"El reino de la noche" (1912), de William Hope Hodgson

"El reino de la noche" (1912), de William Hope Hodgson Imagen superior: ilustración de Stephen Fabian.

The Night Land es uno de los libros de ciencia-ficción más peculiares que se hayan escrito jamás. Su autor, el británico William Hope Hodgson, pertenecía al círculo de escritores eduardianos (George MacDonald, Arthur Machen, Lord Dunsany o David Lyndsay) que al final del movimiento prerrafaelista, afectados por el clima de inestabilidad europea y huyendo de la sociedad industrializada, impulsaron el género fantástico.

En los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, Hodgson escribió una serie de historias de terror macabro y suspense de entre las que destaca la impresionante The House in the Borderland (La casa en el confín de la tierra, 1908).

La novela que aquí reseñamos comienza en la Inglaterra del siglo XVII. El protagonista se enamora y casa con una hermosa mujer, Lady Mirdath, que muere al dar a luz. Invadido por la pena, se sumerge en un trance que transporta su mente, invadiendo la de un hombre más joven que vive en el lejano futuro, mucho después de que nuestro sol se haya apagado. En la eterna noche en la que la Tierra está sumida, iluminada sólo por el resplandor de los volcanes, los últimos supervivientes de la especie humana se refugian en una inmensa pirámide de metal conocida como El Gran Reducto, en cuyo interior viven varios millones de personas distribuidas en 1.320 ciudades.

El Reducto está rodeado de una barrera eléctrica que impide entrar a las horribles criaturas que vagan por el resto del mundo. Al recibir telepáticamente una llamada de auxilio procedente de otra pirámide más pequeña, el protagonista se aventura al exterior, al Reino de la Noche, para rescatar al último superviviente de aquélla, que resulta ser nada menos que la reencarnación de su difunta amada. El título hace referencia tanto al mundo sin sol por el que el protagonista viaja como al hecho de que la épica búsqueda tenga lugar en los sueños del narrador.

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En realidad, lo que tenemos aquí es una historia clásica de caballerías, tema tan querido y visitado en sus diferentes vertientes por la literatura fantástica: un héroe joven y noble abandona su castillo para rescatar a una dama en apuros, enfrentándose por el camino a gigantes, monstruos y desafíos espirituales. Es el envoltorio lo que hace especial a esta novela: argumento y personajes quedan eclipsados por la vívida descripción de un paisaje futurista hostil ahogado por una perpetua oscuridad, hogar de un inquietante bestiario de sub–humanos, monstruos, mutantes y espíritus que se mueven por lugares de nombres tan sonoros como la Casa del Silencio, el País de Donde Viene la Gran Risa o la Carretera por la que Caminan los Silenciosos.

Como hemos dicho al principio, el género fantástico y de terror experimentó un auge a comienzos de siglo como reacción a la situación social, política y económica. Pero para entonces, H.G. Wells ya había publicado sus principales obras de ciencia-ficción y su obra era reimprimida con éxito tanto en Inglaterra como en Estados Unidos, influyendo a multitud de escritores, Hodgson entre ellos. Al igual que el personaje de La máquina del tiempo (1895), el protagonista de El reino de la noche se traslada al futuro remoto, más remoto aún que en la novela de Wells. Allí encuentra una tierra desolada, inevitablemente muerta según las teorías de Lord Kelvin (que sostenía que el calor del sol estaba generado por el colapso gravitacional y su brillo no podía durar más que unos pocos millones de años).

Los humanos han sobrevivido, pero el resto de los seres se han transformado en extrañas y peligrosas criaturas de origen sobrenatural, provenientes de otros planetas o mutados. Sin embargo, la idea subyacente en ambos autores es bien distinta: mientras que Wells se apoyaba en la evolución para explicar los cambios que habían tenido lugar en la especie humana, Hodgson resalta la idea de decadencia –que, desde un punto de vista evolutivo, no tiene sentido– como última e inexorable fuerza del universo, una aproximación ciertamente pesimista.

Hodgson imagina una especie de fuente energética a mitad de camino entre el misticismo New Age y la geotermia: la Corriente de la Tierra, que sirve de energía a los humanos de la pirámide, un campo de fuerza, una suerte de telepatía y alimento en píldoras,… todo ello ampliamente utilizado en innumerables historias del género en las décadas por venir. Pero todos estos elementos científicos están impregnados de espiritualismo: la humanidad está atrapada en un conflicto de enormes proporciones entre las fuerzas del Bien y del Mal, encarnadas en criaturas que escapan tanto a la comprensión humana como a su sentido de la moralidad. El viajero temporal de Wells podía tratar de comprender la naturaleza del futuro; el de Hodgson no, y su extraño mundo permanece tan hermético al final del libro como al principio.

Comparando de nuevo a ambos autores, tanto el poder de los Morlocks de Wells como la amenaza de las fuerzas sobrehumanas de Hodgson, sugieren que la situación de nuestra especie en el planeta es, en el mejor de los casos, precaria. El futuro de Wells es colectivo, el de Hodgson, individual y desesperado, pero ambos modelos sociales son provisionales y sujetos a cambios. El protagonista de Hodgson es el inglés del pasado, una proyección de su misma persona: literario, caballeresco, sentimental, la luz de la civilización que brilla en la oscuridad de la desolación espiritual; el de Wells es el inglés del futuro, de mente científica y racional, capaz de asimilar la idea de que no solo el Imperio Británico, sino el propio ser humano, desaparecerá algún día. De alguna manera, aunque en ambos casos la civilización sucumbiría al paso del tiempo, el futuro de Wells parecía más optimista, menos oscuro, que el de Hodgson.

Por desgracia, las atractivas imágenes e ideas de esta fantasmagoría futurista quedan sumergidas en un estilo retorcido, sentimental, repetitivo y dado a la incontinencia verbal.

Por algún motivo, Hodgson decidió realizar una recreación de lo que él pensaba era la prosa del siglo XVII y el resultado es un pastiche indigesto, punteado por un romanticismo caduco que poco tiene que ver con el tono y acontecimientos propios de una narración situada en el futuro lejano. Autores posteriores, como Michael Moorcock, Brian Aldiss o J.G. Ballard utilizarían el lenguaje no tanto para describir con precisión científica lugares o acciones como para crear una atmósfera adecuada. Desafortunadamente, el intento de Hodgson queda en fracaso (para aquellos interesados en la novela, el escritor James Stoddard se dedicó a reescribirla en estilo moderno, conservando el argumento pero actualizando el vocabulario, la gramática y añadiendo diálogos; el original no tenía ninguno).

Sin embargo, si consigues acostumbrarte a su estilo, puede que la historia te impresione tanto como a los autores de terror americanos de los años veinte: H.P. Lovecraft y Clark Ashton Smith alabaron con entusiasmo la novela, un relato dramático de viajes en el tiempo y uno de los primeros que explora el escenario de drama post–holocausto, con la humanidad rodeada por un mundo hostil en el que ocurren fenómenos y habitan seres que escapan a su comprensión.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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