Paralelismos: De Edna a Jane

Paralelismos: De Edna a Jane Imagen superior: Edna O'Brien junto a su hijo, Sasha Gebler, a fines de los setenta.

La señorita Marple, con permiso de Agatha Christie, investigadora aficionada, mujer perspicaz y muy práctica, tenía su fuerte en buscar (y encontrar) paralelismos con ocasión de cualquier asesinato (así, como quien no quiere la cosa siempre andaba mezclada en el sórdido mundo del crimen) entre los implicados en el asunto y los habitantes de su pueblo, el pequeñísimo y rural Saint Mary Mead.

Si se trataba del desfalco de un gran funcionario que se quedaba con parte de la herencia de un pariente de forma indebida, ella recordaba ipso facto y con toda coherencia al carnicero del pueblo que siempre servía un poquito menos en el kilo de carne de buey que le encargaba. Y así todo.

Establecer paralelismos requiere observación y paciencia. La paciencia es una virtud que está subestimada. Si fuéramos pacientes, no entraríamos en barrena con tanta frecuencia y la vida moderna estaría más libre de estrés y de yoga. Por su parte, la observación es una forma de estar en el mundo que, contra lo que parezca, no tiene nada de pasiva. No basta con relacionarte con las personas, sino que la escucha es un elemento fundamental. Hay gente que apenas oye y que no escucha nada. Tienen su discurso preparado, lo sueltan y esperan a que los demás se callen para seguir sin resuello con su propia parafernalia verbal. Los políticos son un claro ejemplo de esto.

También los hay que, aunque estén en silencio, andan por los cerros de Úbeda en plan “no pienso, aunque existo”, y les importa muy poco lo que los demás anden tramando. Bastante tienen con regodearse de su propia importancia, aunque no se atreven a ponerla de manifiesto por si las moscas producen el curioso efecto de que alguien te contradiga. En verdad me parece que estos dos tipos de personas tienen poco apego a una parte de la vida que es sustancial y de la que nacen la literatura y de la creación artística en general. Los hechos, pensamientos, ideas, opiniones, son un vivero de sabiduría, incertidumbre, asombro y felicidad. Porque si dependemos solo de nosotros mismos, de lo que nuestra propia cabeza provoque o muestre, entonces entraríamos en un solaz de aburrimiento difícil de emular. Un coñazo.

Viene a cuento toda esta digresión al caso literario de dos mujeres. Edna O'Brien, irlandesa, y Jane Austen, inglesa. Las dos comparten el mismo idioma pero con matices. Cuando le preguntaron recientemente a la primera qué piensa de esto, contesta que vale, pero que se usa de forma diferente, que ellos, los isleños de la isla de Irlanda, le ponen a todo más emoción, son más radicales, más libres a la hora de usar el lenguaje. Más fantasiosos, imaginativos, proclives a la exageración, a la mayúscula, a la hipérbole e, incluso, al exabrupto verbal.

Nadie hizo esa pregunta a Jane Austen por la sencilla razón de que no existían entonces los aguerridos periodistas culturales de ahora, ni los blogueros, ni los suplementos de libros, pero quizá su respuesta nos resultaría sorprendente. Porque Austen, como O'Brien, no era una mujer previsible ni canónica. Más bien, una metepatas en muchísimos aspectos.

¿Tienen algún paralelismo estas escritoras? ¿Las une algo que pueda servir para trazar un puente? ¿Son tan distintas que ni siquiera la señorita Marple, con sus paralelismos, hallaría una música, siquiera un estribillo, común? Apenas sin pensar surge la primera gran coincidencia. Las dos nacieron y se criaron en ambientes rurales. Oh, esto es muy interesante. El sitio donde uno nace y donde vive la primera infancia y la adolescencia, es determinante en la conformación del carácter. Nacer en un paraíso rural, en el que la naturaleza tiene un peso específico, no es lo mismo que hacerlo en una ciudad, en una plaza recoleta y bulliciosa o en un lugar residencial lleno de casas en hilera. Da igual la época y el siglo.

La vida rural tiene enseñanzas que la ciudad no ofrece, y al revés. El contacto con el medio natural te revela una medida distinta del tiempo, te da a conocer el paso de las estaciones, la mudanza de las horas del día, los tonos del crepúsculo, los nombres de las flores. De manera que esto no es una circunstancia baladí, sino, al contrario, muy, muy interesante. Aunque pueda parecernos paradójico, ambas, Edna y Jane, tienen el mismo apego a la tierra que les vio nacer.

Este apego se representa fielmente en las casas. Para ambas, la casa es el hogar y ese hogar es el de la infancia, el de toda la vida, el del sitio en el que sintieron despertar las primeras sensaciones. Jane Austen deambula de una casa a otra, siempre recordando que su Steventon, la rectoría en la que vivía con sus padres y sus hermanos, era el alma mater, el lugar reverenciado, el que aparecía en sus sueños y en sus descripciones. Dejarlo fue un corte tajante incluso en su proceso de escritura. Recordemos que no pudo escribir en Bath, ese moderno balneario lleno de vida social, ni una sola línea.

Edna O'Brien siempre tuvo en su memoria la casa en la que vivió con sus padres y hermanos, esa casa rural, sin comodidades, en medio de una naturaleza rústica y casi sórdida, con el agua de los lagos cerca, con las montañas a un lado, con animales que correteaban de un sitio a otro como si fueran parte de la familia. Este sentimiento del hogar perdido es tan fuerte que no llegó a considerar como su hogar ninguna de sus posteriores casas y aún hoy vive en una alquilada, sin ningún signo de pertenencia. La casa era aquella casa y punto.

Todas las casas que aparecen en sus historias son su casa, su propia casa, destartalada, sin lujos, con extrañas habitaciones y espacios perdidos. No es únicamente la búsqueda de esa “habitación propia” que Virginia Woolf tan bien describió, sino su identidad, su pertenencia, su raíz última.

Y luego está la Iglesia, o mejor dicho, la religión. El padre de Jane era pastor de la iglesia anglicana y, por lo tanto, un hombre de espíritu. Y su madre, por las descripciones someras que de ella aparecen, una mujer estricta, bastante fría, que no llegó a conectar con ella en una suerte de relación cómplice, como si tuvo con su hermana Cassandra.

En cuanto a Edna, vivir en Irlanda en aquellos años debía suponer que el peso del pecado, de las prohibiciones, de la moral, caía sobre todos de modo inexorable. Su madre, observante rigurosa de la religión católica, dormía con ella en una cama y con un crucifijo al que ambas se agarraban como fuente de salvación. Era una religión vivenciada, menos letrada que en el caso anterior pero omnipresente.

Ambas, además, reaccionan contra esta exagerada pátina religiosa y lo hacen atendiendo a sus caracteres. Los clérigos de las novelas de Austen son ridículos, cursis, extremadamente pánfilos y ninguno sale bien parado. La respuesta de O'Brien, quizá porque esa religiosidad era más opresiva, es también revolucionaria y aún más decidida. Adiós a las buenas costumbres, vamos a contarlo todo, se dijo a si misma. Y lo hizo.

Ninguna de las dos parecía tener mucho apego al matrimonio. El de Edna fracasó estrepitosamente y estuvo navegando en el contencioso incluso para la custodia de los hijos. No da la impresión de que, en su vida, esos hombres hayan supuesto mucho más que un divertido entretenimiento o una interesante sensación. Supeditarse a una pareja, incluso cuando hay amor o deseo por medio, no está en su itinerario vital y así lo dice en sus propias memorias.

La señorita Austen nunca se casó pero, que quede claro, porque no quiso. Sus pretendientes la dejaron bastante fría, tuvo la osadía de rechazar a más de uno y no la distrajeron de su apacible, en apariencia, vitalidad, los resquemores y casuísticas sentimentales.

El gran paralelismo entre las dos, el que haría enorgullecerse a la querida Miss Marple, aparte de su origen rural, de la influencia de la religión en sus vidas, de su poca necesidad de ser guiadas por un hombre, está en su arte. Ambas tuvieron la conciencia de que escribir era, a más de una profesión por la que había que luchar, una forma de vida. O'Brien tuvo problemas con su marido cuando empezó a escribir y a publicar. Él consideraba que no era para tanto y le sentó fatal su éxito y, sobre todo, su determinación. Quizá otra mujer hubiera sucumbido al runrun de tu pareja diciéndote cada día déjalo, total, para qué. Pero no nuestra Edna que vislumbró en la escritura su forma de relacionarse con el mundo, su manera de vivir, de estar, de existir.

Exactamente igual hizo Jane Austen, un siglo y medio antes, pero con la determinación tan asentada como ella. No era capaz de encontrar editor, le rechazaban los manuscritos, le pagaban muy poco cuando conseguía publicar y las ediciones no eran de su gusto. Aun así perseveró, creyó en sí misma, se aferró a lo que su intuición le decía y construyó un mundo ficticio en el que estaban su esencia y su talento.

Nadie podría decir que estas dos mujeres son el agua y el aceite. Más bien la prueba fehaciente de que a veces las mujeres escriben contra el mundo y que, precisamente ese acto de escribir, es el que las sitúa en el lugar exacto del universo.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 34) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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