El efecto Kuleshov sonoro

El efecto Kuleshov sonoro Imagen superior: "Luch smerti" (1925), de Lev Kuleshov.

¿El cine fue mudo alguna vez? Esa era la pregunta en El sonido antes del sonido. En la proyección histórica de los Lumière (1895) un pianista acompañaba las imágenes. Además, Edison y Dickson ya habían rodado una película, o al menos una escena, sonora (1894), que también puede considerarse el primer film gay de la historia.

En los inicios del cine, en lo que se llama el período primitivo del cine clásico (hasta 1917), la manera de interpretar la música en el cine todavía no estaba regulada y los pianistas y las orquestas lo hacían cada uno a su manera, pero todo cambió cuando en Hollywood se definió el modelo clásico, aquel al que debían ajustarse las películas.

En el modelo clásico había que intentar que el espectador no percibiera el artificio narrativo y que fuera llevado por la acción sin darse cuenta. La aplicación más conocida de estas normas es el llamado montaje trasparente de Hollywood, en el que también la música contribuía al objetivo buscado, convirtiéndose en el instrumento más poderoso para provocar las emociones del espectador:

“La banda sonora ‒escribe el director de escena y dramaturgo Pablo Iglesias Simón‒ ayudará a dirigir la atención del espectador, dar claridad y continuidad a la película, intentando generar determinados estados anímicos”.

A menudo se habla del efecto Kuleshov, aquél célebre uso del plano y contraplano: un mismo plano puede significar cosas muy diferentes en función de lo que vemos antes o después, y una misma mirada puede expresar deseo, hambre o avaricia.

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Imagen superior: una reproducción del efecto Kuleshov. Al parecer, la pieza que usó Kuleshov en sus clases no se conserva, pero al menos el actor que aparece aquí es el que él utilizó Kuleshov: Iván Mosjovkin. Hay que tener en cuenta que Kuleshov proyectaba sólo una escena a cada grupo de alumnos, no las tres seguidas como sucede aquí (por lo que el efecto se pierde un poco debido a ello, claro, puesto que vemos tres variantes de lo mismo y ya estamos sobre aviso de ese cambio de percepción).

El efecto Kuleshov se presenta a menudo anteponiendo el rostro del actor a lo que ve, pero, para provocar el efecto deseado con total seguridad, es mejor situar primero lo que queremos que el espectador entienda y luego la mirada del actor.

Si se sitúa lo que ve el personaje solo después de su mirada, el efecto retroactivo funciona en el espectador desde un punto de vista intelectual; es decir, entiende que el actor tenía hambre cuando ve (el espectador) el plato de sopa, pero se pierde el factor empático, pues no percibe esa mirada como de hambre en el momento mismo en que la ve. Una cosa es que el espectador se diga a sí mismo: “Ahora entiendo que el personaje tenía hambre y sé interpretar aquella mirada”. Otra cosa muy distinta es: “Siento/percibo en este instante que esa mirada es de hambre (porque ya he visto el plato de sopa)”.

Es decir, si sólo nos importa el efecto intelectual, basta con ver primero la mirada y después aquello que es mirado, pero si queremos provocar una verdadera sensación empática, debemos situar primero lo que se ve y después la mirada: (hambre/plato de sopa, deseo/mujer desnuda, oro/avaricia). Depende de nuestras intenciones.

También podemos subrayar el momento: mirada-objeto-mirada de nuevo.

De este modo, al ver por segunda vez la mirada, la reinterpretamos, o bien confirmamos que era de hambre, avaricia o deseo.

Por supuesto, hay muchas más consideraciones que hacer. Dos ejemplos.

Intriga y expectación: una mirada extraña, rara o ambigua juega también con la sorpresa y la expectación: queremos ver qué es lo que ve el personaje. Tal vez nos sorprenda la respuesta (al ver qué es lo que mira).

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Engaño: podemos responder a esa mirada con una sorpresa, cuando lo que vemos no es lo que esperábamos ver. Esa sorpresa puede producir humor: lo que vemos en cierto modo está justificado por la mirada, pero es extravagante, como Mister Bean mirando con lujuria… un osito de peluche. También puede producir miedo, no solo en el personaje, sino también en el espectador. O cualquier otra emoción.

Sin embargo, estos últimos ejemplos, más que con el efecto Kuleshov en sí, tienen que ver con el juego de plano y contraplano y con los mecanismos narrativos de suspense y sorpresa, y aunque a mí me gustan mucho las digresiones, debemos volver al efecto Kulechov y al uso de la música y el sonido. Pero eso sucederá en el próximo capítulo.

Este es un artículo de la serie El cine mudo sonoro y el montaje.

Copyright del artículo © Daniel Tubau. Reservados todos los derechos.

Daniel Tubau

Nacido en algún lugar de Barcelona en algún momento del siglo XX, Daniel Tubau ha trabajado como guionista, director de televisión, profesor de narrativa audiovisual en lugares como la Universidad Carlos III, la Juan Carlos I, la Escuela de Cine y Audiovisual de Madrid (ECAM), y muchas otras. También ha trabajado en productoras como Globo Media y ha escrito guiones o dirigido muchos programas y series de televisión.

En su juventud, Daniel Tubau escribió algunos libros extravagantes, como La espada mágica, uno de los primeros libros hipertextuales, Deep Purple, que tiene el mérito de haber sido escrito por alguien al que no le gustaba demasiado el rock duro, o diversos cuentos de terror en la Biblioteca Universal del Misterio y Terror.

Tras su fracaso como escritor precoz, Daniel Tubau se lo pensó durante un tiempo hasta que publicó de nuevo, dedicándose a su profesión de guionista y director, o periodista en El independiente. Finalmente, ya en el siglo XXI, Tubau empezó a publicar cuentos, ensayos y novelas, como Las paradojas del guionista, editado en Alba editorial, que es un perfecto complemento de El guión del siglo 21; o La verdadera historia de las sociedades secretas, Recuerdos de la era analógica (una antología del futuro), Elogio de la infidelidad, ambos en la editorial Evohé, o Nada es lo que es: el problema de la identidad, en la editorial Devenir, un ensayo que ganó el Premio Ciudad de Valencia en 2009.

Asimismo, es autor de No tan elemental. Cómo ser Sherlock Holmes (Ariel, 2015), El espectador es el protagonista (Alba, 2015) y El arte del engaño (Ariel, 2018).

Dentro del programa Madrid con los cincos sentidos (Radio M21), de José Luis Casado, se encarga del espacio Una cita con las musas.

Entrevista con Daniel Tubau.

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Sitio Web: wordpress.danieltubau.com/

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