serie lo sabían de sobra: Leonard McCoy.

A pesar de que las críticas que recibió el episodio piloto fueron buenas, no sirvieron para despejar las dudas que muchos seguían albergando acerca de la serie. El novelista de terror Robert Bloch afirmó: “Puedes reanimar un cadáver, pero ello no necesariamente significa que viva”; y William Shatner dijo sucintamente: “Es un error”.

En honor a la verdad, hay que admitir que durante la primera temporada, los personajes fueron dando tumbos, tratando de encontrar su esencia. Las historias no siempre estuvieron a la altura de lo que luego sería la serie y a menudo los guionistas recurrían a reciclar ideas ya utilizadas en la serie original. Se le criticó su pasividad y falta de coraje a la hora de abordar temas de actualidad potencialmente polémicos (algo en lo que sí había destacado la serie original). En cuanto a los personajes, los críticos se mostraban divididos. Uno de ellos, por ejemplo, firmaba un agrio artículo en el que se podía leer: “El Capitán Jean-Luc Picard está visiblemente frustrado por su ineficiente tripulación: un piloto ciego; un klingon que dispara a la mínima ocasión; una émpata medio humana-medio betazoide que puede captar las emociones ajenas pero que es lamentablemente inepta a la hora de transformar esas lecturas en consejos útiles; y un primer oficial imposiblemente estirado”. Otro, en cambio, renegaba del sentimentalismo de la serie original y alababa “el tipo de complejidad argumental y guiones que animan a la reflexión y que son la base de la verdadera ficción especulativa. Por fin han desaparecido los personajes unidimensionales”.

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El segundo episodio de la temporada, “El presente inexorable”, tampoco auguraba nada bueno, al tratarse en buena medida de un remake de una historia ya contada en la serie original, “Horas desesperadas”, en el que un germen alienígena contagia a la tripulación, desinhibiéndola y revelando sus deseos y motivaciones más primitivos al tiempo dejándola incapacitada para pilotar la nave. En el capítulo de LNG, los guionistas se permitían utilizar exactamente la misma escusa de la enfermedad alienígena para poner a la Enterprise en peligro. De hecho, incluso se hacía mención a que la nave original había sufrido el mismo contagio, llevándoles a intentar –infructuosamente- la misma cura. La historia, aunque nada original, permitía presentar rápidamente algunos aspectos íntimos de los personajes al tiempo que reconocía no sentirse culpable por seguir los pasos de su ilustre predecesora.

Aunque entonces era todavía muy pronto para tener la necesaria perspectiva, la larga trayectoria que acabaría registrando LNG en relación con la serie original significó que a la postre pudo prestarse mucha mayor atención a explorar el trasfondo y personalidades de los principales personajes. Tomemos por ejemplo el episodio “Paraíso”, en el que se presentó un personaje que se volvería recurrente en los años por venir: la arrolladora Lwaxana Troi, madre de la consejera Deanna.

Interpretada por la esposa de Roddenberry, Majel Barrett, Lwaxana era una auténtica fuerza de la naturaleza, una mujer exuberante sin pelos en la lengua que podía ser arrogante, excitante y despreocupada. Obsesionada por encontrar marido no sólo para su hija sino para sí misma (y el propio Picard fue su objetivo en varios episodios), inicialmente era más una caricatura, una excusa cómica alrededor de la cual articular una trama, que un verdadero personaje. Más tarde, sin embargo, los guionistas supieron perfilarlo poco a poco y, hacia el final de la serie, dotarla de un núcleo trágico tras esa fachada feliz e impetuosa. Sin duda algo tuvo que ver en ello cómo se sentía la propia Majel ante el declive físico y eventual muerte de su marido.

Majel era ya una actriz con experiencia cuando conoció a su futuro esposo, Gene Roddenberry, mientras participaba en una serie creada por él, The Lieutenant. Aquel programa no duró mucho, pero la relación entre ambos sí lo haría. Formaban un matrimonio querido por todos y que no sólo funcionaba a nivel emocional, porque Gene siempre se las arregló para encontrar un hueco a su esposa en su mayor obra, Star Trek. Creó para ella el personaje de “Número Uno”, la primera oficial del episodio piloto de la serie original, un papel en exceso vanguardista (una mujer capaz e inteligente en un puesto de mando en una nave militar) para los ejecutivos de la cadena, que no dieron su visto bueno. Roddenberry no se rindió y le encontró lugar como la enfermera Christine Chapel, que apareció en 25 episodios de la serie original y dos películas. Por su parte, Lwaxana Troi intervino de manera relevante en seis episodios de LNG y tres de Espacio Profundo 9. Aún más: era su voz la que pudo oírse en nada menos que 236 episodios de la franquicia y seis películas, verbalizando las frases de las computadoras de a bordo.

Tras la muerte de Roddenberry en 1991, Barrett conservó su legado produciendo con notable éxito dos series televisivas creadas por su marido: La Tierra: conflicto final y Andrómeda. Murió en 2008 y será siempre recordada por amigos y fans como “La Primera Dama de Star Trek”.

Un intento de hacer algo diferente fue “La conspiración”, una terrorífica historia en la que unos alienígenas se apoderan del cuerpo y la mente de personas clave del mando de la Flota. El final del capítulo, bastante gore para la época, revelaba por fin la verdadera naturaleza de los invasores y dejaba abiertas las puertas a una posible recuperación de los mismos, puesto que antes de desaparecer conseguían enviar un mensaje codificado a su mundo de origen, pidiendo quizá refuerzos. Era un desenlace más a tono con programas del estilo Dimensión Desconocida y que se distanciaba de las conclusiones cerradas y generalmente dominadas por el optimismo propias de la serie original.

Tracy Torme, guionista de este episodio, pensaba que los personajes se llevaban demasiado bien y que era el momento de introducir un ramalazo oscuro en la armonía utópica de la Flota. El concepto original bebe claramente de la película Siete días de mayo (1964), en la que Kirk Douglas averiguaba que un grupo de militares del Pentágono estaba preparando un golpe de estado. Pero Gene Roddenberry se negó a permitir esta desviación de su canon y por eso hubieron de introducirse los alienígenas como motor de la trama en lugar de las muy humanas ansias de poder y las intrigas políticas. Con todo, el episodio causó revuelo entre los fans. La mitad de ellos opinaba que era ese tono desmitificador lo que necesitaba la serie mientras que la otra mitad se sintió disgustada por la misma razón.

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“El gran adiós”, a mitad de temporada, dio la primera señal de la sofisticación temática que terminaría por alcanzar LNG. Mientras se dirigen a una difícil misión diplomática, Picard decide relajarse invitando a sus amigos a participar en una aventura diseñada en la sala de hologramas, una trama basada en la vida ficticia de un detective privado del siglo XX llamado Dixon Hill. Un error en la programación de la sala impide la salida o entrada de la misma o la cancelación del programa en curso. La tripulación no puede comunicarse con Picard y éste no puede avisarles de que se halla en peligro, puesto que las salvaguardas que impiden a la computadora dañar o incluso matar a los humanos han quedado desactivadas.

El 3 de abril de 1968, justo antes de comenzar la tercera temporada de la serie original, Gene Roddenberry escribió una carta al director de programación de la NBC describiendo los planes que tenía para el futuro de Star Trek. En ella indicaba que para variar la monotonía impuesta por el escenario del puente y, en general, la nave Enterprise, se añadiría a ésta una zona de entretenimiento con simulación de exteriores, que podía recrear vegetación, agua, etc. Aquella idea no llegó a cuajar en el programa, aunque sí fue retomada en 1974 para un episodio de la serie animada. No sería hasta el episodio piloto de LNG que los fans vieron por primera vez el concepto en su totalidad. Y esta vez, ya con un nombre: la Sala de Hologramas (en inglés, “Holodeck”).

No se sabe de dónde sacó Roddenberry la idea. Quizá del cuento escrito por su amigo Ray Bradbury, “La pradera” (1950), en el que una guardería inteligente era capaz de recrear para los niños cualquier paisaje que éstos le solicitaran. O puede que leyera los ensayos del experto en ordenadores Ivan Sutherland, que predijo una habitación que podría “controlar la materia”. En cualquier caso, se habían producido grandes avances en electrónica desde la emisión de la serie original. Los ordenadores cada vez más sofisticados y los videojuegos habían mostrado a los más avezados las posibilidades que esa tecnología ofrecería en el futuro. Además, LNG se estrenó poco después de que la novela Neuromante (1984), de William Gibson, pusiera de moda el ciberpunk y la realidad virtual.

Sea como fuere, lo cierto es que aquel concepto resultó revolucionario para la serie porque la convirtió en una antología en la que podía aparecer cualquier cosa gracias a la sala de hologramas, ya fuera el Londres victoriano (“Elemental, querido Data”), el lejano oeste (“Por un puñado de Datas”), el antiguo puente de la Enterprise original (“Reliquias”) y, en general, todo tipo de entornos virtuales extraídos de la literatura, la historia o el pasado biográfico de los personajes. Por si fuera poco, sus continuos fallos técnicos aportaban la necesaria dosis de peligro y conflicto a diversos episodios.

En “El gran adiós”, el guionista Tracy Tormé ofreció un pastiche de serie negra basado en clásicos del género como El halcón maltés o El sueño eterno, ganando con él nada menos que el prestigioso galardón internacional Peabody para la radio y la televisión. La historia no sólo permitía variar radicalmente el aspecto visual de la serie (el diseñador de vestuario William Ware Theiss ganó el premio Emmy en su especialidad) sino que los actores podían relajarse interpretando historias de género o de corte histórico. Además y más allá de su contenido cómico, la historia contenía un elemento filosófico desde el momento en el que los personajes virtuales creados por la Sala descubren que existe otra realidad más allá de la suya. Dos de ellos pagan esa información con sus “vidas”, disolviéndose literalmente cuando tratan de escapar al mundo real de la Enterprise, mientras que el compañero de Dixon Hill-Picard reflexiona sobre si seguirá existiendo cuando el programa deje de funcionar. Los guionistas de LNG llevarían el fascinante tema de los hologramas inteligentes todavía más lejos en otros episodios no sólo de esta serie sino también de Espacio Profundo 9 y Voyager.

El episodio “El corazón de la gloria” nos traía de vuelta a los klingon y ponía sobre la mesa lo especiales que pueden llegar a ser los fans más radicales de la serie. Éstos, cuyo oído se había afinado a base de ver una y otra vez los viejos episodios de los sesenta y leer incontables novelas, cómics y fanzines, detectaron algo raro en la forma de hablar de los klingon que aparecían aquí. Y había una razón para ello: los guionistas se inventaron el vocabulario sobre la marcha sin tener en cuenta el trabajo del lingüista y trekkie Marc Okrand.

En 1984, mientras trabajaba como consultor en la producción de Star Trek III: En busca de Spock, sentó las bases de lo que los estudiosos reconocen hoy como la lengua oficial de los klingon. Un año después aumentó el vocabulario y las reglas gramaticales en El Diccionario Klingon, un superventas que sigue reeditándose aún hoy. Pero aunque todo fan que se preciara conocía bien esa obra, no pasaba lo mismo con los guionistas de la serie, que ni siquiera habían oído hablar de él. Después de emitir “El corazón de la gloria” alguien les habló del diccionario y empezaron a utilizarlo en sucesivos capítulos para incluir palabras y expresiones. Más tarde, cuando Okrand estaba trabajando en Star Trek V: La última frontera, los guionistas se enteraron de que andaba por los estudios de Paramount y le pidieron que se acercara a su oficina para ayudarles con algunas frases en el episodio “Cuestión de honor”, en el que Riker pasaba un tiempo como “oficial de intercambio” en una nave klingon. Y de esta forma, el honor de la raza guerrera quedó adecuadamente restaurado ante los fans tras el patinazo de “El corazón de la gloria”.

Poco a poco y como había hecho la serie original, LNG empezó a utilizar los argumentos de sus episodios para articular discursos sobre la actualidad social y política. Un buen ejemplo de ello es el capítulo “Simbiosis”, en el que la Enterprise acude en rescate de un carguero que transporta una valiosa mercancía de un planeta a su mundo vecino. Picard es informado de que durante dos siglos, los brekkianos –propietarios del carguero‒ han venido proveyendo de un medicamento llamado felicium a sus vecinos los ornaranos. Dicho medicamento les ayuda a combatir una enfermedad endémica y a cambio los ornaranos trabajan duro para mantener el lujoso nivel de vida de los brekkianos. Pero cuando ambos pueblos empiezan a discutir sobre el pago del cargamento, la doctora Crusher averigua que hace mucho tiempo que los ornaranos se curaron de la enfermedad y que ahora el felicium sólo les sirve de narcótico, un secreto bien conocido para los brekkianos. Aunque la primera reacción de Crusher es contarle a los ornaranos que han sido convertidos en drogadictos por los brekkianos, Picard la advierte de que no puede contravenir la Primera Directriz e intervenir en los asuntos internos de los mundos. Ha de encontrarse otra solución…

En 1988, la entonces Primera Dama estadounidense, Nancy Reagan, lanzó una campaña denominada “Just Say No” contra el uso de drogas recreativas. Se abrieron más de doce mil clubs “Just Say No” en todo el país e incluso en otras naciones y la señora Reagan pasó mucho de su tiempo concediendo entrevistas a todos los medios en apoyo de esa iniciativa. Aunque la campaña fue alabada por muchos sectores, hubo otros que pensaron que no ahondaba en los verdaderos problemas que acechan tras el uso de las drogas: el desempleo, la pobreza, las familias deshechas….

Como he dicho, tradicionalmente los episodios de Star Trek habían servido como metáforas de cuestiones sociales, pero la campaña “Just Say No” parecía una elección un tanto extraña a la hora de lanzar un mensaje desde la serie. Las diferentes encarnaciones de la franquicia y su propio creador, Gene Roddenberry, estaban políticamente situados más hacia la izquierda que hacia la derecha a la hora de abordar el trasfondo social de las historias. Pero aún así, algunos diálogos muy poco sutiles de “Simbiosis” bien pudieron haber formado parte de la publicidad oficial de la campaña “Just Say No”.

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El episodio “La piel del mal” cayó como un jarro de agua fría entre los fans al confirmar que ése sería el último en el que participaría Denise Crosby como Tasha Yar. La decisión la tomó la propia actriz quien, aunque lo pasaba bien en los rodajes y congeniaba con sus compañeros, sentía que su personaje no tenía desarrollo alguno limitándose a permanecer de pie en el puente y recitar frases técnicas. Quería hacer más, tener más relevancia, pero los productores no pudieron garantizárselo. La serie, le dijeron, se centraba en Picard, Riker y Data. El resto de personajes se limitaban a actuar de comparsas útiles. Y para Crosby esto no era aceptable. Los productores accedieron a liberarla de obligaciones contractuales y ambas partes se separaron amistosamente. La actriz participaría en otras series e incluso obtuvo un papel importante en Cementerio de animales (1989), pero jamás encontró aquel personaje que la llevara a la fama.

Irónicamente, dos años después de que abandonara la Enterprise, Crosby regresaba como Tasha Yar en el magnífico episodio de la tercera temporada “El Enterprise del ayer”. Fue una aparición puntual (Tasha había muerto en “La piel del mal”) propiciada por el truco temporal del propio argumento, pero a los fans les encantó y más adelante la actriz regresaría a la serie encarnando a la hija de Tasha Yar. Así que, al final, Denise Crosby consiguió lo que ansiaba en la serie… aunque antes tuvo que morir para ello.

Con el vigésimo sexto capítulo, emitido en mayo de 1988, la serie llegó al final de su primera temporada. Y lo hizo superando todas las expectativas. Desde el comienzo, el público, los agentes de los actores y los ejecutivos se habían mostrado muy escépticos acerca de las posibilidades del programa. ¿Una continuación de una serie con estatus de culto? ¿Un programa sindicado sin el apoyo de una gran cadena? ¿Actores nuevos y prácticamente desconocidos? Tanto es así, que se prepararon tres contratos diferentes: uno para el episodio piloto, otro para la mitad de la primera temporada y un tercero para la segunda mitad en el caso de que ésta finalmente recibiera luz verde. Y vaya si la tuvo. La audiencia respondió mejor de lo esperado y los actores, algunos de los cuales esperaban que aquello sólo sería un trabajo breve y de paso a otros proyectos, vieron renovados sus contratos. Contra todo pronóstico, Star Trek: La nueva generación se había convertido en un fenómeno sólo superado en la televisión americana por Luz de Luna y La Ley de los Ángeles, series que apuntaban a un público mucho más mayoritario.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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