"Star Trek: La nueva generación". Séptima temporada (20 de septiembre de 1993 - 23 de mayo de 1994)

Al comenzar su séptima temporada, Star Trek: La nueva generación estaba en boca de todos, incluso la de la Academy of Television, Arts And Sciences, que por fin se dignó reconocer la valía del programa nominándolo a Mejor Serie Dramática (perdió ante Picket Fences). El interés del público estaba en su mejor momento y no decayó en absoluto cuando Paramount anunció que esa séptima sería su última temporada y que en noviembre de 1994 se estrenaría la primera película: Generaciones.

Esa decisión tenía sentido para el estudio desde un punto de vista financiero. Con el paso de los años, el coste por episodio había ido elevándose y la serie ya no era tan rentable como al principio. Tras 178 episodios, era el momento de cambiar el paso y probar otro formato. Por otra parte, el equipo de producción estaba sumido en un torbellino enloquecido que apenas les dejaba respirar: además de La nueva generación, se encargaban de Espacio Profundo 9 y el inicio de Star Trek: Voyager, que sustituiría a LNG en la parrilla. Además, para encajar en el calendario la producción de la nueva película, hubo de acelerarse el ritmo en el rodaje de la serie principal, lo que significó acortar el periodo de descanso del equipo entre temporadas. Muchos de los técnicos trabajaban tanto en La nueva generación como en Espacio Profundo 9 y otros, como los guionistas Ronald Moore y Brannon Braga, lo hacían en la película. Para los agotados actores, fueron momentos agridulces: sabían que estaban en la cima de su popularidad, pero también que ese periodo de sus vidas personales y profesionales llegaba a su fin.

Con la mayor parte de los esfuerzos creativo y de producción centrados en Espacio Profundo 9 y Generaciones, los guionistas empezaron a dar signos de agotamiento. Es ahora cuando empiezan a aparecer por todas partes familiares de los personajes (la madre de Geordi, el hermano de Worf, Wesley Crusher, la “madre” de Data, el hijo de Picard, el de Worf…) y se reciclaron y recalentaron ideas (“Relaciones” no dejaba de ser una variación de Misery, la película basada en la novela de Stephen King; “Gambito” era una historia de piratas espaciales que Roddenberry jamás habría autorizado; en “Fantasmas”, volvíamos a tener a un Data funcionando mal y poniendo en peligro a sus compañeros; “Subrosa” no dejaba de ser un cuento gótico de fantasmas y casas encantadas trasladado a otro planeta; algo parecido ocurre con “El ojo del espectador”, otra historia de espectros que, en esta ocasión, “hablan” desde el más allá para señalar a su asesino; “Génesis” seguía las líneas de una historia de monstruos de serie B…)

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Por su parte, “Paralelos” no dejaba de ser una vuelta de tuerca más a la idea de los universos alternativos. En esta ocasión, Worf se encontraba inexplicablemente atrapado en un permanente salto de un universo alternativo al otro tras regresar a la Enterprise de una competición deportiva. De pronto, pasa a vivir en una realidad en la que el capitán Picard no regresó nunca de su secuestro por parte de los borg, Riker se convirtió en el líder de la Enterprise y él se casó con Deanna Troi. Brannon Braga nunca creyó que le aceptarían este guión –entre otras cosas porque contenía una escena con cientos de naves apareciendo simultáneamente en el espacio, muy complicada técnicamente y costosa económicamente‒, pero para su sorpresa así fue. Utilizar el concepto científico de los universos paralelos derivado de la física cuántica fue una apuesta arriesgada para la televisión de la época, tanto, de hecho, que se incluyó una escena en la que Data la explicaba utilizando un gráfico.

De hecho, fue este episodio con múltiples niveles narrativos excluyentes entre sí el que dejó con la boca abierta a un joven aficionado: Robert Orci que años después, en 2009, escribiría junto a Alex Kurtzman el guión de la nueva película de Star Trek dirigida por J.J. Abrams. En ella, Orci utilizó aquella misma idea para establecer un nuevo universo alternativo con su propia línea cronológica en la que se desarrollaría la nueva encarnación de la franquicia cinematográfica.

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Más interesante fue, por ejemplo, “Cubiertas inferiores”, una historia que se narraba desde el punto de vista de un grupo de esos personajes sin diálogo que siempre aparecen en la serie de fondo, tecleando paneles o cruzándose con los protagonistas en los pasillos. Era una aproximación original a la vida de la nave más allá del puente, en el que unos jóvenes alféreces en proceso de obtener –o no- ascensos en la Enterprise deben encontrarse a sí mismos y su lugar en la nave. René Echevarría escribió (sobre una idea de Ronald Wilkerson y Jean Louise Matthias) una historia sobre las dificultades de alcanzar la madurez y el sentimiento de pérdida ante la muerte de compañeros que contó con un grupo de buenos personajes (como el vulcaniano Taurik o la bajoran Sito Jaxa. De haber continuado la serie una temporada más, probablemente habrían sido recuperados para pequeños papeles.

Por otra parte, la serie seguía fiel a algunas de las filosofías de Roddenberry, como la de convertirse en reflejo de ciertos debates sociales. Tomemos por ejemplo el episodio “Fuerza de la naturaleza”, en el que la Enterprise se ve abordada a la fuerza por dos científicos que exigen a la Federación que dejen de utilizar los motores de curvatura para desplazarse por el corredor en el que se encuentra su planeta. Esos motores, dicen, generan campos que alteran el subespacio y afectan al clima de su mundo, amenazándolo con tornarlo inhabitable. Tras estudiar la información que aportan, Data afirma que puede ser cierto pero que el asunto debería derivarse al Consejo Científico de la Federación. Uno de los alienígenas, frustrado por los retrasos burocráticos, decide demostrar su tesis de una vez por todas, sacrificando su vida y poniendo en peligro a toda la nave.

En 1973, los Estados Unidos hubieron de hacer frente al embargo de petróleo promovido por los países miembros de la OPEP. Ante un posible escenario de precios muy altos y suministro irregular, la administración del presidente Richard Nixon hizo diferentes propuestas con el fin de reducir el consumo nacional de combustible, incluyendo el establecimiento de un límite máximo de velocidad, asumiendo que la eficiencia máxima de los motores de combustión se alcanzaba a los 90 km/h. Al año siguiente, ese límite entró en vigor.

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“Fuerza de la naturaleza” se escribió en 1993, cuando el límite de velocidad y el deterioro de la capa de ozono estaban en boca de todo el mundo. Los guionistas convirtieron la polémica en una metáfora a través de la ciencia ficción. Ahora bien, puede que las intenciones fueran buenas, pero no el resultado. El mensaje y la moraleja estaban articulados de una forma algo burda y, aún peor, derivaron en una limitación que se convirtió en una auténtica molestia: la Federación decidió que las naves no superaran el límite de velocidad de warp 5. Se pensaba que dicha barrera podría generar escenarios dramáticos a partir de los cuales explorar nuevas historias, pero a la hora de la verdad los guionistas prefirieron ‒y a no mucho tardar‒ olvidarse del asunto discretamente y seguir utilizando los motores de curvatura con la misma liberalidad que antes.

Quizá fuera porque sabían que esta temporada era la última , pero ahora empezamos a ver a los guionistas atreverse con ideas que Gene Roddenberry de seguro no habría autorizado jamás. Tomemos por ejemplo, el episodio “La Pegaso”, escrito por Ronald Moore. Erik Pressman, antiguo capitán de Riker a bordo de la nave del título y ahora almirante, llega a la Enterprise para hacerse cargo de una misión secreta: recuperar su vieja nave, perdida doce años atrás, tras explotar y morir la mayor parte de la tripulación. Pero la nave está también en el punto de mira de los romulanos que, a su vez, mandan una expedición para encontrarla y hacerse con su tecnología. Ahora bien, sólo Riker y Pressman saben que a bordo se halla un secreto que podría echar por la borda la frágil tregua entre la Federación y los romulanos: un arma experimental que contraviene un tratado firmado años atrás por ambas partes.

Moore quería explicar en esta historia el por qué la Federación no tenía un ingenio de ocultación similar al que utilizaban los romulanos o los klingon. Roddenberry, siempre fiel a su futuro tan utópico como implausible, lo argumentaba diciendo que utilizar semejante tecnología era propio de mentalidades traidoras y que ello no casaba en absoluto con la mentalidad de la Federación. A Moore –como a cualquier espectador medianamente exigente‒ no le convencía en absoluto semejante explicación y optó por fundamentarlo con un tratado de limitación de armas.

Pero, sobre todo, Moore dirigió un torpedo contra la línea de flotación utópica de Roddenberry. La Flota Estelar –y, por extensión, la Federación- ya no era esa institución ejemplar cuyos miembros eran modelos intachables de lealtad, eficiencia y honestidad y que sólo recurren a la fuerza cuando no queda otro remedio. No, en su seno hay facciones que abogan por la carrera armamentística y el abierto belicismo; facciones, además, que conspiran, mienten y traicionan. El bueno de Gene jamás habría autorizado semejante planteamiento. Moore se salió con la suya, si bien no tanto como hubiera deseado. Aunque con remordimientos, Riker había estado involucrado en la conspiración y en este capítulo se nos mostraba bajo una luz bastante poco favorecedora. Había infringido gravemente las reglas y el guionista quería que ello tuviera consecuencias, dejándolo en el calabozo durante los siguientes tres meses. Manchar la reputación del primer oficial, uno de los protagonistas, ya era suficientemente malo para los productores y no autorizaron ir más allá con el castigo. Sin embargo, había sido un paso importante que seguía la línea abierta tres años antes por la sexta película de la franquicia, Aquel país desconocido (1991), también bastante escéptica acerca del carácter universalmente pacifista de la Federación.

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Algo parecido hizo el guionista Naren Shankar con la Primera Directiva, esa ley que impedía a las naves de la Flota Estelar intervenir en el devenir histórico de civilizaciones menos avanzadas tecnológica y socialmente que la Federación. En “De regreso”, Worf se disgusta muchísimo al enterarse de que su hermanastro humano, Nikolai Rozhenko, ha violado la Directiva mientras se hallaba destinado como observador antropológico en el planeta Boraal II. Debido a un raro fenómeno atmosférico, ese mundo está condenado a ser inhabitable en un plazo muy corto de tiempo y Rozhenko no sólo ha entrado en contacto con sus habitantes ‒casándose incluso con una nativa‒ sino que los guía hasta un refugio temporal en las cavernas y ruega a Picard que, al menos, ponga a salvo a un pequeño grupo de habitantes que permita conservar su cultura para el futuro. Pero el capitán se niega a intervenir y, aunque le duela, prefiere cumplir la Directiva y dejar morir a toda esa civilización. Entonces, Nikolai urde un engaño que impone a toda la tripulación de la nave la obligación de ayudarlos.

Shankar y sus compañeros guionistas pensaban, con razón, que la Primera Directiva tenía una vertiente cruel y cobarde. En situaciones como la descrita, por ejemplo, resulta hasta intolerable. Picard aparece retratado como un oficial insensible y falto de empatía, lo contrario a lo que había representado Kirk, dispuesto a saltarse las reglas cuando consideraba que éstas eran inhumanas. Es difícil pensar que Roddenberry hubiera autorizado el rodaje de un guión que, como es el caso, ponía en cuestión el carácter humanitario, benefactor y altruista de la Federación.

La serie original de los sesenta mencionaba siempre esa Directiva antes de que Kirk la violara sin dudarlo, justificándose con cualquier excusa tonta. Picard, en cambio, se negaba a tomársela a la ligera. Ambas actitudes reflejaban el momento social e histórico de Estados Unidos en esos dos momentos, la década de los sesenta y la de los setenta.

Algunos de los últimos capítulos de la serie siguieron esa línea de cuestionamiento de la bondad de la Federación. “El final del viaje”, además de modificar sustancialmente el personaje de Wesley Crusher, planteaba cómo un tratado de paz entre la Federación y los cardasianos implicaba el desalojo forzoso de los habitantes de varios planetas, entre ellos unos nativos americanos que se habían establecido allí encontrando un hogar largo tiempo anhelado. La Federación aparecía aquí bajo una luz muy poco favorable y el espectador no podía sino empatizar con la situación de los indios. De nuevo, la utopía imaginada por Roddenberry quedaba en entredicho: los indios habían abandonado la Tierra porque no se sentían a gusto con el tipo de mundo que se había creado allí. Su espiritualidad y la relación con la Naturaleza les hacía infelices en una Tierra cuyo clima y medio natural estaban cuidadosamente controlados, prefiriendo en cambio buscar un nuevo lugar donde establecerse.

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Algo parecido ocurre con el penúltimo capítulo, “Ataque preventivo”, en el que vuelve a aparecer uno de los secundarios recurrentes de la serie, la alférez Ro Laren, a la que se le ordena infiltrarse en los maquis, un grupo de guerrilleros que luchan contra los cardasianos para defender sus mundos del abuso de aquéllos, poniendo en peligro el antedicho tratado de paz firmado por la Federación. Resulta evidente lo injusto de tal acuerdo y la indefensión en la que la Federación deja a quienes debía proteger. Aquellos a los que etiqueta como terroristas resultan no serlo tanto y Ro Laren ve comprometida su lealtad.

Toda esta subtrama sirvió además para preparar el piloto de lo que iba a ser el nuevo programa de la franquicia, Star Trek: Voyager, que se estrenaría diez meses después. Los espectadores ya sabían a los maquis por haberlos visto tanto en LNG como en Espacio Profundo 9 , donde conocieron, en el piloto de Voyager a Chakotay, un indio americano que había abandonado la Flota Estelar para unirse a los maquis. Este personaje pasó a formar parte del reparto fijo de la nueva serie durante sus siete temporadas.

Ahora bien, todas estas discordancias con el espíritu original de la Federación tal y como lo imaginó Roddenberry, no iban a durar mucho. Las semillas de discordia sembradas en los últimos episodios de LNG sirvieron para impulsar, como he dicho, Star Trek: Voyager, en la que un grupo de disidentes maquis se verían obligados a cooperar con la tripulación de una nave de la Flota con el fin de sobrevivir. Pero con el tiempo, aprenderían a confiar los unos y los otros y todos acabarían siendo indistinguibles. Los maquis acatarían la política y normas de la Federación y obedecerían a la capitana de la Voyager. ¿Por qué?

La respuesta tiene un nombre, Rick Berman, responsable de mantener viva la franquicia tras la muerte de Roddenberry y encargado por el estudio para expandir el universo creado por él. Comprometido en el fondo a conservar el legado de su antecesor, se enfrentó muchas veces con los guionistas capitaneados por Michael Piller, quienes querían cambiar cosas y tomar opciones diferentes y más conflictivas. Al final, fue su criterio el que prevaleció, diluyendo la grave brecha política que se había abierto en la Federación a raíz del tratado de paz con los cardasianos.

Conforme pasaron los años, todo el equipo de LNG se acostumbró a las buenas cifras de audiencia y a la seguridad de que la serie se renovaría para una temporada más, y otra más… A la altura de la sexta temporada, todo el mundo creía que podrían llegar a la novena o incluso la décima sin ninguna dificultad. El problema era el factor humano.

Como ya mencioné, al final de la séptima temporada, los cinco guionistas, Ronald D. Moore, René Echevarría, Brannon Braga , Jeri Taylor y Naren Shankar, estaban exhaustos. La producción se desarrollaba de acuerdo a un calendario preciso. Los episodios se rodaban en siete días, permitiéndose un excepcional octavo si se trataba de uno importante, como los últimos de la temporada, o bien recortando a seis si andaban cortos de presupuesto. También por razones presupuestarias, se rodaba casi enteramente en interiores, con sólo cuatro o cinco días de rodajes en localizaciones exteriores cada temporada. La gran mayoría de paisajes extraterrestres se diseñaban en los estudios Paramount, normalmente en el 16, que recibió el apodo “Planeta Infierno”. Se producían 26 episodios al año (excepto cuando la huelga de guionistas acortó la segunda temporada) y ese inmisericorde ritmo significó que los guionistas sólo tenían un descanso de dos semanas entre temporadas.

Ese ritmo de trabajo era brutal. Veintiséis episodios por temporada supone exprimir las neuronas de los guionistas hasta dejarlas secas e inevitablemente acaban reciclándose ideas anteriormente usadas, a veces incluso más de una vez. Y para empeorar aún más su estado anímico y estrés, Ron Moore y Brannon Braga, como dije, habían tenido que ocuparse del guión de la primera película, Generaciones, dejando a Jery Taylor, Echevarría y Shankar tratando de cubrir su hueco en el staff de guionistas de la serie regular.

El personal de producción y los actores sufrían parecido grado de agotamiento y el presupuesto disponible ya no era suficiente para poner en pantalla grandes cosas. Además, como apunté anteriormente, el aumento de los costes de producción había restado rentabilidad a cada capítulo, por lo que, a pesar de las buenas cifras de audiencia, lo más razonable económicamente –además de lo más honesto creativamente‒ era cancelar la serie en su punto álgido en lugar de esperar a que languideciera y se hundiera. Para cuando la franquicia de películas del reparto original llegó a su conclusión con Aquel país desconocido (1991), Paramount empezó a considerar que La nueva generación debía cubrir ese hueco, dar el salto a la gran pantalla y dejar así su espacio televisivo a Espacio Profundo Nueve (ya consolidado tras un par de temporadas) y Voyager (que empezó a emitirse en 1995).

Esas dos nuevas series tomaron direcciones bastante distintas de lo que la franquicia había sido hasta el momento. Mientras tanto, la ciencia ficción en la televisión estaba disfrutando de una época de auge y variedad sin precedentes, en buena medida gracias al camino abierto por LNG, pero también a otros factores de tipo empresarial, como el aumento de canales por cable (especialmente Sci Fi Network) que ofrecían nuevas oportunidades a los programas sindicados y espacio a productos de género con los que atraer audiencias específicas, habitualmente poco atendidas por las grandes cadenas nacionales.

Los viajes de la Enterprise-D, por tanto, vieron acercarse su final. Y justo a tiempo. Porque el último año, el séptimo, no fue en absoluto destacable. Mientras que la sexta temporada había ofrecido historias valientes y frescas, como “Una nave en una botella”, “Estado de ánimo”, “Reliquias”, “Cadena de mando” o “Un puñado de Datas”, la séptima transmitía sensación de cansancio y estancamiento. Así, los guionistas se sacaron de la manga un episodio sobre la madre de Geordi, otra sobre la madre de Data, luego la de un medio hermano perdido de Worf… Los guionistas se sabían creativamente exhaustos. Si no hubiera sido por el triunfo del último y doble capítulo de la temporada, “Todas las cosas buenas…”, bien podrían haberse ido de la serie con un sentimiento de arrepentimiento en vez de orgullo.

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Este último episodio era una suerte de homenaje a la novela Matadero 5, de Kurt Vonnegut, cuyo protagonista saltaba en el tiempo. Aquí, Picard trata de impedir que una anomalía temporal destruya la humanidad haciendo que sus “Yos” presentes, pasados y futuros converjan en el mismo punto del espacio. Q, que ayuda a Picard a saltar de un momento a otro del tiempo, encuentra un motivo de respeto y admiración por el atribulado capitán. Es una trama compleja y no lineal que termina con una nota de tranquilidad y camaradería: por primera vez en toda la serie, Picard se une a sus oficiales en una partida de cartas. Se sienta, los mira a todos con afecto y empieza a repartir cartas diciendo: “El cielo es el límite”.

El hecho de que Brannon Braga y Ronald Moore escribieran “Todas las cosas buenas…” en el último minuto –siempre se dio por supuesto que Michael Piller lo haría, pero acabó pasándoles la tarea a ellos‒ y bajo la doble presión de terminar tanto la primera película de LNG como poner punto y final a una serie ya veterana y muy querida, puede que fuera precisamente lo que salvó el final de la serie (ganando además un Premio Hugo con él).

De alguna forma, quizá porque no tuvieron tiempo de pensar demasiado en ello, consiguieron dar a los fans y a ellos mismos un adecuado adiós a los personajes con los que habían convivido durante siete años. El final estaba totalmente dedicado a ellos, a quienes fueron al comienzo, quienes eran en el presente y quienes serían en el futuro, ya convertidos en ancianos. No es de extrañar que fuera el primer y único episodio de LNG que llegara a proyectarse en pantalla grande para el público en un cine de la Paramount dentro de los estudios, y cuando el proyector se apagó y se encendieron las luces, toda la sala se puso de pie y aplaudió.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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