Forúnculos famosos

Forúnculos famosos Imagen superior: el barón Vladimir Harkonnen, encarnado por Kenneth McMillan en "Dune" (1984), de David Lynch.

Los forúnculos son dolorosos, pero no es eso lo que los hace tan conocidos. Su popularidad se debe a que son muy comunes y han acompañado desde siempre a la doliente humanidad, como lo constatan algunas momias egipcias.

Los forúnculos reciben una variedad de nombres: diviesos, abscesos, bultos, granos, bubones, quistes y nacidos, denominación esta última que, según don Francisco Santamaría consigna en su diccionario de mexicanismos, es un vulgarismo. Estrictamente hablando, un forúnculo es una inflamación debida a la acumulación de pus producida por la infección bacteriana de un folículo piloso. Usualmente se trata de bacterias Gram negativas; es decir, que no se colorean de violeta al teñirlas, según la técnica inventada en 1884 por el patólogo danés Christian Gram. Sin embargo, el término se aplica también a situaciones no pilosas, prácticamente en cualquier órgano o parte del cuerpo.

La acumulación pustulosa puede ocurrir, por ejemplo, en la piel de la cara (acné), en la base de las pestañas (orzuelo), en la parte final del intestino grueso (apendicitis) o en los dientes (absceso dental). Puede imaginarse la gravedad que suponen, el sufrimiento que causan y la dificultad para tratarlos según donde se asienten.

Que sean archiconocidos no los hace famosos. Para lograr la celebridad deben aparecer no en el cuerpo de una persona cualquiera sino en el cuerpo de un personaje literario. De tres de ellos voy a contarles.

El primero es un absceso dental, llamado también flemón, que le causa mucho dolor al anciano sacristán Vonmiglásov, personaje del cuento “Cirugía” de Anton Chejov. Desesperado, acude al hospital provincial donde está de guardia el enfermero Kuriatin. El sacristán tiene los síntomas clásicos del absceso: dolor intenso y punzante, inflamación de la cara y deglución problemática. Ha probado sin resultado remedios caseros y hasta amuletos, de modo que se pone en manos del ayudante de cirujano para que le extraiga la muela afectada. Mientras realiza la extracción, Kuriatin se va dando cuenta de que era mucho más difícil de lo que parecía, y tiene que soportar los improperios del paciente que al mismo tiempo suben de intensidad. El pobre sacristán se va de la cirugía con las raíces molares todavía en su sitio.

El segundo es una serie de abscesos en las axilas, llamados golondrinos, que sufre el coronel Aureliano Buendía en la obra Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. A este contradictorio personaje le atormenta más el dolor de los forúnculos axilares que “el inmenso fracaso de sus sueños”, pues tiene que firmar el armisticio tras una guerra con los conservadores que le fue más difícil terminar que empezar. Finalmente su médico personal le extirpa los abscesos, y el coronel, decepcionado de la vida, aprovecha para preguntarle el lugar exacto del corazón, lo que remite a la historia del gran poeta colombiano José Asunción Silva.

Finalmente me refiero al hombre del furúnculo en La voz de las espadas del autor de épica fantástica Joe Abercrombie. Es un personaje sin nombre; no se describen el lugar ni las características del divieso, excepto que es enorme y lo tiene en la cara, además de que quien lo ostenta está armado con una pesada hacha. Pero no haría falta enfocarse en el bubón para producirnos repulsa. Un solo párrafo de la violenta lucha que enfrenta a este con otros personajes, como si asistiéramos a la narración de un juego de video cruento, nos obliga a testificar con la imaginación toda clase de hechos sangrientos. El autor dice que su narrativa descarnada se ha inspirado en El señor de los anillos y en juegos de computadora del tipo calabozos y dragones. Es cuestión de gustos.

Afortunadamente hoy los forúnculos se curan con antibióticos, drenándolos o con cirugía. Sin embargo, seguirán siendo tan comunes como siempre, aunque muy pocos pasarán al firmamento literario.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en The.Cult.es (Thesauro Cultural) con licencia CC. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la divulgación científica. Es autora de cuentos, ensayos, novela y teatro. Ha sido responsable de numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. En 2003 recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar”.

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