"Star Wars Ala-X: El proyecto fantasma" (1996), de Darko Macan y Edvin Biucovik

La franquicia iniciada en 1977 por Star Wars de la mano de su creador George Lucas ha sido, probablemente, uno de los negocios más rentables del siglo XX. Demostrando más visión comercial y fe en su proyecto que la mayoría de los estudios de Hollywood en los propios, Lucas se reservó los beneficios y el control de todo el merchandising y productos derivados de su particular universo galáctico y, consecuentemente y a raíz del éxito de su apuesta, una descomunal fortuna.

Desde el principio, los cómics fueron uno de los ámbitos explotados por Lucas a través de la editorial Marvel primero y posteriormente, a partir de los noventa, Dark Horse Cómics. El rodaje de la nueva trilogía que comenzó por entonces, reactivó el interés por unos personajes que nunca habían perdido popularidad, proliferando desde ese momento y hasta hoy todo tipo de series limitadas y números especiales, una larga lista imposible de glosar aquí y cuyo interés, salvo excepciones, es escaso para los no aficionados a la saga.

En los setenta, los cómics de Star Wars se centraban en contar las andanzas del trío protagonista (Luke Skywalker, Han Solo y Leia Organa más los dos androides). En los noventa el abanico comenzó a ampliarse al tiempo que Lucas daba su permiso para utilizar todos los personajes de su amplio catálogo. Se publicaron series centradas en Bobba Fett, Yoda, Darth Maul o miembros de la Guardia Imperial, por ejemplo. Todo valía, aunque no hubiera ideas particularmente brillantes con las que mover a esos personajes.

Uno de aquellas figuras secundarias –cuya aparición en las películas suma sólo unos cuantos minutos– es Wedge Antilles, uno de los mejores pilotos de la Alianza primero y la Nueva República tras la muerte del Emperador, combatiente en la batalla por la primera Estrella de la Muerte y superviviente de la de Endor. Las aventuras del conjunto de aguerridos pilotos liderados por Antilles, fueron narradas en una serie de cinco libros escritos por Michael A. Stackpole.

En el cómic, las andanzas del Escuadrón Rebelde comenzaron en 1995 con la aparición de una serie regular en cuyo primer arco argumental de cuatro números, La oposición rebelde, escrita por Mike Baron y dibujada por Allen Nunis y Andy Mushynsky, se planteaba un comienzo decepcionante en todos los sentidos, con una historia aburrida y un dibujo mediocre. A nadie se le escapó que, o se mejoraba el nivel rápidamente, o esta línea de la franquicia tendría una vida breve.

Así que las cabezas pensantes de Dark Horse cambiaron al editor y éste (Peet James) decidió contratar para la misión de rescate al dúo sensación del momento, una pareja de creadores croatas que se habían dado a conocer de forma espectacular en otra serie de CF editada por Dark Horse: Grendel Tales: Guerra de Clanes . Se trataba del guionista Darko Macan y el dibujante Edvin Biucovic.

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En esta ocasión, la historia sobre la que trabajó Darko Macan era obra de Michael A. Stackpole, pero a diferencia de lo que suele ser demasiado habitual en los cómics –y las películas– de Star Wars, no transcurría en remotos planetas desérticos, pantanos oscuros o alejadas bases militares sino en el bello planeta de Mrllst, un mundo dedicado a la investigación y la enseñanza a través de su famosa universidad, a la que acuden alumnos de toda la galaxia. La misión de Antilles y sus hombres es diplomática: conseguir convencer a los miembros de la Academia para que les entreguen los diseños de una nave indetectable, realizados por los mismos sabios que crearon la tecnología que permitió construir la Estrella de la Muerte.

Todo discurre amigablemente hasta que aparece el representante de los restos del Imperio, el antiguo pirata Loka Hask. Resulta que este sujeto de desagradable aspecto ya conocía a Antilles: en un giro bastante poco original se nos cuenta que Hask fue el responsable de la muerte de los padres del piloto. Los diseños son robados y Antilles y sus hombres, acusados del delito, deben huir. Con ayuda de algunos simpatizantes, intentarán descubrir la identidad del auténtico responsable de la conspiración.

La trama en sí no es tan interesante como el marco en el que se desarrolla. La elección de un entorno poco explotado en el universo de Star Wars permite, a través de escenas y personajes secundarios, plantear toda una serie de cuestiones éticas, políticas e incluso filosóficas.

Macan utiliza la historia de Stackpole para mostrarnos a estudiantes que cogen trabajos por horas para pagarse la matrícula, grupos políticos de ideología radical tratando de perturbar la calma universitaria en su propio beneficio, bandas musicales inspiradas en leyendas estudiantiles que tocan en abarrotados pubs de diseño, comunidades de artistas underground que ofrecen asilo a los menos conformistas… Se puede decir que teniendo en cuenta el limitado espacio del que dispone (cuatro números) y que la historia original y los personajes no son suyos, Macan sale razonablemente airoso de la prueba, consiguiendo que tanto los diferentes integrantes del escuadrón como los personajes secundarios queden bien definidos con la ayuda de tan solo unas pocas líneas. Por otra parte, su sintonía creativa con Biucovic da como resultado una narración ágil que no decae en ningún momento y que mantiene interesado al lector.

Desde luego, buena parte del mérito de esta miniserie se debe a la habilidad de Biucovic, de la que ya hablamos en otra ocasión. En una franquicia que tiende a encorsetar a los dibujantes con una estricta supervisión y unas directrices de las que no deben salirse, Biucovic realiza aquí un trabajo excelente. Los dibujantes de los cómics de Star Wars no suelen ser de gran calidad y para colmo abusan de viñetas en las que claramente se han dedicado a copiar maquetas de naves e ilustraciones de los artistas de Lucasfilm.

Biucovik no es ajeno a esos defectos y también aquí nos encontramos con grandes escenas llenas de naves meticulosamente dibujadas que parecen colgar congeladas en el espacio de fondo estrellado. Sin embargo, en este caso, el artista desarrolla perfectamente bien la historia principal en el planeta Mrllst, exhibiendo una sofisticación elegante y un trazo sencillo que recuerda vagamente al manga. Maneja con igual soltura a los personajes (ya sea charlando tranquilamente en un bar o peleando en el hangar de una nave) que los ambientes (desde un bar de estudiantes universitarios a una ciudad en llamas), lo que permite al guionista, como hemos mencionado, mostrarnos la cara cotidiana de un universo casi siempre cortado por el más épico de los patrones.

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Por desgracia, Biucovik no consigue esos excelentes resultados dibujando a toda prisa y sus retrasos en las fechas de entrega le obligaron a abandonar en el número cuatro, que en su mayoría hubo de ser completado por John Nadeau y Gary Erskine, quienes, a pesar de que tratan de continuar el estilo del croata, no llegan a su altura, estropeando el clímax gráfico de la aventura.

Con todo, El proyecto fantasma es uno de los cómics de Star Wars más logrados. No esperes encontrar aquí algo fuera de lo habitual en el universo de Lucas: hay persecuciones, algún que otro misterio, criaturas y personajes llamativos, buenos heroicos y villanos perversos, luchas con pistolas de rayos, un jedi con su espada láser y batallas en el espacio. Si te gusta todo esto, sin duda disfrutarás con la aventura.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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