"Star Trek: La nueva generación". Sexta temporada (21 de septiembre de 1992 - 21 de junio de 1993)

Durante la sexta temporada de Star Trek: La nueva generación, llegó también el momento del lanzamiento del esperado spin-off: Star Trek: Espacio Profundo Nueve, que se estrenó en enero de 1993.

El productor Michael Piller supervisó también esta nueva criatura de la franquicia, dejando a Jeri Taylor el puesto de coproductora ejecutiva de LNG. Los actores Colm Meaney y Rosalind Chao pasaron a formar parte del reparto habitual de la serie, ambientada en la estación espacial que le da título, como también el guionista Peter Allan Fields, el productor Ira Steven Behr y el supervisor de efectos visuales Robert Legato (dejando a Dan Curry como responsable único de ese departamento en LNG).

Los guiones de LNG siguieron estando firmados y/o supervisados por el núcleo de veinteañeros que habían llevado la serie hasta su punto más alto: Ronald Moore, René Echevarría, Brannon Braga y Naren Shankar (Joe Menosky se marchó a Italia durante tres años y aunque siguió colaborando ocasionalmente en algunos episodios no reanudaría su relación con la franquicia hasta el estreno de Star Trek: Voyager). Espacio Profundo Nueve se estrenó con índices de audiencia astronómicos, pero los de La nueva generación se mantuvieron igualmente buenos, lo que significaba claramente que el público quería más Star Trek. Paramount tomó nota y empezó a hacer planes para un nuevo spin-off: Voyager.

Dos de los primeros episodios de la sexta temporada eran claros homenajes a sendos clásicos. “El reino del miedo”, escrito por Brannon Braga, recuperaba el espíritu de uno de los capítulos de Dimensión desconocida, “Pesadilla a 20.000 Pies” (curiosamente, protagonizado por William Shatner), en el que el pasajero de un avión se ve incapaz de convencer al resto del pasaje y la tripulación de que hay una criatura en el ala de la aeronave.

Por su parte, “El mediador”, escrito por Frank Abatemarco, era una actualización de El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y del que nadie quedó demasiado satisfecho.

“Cismas”, escrito por Brannon Braga, llevaba al universo trekkie el tema de las abducciones extraterrestres (antes del estreno de Expediente X).

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“Reliquias”, en cambio, fue un episodio muy emotivo por la recuperación de otro de los personajes de la serie original: el ingeniero Montgomery Scott, “Scotty”. En este capítulo, la Enterprise realiza tres hallazgos históricos el mismo día: un inmenso hábitat artificial en forma de esfera Dyson; los restos de una nave estrellada setenta y cinco años atrás en su superficie, la “Jenolen”; y el capitán de ésta, Scott, todavía vivo tras pasar todo ese tiempo en suspensión molecular dentro del transportador como solución de emergencia para sobrevivir. Scotty es una leyenda y un ingeniero genial, pero no tarda en crispar los nervios de La Forge, que trata de hacer su trabajo mientras su veterano compañero insiste en aportar su grano de arena. Sin embargo, cuando la Enterprise cae en la misma trampa que la Jenolen años atrás, Scotty demostrará que todavía es capaz de obrar milagros con la tecnología.

Escrita por Ronald Moore, fue una historia conmovedora sobre un hombre que, aunque haya contribuido por enésima vez a salvar la Enterprise, debe asumir que su tiempo ha pasado, que ya no podrá ponerse al día, que jamás se acostumbrará a “comandantes sintéticos” y “whiskies sintéticos”. El equipo de producción se tomó muchas molestias para reproducir (sobre un croma) el puente original de la Star Trek de Kirk, recreado por la sala de hologramas a petición de un especialmente melancólico Scotty, el centelleo de los viejos transportadores e incluso un fragmento musical de la fanfarria de entonces.

Para entonces, el trío fundamental de guionistas de la serie estaba en su mejor momento. Ronald Moore se especializó en historias de intrigas políticas y el mundo klingon; Brannon Braga aportaba guiones construidos alrededor de conceptos imaginativos; y René Echevarría sobresalía en argumentos con poca acción pero centrados en los personajes y sus emociones. “Un verdadero Q” fue un ejemplo de estos últimos. Una joven interna, Amanda Rogers, llega a la Enterprise para pasar un periodo de prácticas. Inteligente, atractiva y muy entusiasta, esconde unos grandes poderes que acaban revelándose a su pesar cuando salva a la nave de un escape del reactor. Es entonces cuando aparece Q, quien afirma que la muchacha, aunque ella no lo sabe, es en realidad un miembro de su especie y que debe marchar con él a su dimensión. A Echevarría no le gustaba demasiado el personaje de Q, pero consiguió dar un giro a esta historia –enviada al estudio por un muchacho de 17 años‒, dejando a un lado al excéntrico extraterrestre para convertirla en la de una adolescente en proceso de madurez física y emocional.

Durante la quinta y sexta temporadas el encargado de escribir la tecnocháchara y aportar los conceptos “científicos” de los argumentos fue Naren Shankar (André Bormanis lo relevó de esa tarea en la séptima temporada, cuando Shankar se convirtió en guionista fijo del staff).

“Capacidad de vida” es un buen ejemplo del tipo de lenguaje “científico” con que a veces se abrumaba al espectador. Fue el segundo episodio escrito por Shankar pero, bajo toda esa verborrea, se esconde un corazón de excelente ciencia ficción. La doctora Farallon, al cargo de una estación orbital minera experimental, ha creado una serie de computadoras móviles a las que llama exocomp, capaces de reparar averías y replicar los instrumentos que necesiten en cada caso, normalmente en lugares y situaciones letales para los humanos. Pero Data se da cuenta de que esas máquinas son en realidad seres vivos. Aún más, podrían ser tan inteligentes como él mismo lo es. Dado que ninguna vida es más valiosa que otra, Data se opone a que los exocomps sigan utilizándose como mano de obra esclava, aunque ello suponga sacrificar las vidas de Picard y La Forge.

Es un episodio que reflexiona sobre lo que es la vida, cómo la definimos y lo limitados que nos encontramos por nuestra propia biología a la hora de detectar esa cualidad en otros seres. ¿En qué momento podría considerarse a una inteligencia artificial como “vida”? Era un tema que ya se había tratado en uno de los mejores episodios de la serie, “La medida de un hombre”, pero que aquí se lleva a su lógica conclusión. Data, que fue defendido y salvado en aquel episodio por Picard, se ve enfrentado a un dilema ético, el de sacrificar a su capitán para proteger otra vida. Es un gran momento para Data, porque bajo su razonamiento lógico y aunque él no lo reconozca, oculta algo emocional y, por tanto, humano.

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“Cadena de mando” fue un episodio doble, cuya primera mitad fue escrita por Ron Moore. En ella, Picard, la doctora Crusher y Worf son enviados en misión secreta a un planeta en posesión de los cardasianos para investigar la fabricación de una poderosa arma de destrucción masiva. Mientras tanto, la Enterprise, cuyos tripulantes nada saben de la misión de Picard, pasa al mando del capitán Edward Jellico (interpretado por el veterano Ronny Cox), un oficial estricto y antipático que inmediatamente causa rechazo en Riker hasta el punto de llegar a cesarlo en el mando. Es un personaje que sólo pudo cobrar vida tras la muerte de Gene Roddenberry, a quien le disgustaba ver conflictos interfiriendo en la serena vida a bordo de las naves de la Flota. Y, si algo hace Jellico, es crear conflicto. Pero al mismo tiempo. Moore supo evitar el tópico del oficial odioso que en último término se revela incompetente y ha de ser salvado in extremis por algún otro personaje. Jellico es duro, pero también sabe lo que hace y, de hecho, es él quien consigue evitar la guerra y salvar a Picard del cautiverio en el que ha caído.

La segunda parte, escrita por los guionistas Frank Abatemarco (su última contribución para la serie) y Jeri Taylor ponía su foco emocional en la brutal tortura a la que era sometido Picard tras ser hecho prisionero por los cardasianos. Aparte de los obvios homenajes al 1984, de George Orwell, ambos escritores se documentaron ampliamente tanto en la psicología de los torturadores como en las experiencias de supervivientes a estas prácticas. Patrick Stewart, por su parte, estudió grabaciones cedidas por Amnistía Internacional, organización que también colaboró en la redacción del guión y rodaje, dando como resultado unas conmovedoras y muy realistas escenas que le permitieron al actor (y a su némesis para ese episodio, el torturador cardasiano interpretado por David Warner) brillar de forma especial.

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“Una nave en una botella”, escrito por René Echevarría, recuperaba el hilo argumental de un episodio de la segunda temporada, “Elemental, querido Data”, para traer de vuelta a Moriarty en la sala de hologramas. Éste, decidido a vivir una existencia real fuera de ese espacio cerrado y virtual, lo consigue y, empeñado en que los técnicos de la Enterprise le proporcionen una compañera, toma el control de la nave en un momento en el que ésta se halla en una situación comprometida. Es un episodio que vuelve a reflexionar sobre la naturaleza de la vida, introduciendo además, en un inteligente giro, ese tema tan querido por Philip K. Dick que es el que la realidad que percibimos no sea sino una ilusión.

Ronald Moore escribió con “Tapiz” el que él mismo considera uno de sus mejores trabajos en la serie. En ella, Picard, tras resultar mortalmente herido, se encuentra cara a cara con Q, que afirma ser Dios. Le ofrece retroceder en el tiempo y cambiar aquellos momentos de su vida de los que se arrepiente y, concretamente, uno en el que, cuando era un atolondrado e impulsivo cadete, se metió en una pelea de la que salió tan mal parado que su corazón hubo de sustituirse por uno artificial. Moore jugaba con la idea de que, mientras que Kirk había sido un erudito en la Academia para luego convertirse en un buscalíos amante de las mujeres, Picard había seguido el camino inverso. El mensaje del episodio era que, si nos aceptamos como somos, debemos también aceptar la forma en que hemos llegado a ser lo que somos. Incluso aquellos momentos de los que ahora nos podemos arrepentir han contribuido a conformar nuestro yo. El capítulo, además, marcó un nuevo paso en la evolución del popular Q, que había comenzado en la serie como un mero villano casi omnipotente para ir transformándose, temporada a temporada, en un ser igualmente poderoso, pero progresivamente más maduro, empatizando con los humanos, sintiendo la necesidad de ser uno de ellos para comprender sus emociones, representando los intereses de su especie y, por fin, ejerciendo de ángel custodio de Picard (como el Clarence de ¡Qué bello es vivir!).

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“Estado de ánimo” es un típico ejemplo de la clase de historias que imaginaba Brannon Braga, quien tenía en la puerta de su despacho un cartel que rezaba: “Príncipe de la Oscuridad”. La víspera de realizar una misión encubierta en el planeta Tilonus IV para rescatar a unos rehenes de la Federación, Riker experimenta cambios en la realidad, saltando de su vida normal en la Enterprise a un confinamiento en una institución mental alienígena. Por si esto no fuera lo suficientemente extraño, pasa su tiempo en la Enterprise ensayando una obra teatral en la que interpreta a un paciente mental atrapado en un manicomio. El fino velo entre la realidad y la fantasía empieza a tambalearse y Riker se ve obligado a creer al terapeuta extraterrestre que le asegura que es un paciente encerrado allí por asesinato… Aunque era un concepto intrigante, también tenía poco recorrido, pero el resto del equipo de guionistas colaboró en afinar una historia que permitió a Jonathan Frakes demostrar su capacidad interpretativa.

Como le sucedía a Gene Roddenberry, muchos de los personajes que viven en la Enterprise son humanistas más que creyentes. Puede que practiquen alguna fe religiosa, pero no hablan de ello. Por eso resulta irónico que el único personaje abordo que parece atrasado desde el punto de vista de la civilización sea el que atesore y exprese las creencias espirituales más firmes. En “Heredero Legítimo”, Worf se toma un permiso de la Enterprise para viajar hasta un monasterio klingon, donde espera “encontrar a Kahless” a través de la meditación. Aunque ese legendario líder espiritual de su pueblo lleva muerto muchos años, Worf descubre lo que parece ser un Kahless de carne y hueso y que, además, desea retomar su papel de dirigente. Ello despertará los recelos de Gowron, el actual líder del Imperio Klingon, que ve a Kahless como una amenaza a su reinado y trata de demostrar que su reaparición es un fraude. Ambos, Kahless y Gowron, tratan de convencer a Worf para que se una a su bando en el inminente conflicto.

Una historia como la de “Heredero legítimo” no podría haber funcionado más que con Worf. Hasta ese momento, no se había realizado una reflexión sobre la espiritualidad y la fe, temas que parecían imposibles de encajar en el tipo de universo creado por Roddenberry. Pero el guionista Ron Moore aceptó el desafío atraído por la posibilidad de explorar la idea de conocer a alguien del pasado recreado en el presente. ¿Qué ocurriría si pudiéramos traer de vuelta a Jesucristo o a Buda? ¿Qué efecto tendría sobre la fe de sus seguidores? ¿Qué sería auténtico y qué no? Además, el episodio permitía profundizar en la esfera religiosa y política del Imperio Klingon. Todas esas cuestiones fueron exploradas por Moore utilizando ese estilo indirecto tan querido por Star Trek y que le ha permitido evitar siempre la polémica.

Si “Heredero legítimo” era un buen ejemplo del tipo de guión enérgico y denso que tan bien se le daba a Ron Moore, y “Estado de ánimo” de los juegos mentales que proponía Brannon Braga, “Segunda oportunidad” definía la especialidad de René Echevarría: historias dominadas por los sentimientos. Tanto es así, que muchos fans pensaban que él era una mujer, algo que él se tomaba como un halago. En este capítulo, William Riker regresa a Nervala IV para recuperar los datos de una computadora que hubo de dejar atrás apresuradamente cuando su equipo fue evacuado años atrás. Las peculiares condiciones atmosféricas del planeta sólo permiten operar a los transportadores en ventanas muy concretas de tiempo cada ocho años. Cuando Riker se materializa en la base abandonada, descubre con inmensa sorpresa un duplicado exacto de sí mismo que, debido al campo de distorsión atmosférico, fue creado en el instante en el que, casi una década atrás, él se transportó fuera del planeta. Este Riker ha vivido los últimos ocho años solo en ese desolado mundo y está ansioso por retomar su vida allá donde la dejó, sobre todo en lo que se refiere a su relación amorosa con Deanna Troi. Por supuesto, ello va a provocar múltiples problemas, tanto con el ahora comandante Riker como con su antiguo amor.

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“Segunda oportunidad” fue una inmejorable ocasión para contar una historia romántica entre Riker y Troi, de los que siempre se mencionaba su antigua relación aunque ahora ésta hubiera terminado. Este capítulo permite profundizar en ella, en el amor que compartieron y las razones por las que se distanciaron. Hasta hoy día, sigue siendo uno de los episodios favoritos de los fans.

“Descenso” fue un episodio en dos partes que, como ya era tradicional, quedó dividido entre la temporada saliente y la entrante, en este caso la sexta y la séptima. En ella, vemos ya algunas de las características que Ronald Moore desarrollaría en profundidad en su siguiente gran proyecto personal, Battlestar Galactica. En un encuentro con los borg (unos borg mejorados, con personalidad y nombre), Data mata a uno de ellos en legítima defensa, pero para sorpresa propia y ajena, experimenta por primera vez una doble emoción: furia y satisfacción por el acto de matar. Aún más impactante resultará su deserción y su alianza con su malvado hermano Lore, quien ha reunido en torno suyo a una facción de los borg.

Traiciones de aliados, androides sofisticados dirigiendo a otros que lo son menos (aunque en este caso los borg no sean tales sino ciborgs), seres artificiales con emociones... Ronald Moore estaba encantado con la posibilidad de explorar este lado oscuro de los personajes, una faceta que sin duda habría suscitado el rechazo de Gene Roddenberry al ver maculado su universo ideal. Moore, como sus compañeros guionistas, comprendía que el mejor drama es el que se desarrolla entre los personajes protagonistas, aunque ello signifique revelar las facetas menos ejemplares de sus personalidades.

Sin embargo, Moore no acabó totalmente satisfecho con el episodio. Las escenas de acción le parecieron acartonadas y carentes de imaginación, algo que en buena medida se debía a que el apretado calendario de producción impedía prestarles la debida atención y preparativos. Son escenas más complejas que las de diálogo, ya que intervienen consideraciones de seguridad, diseño de coreografías, preparación de los especialistas, movimientos de cámara más complejos… Años más tarde, en Battlestar Galactica, Moore se aseguraría de disponer del tiempo necesario para que la acción estuviera adecuadamente reproducida en pantalla. Por otra parte, la conclusión de la historia (como primer capítulo en la séptima temporada), fue un tanto decepcionante. René Echevarría, encargado de la segunda parte, admite que tenía demasiadas tramas abiertas y con demasiado peso dramático como para cerrarlas de forma satisfactoria y haciendo honor a los personajes.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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