"Más allá del planeta Tierra" (1920), de Konstantin Tsiolkovsky

Existe una historia apócrifa que cuenta que durante su viaje de 1905 a San Petersburgo, Esnault-Pelterie (diseñador aeronáutico y pionero de la teoría espacial) debatió con el científico ruso Konstantin Tsiolkovsky en presencia del zar acerca del futuro de la exploración del espacio. Aunque ambos negaron la veracidad de dicho episodio, sí es posible que Tsiolkovsky conociera a Esnault-Pelterie mientras visitaba a París a finales del siglo XIX. Allí, contemplando la magnífica estructura de la Torre Eiffel (que entonces era un novedoso prodigio de la ingeniería y motivo de asombro para todos los turistas), concibió un método poco costoso para viajar al espacio: un ascensor, una torre que alcanzaría los niveles superiores de la atmósfera y con la que podría darse el primer paso hacia otros mundos.

La visión de Tsiolkovsky de una humanidad saliendo al espacio fue en parte una reacción al trabajo del clérigo inglés Thomas Malthus y en parte fruto de su atracción por la filosofía de Nikolai Fydorovich Fyodorov (1829-1903), un pensador cristiano ortodoxo a quien había conocido durante su estancia en Moscú y que formaba parte de un movimiento intelectual/místico/científico que reflexionaba sobre la perfección humana y social y la consecución, a través de ellas, de una existencia utópica. Sus escritos incluían ideas bastante radicales relacionadas con la extensión artificial de la vida y la resurrección de los muertos, pero también planteaba la colonización de los océanos y el espacio.

Sus planteamientos se enfrentaban a las teorías económicas de Malthus quien no sólo rechazaba la perfectibilidad del hombre, sino que en su Ensayo sobre el Principio de población (1798) había predicho que la capacidad de la especie humana para producir alimentos nunca podría igualar su tasa de reproducción. Según Malthus, la única solución no traumática (esto es, sin esperar a los controles naturales que sobre el exceso de población ejercen la guerra, las epidemias o las hambrunas) era la contención moral –esto es, la abstinencia sexual–, pero solo entre las clases desfavorecidas, que eran las que más dificultades tenían para mantener a sus hijos. El propio Malthus había reflexionado sobre estos temas como una respuesta al optimismo desatado por el movimiento de la Ilustración, representado por filósofos como William Godwin, padre de Mary Shelley.

Tsiolkovsky pensó que si se tuviera un acceso sencillo y relativamente barato al espacio, la humanidad podría extenderse por otros planetas evitando la superpoblación pronosticada por Malthus de tal forma que "La mejor parte de la Humanidad, con toda probabilidad, no perecerá nunca; migrarán de sol a sol mientras se alejan. Y así no habrá final para la vida, el intelecto y la perfección del hombre. Su progreso será eterno". Un corolario digno de Fyodorov.

Fue ese sueño el que impulsó la vida y la obra de Tsiolkovsky. En sus quinientos trabajos sobre el espacio (de los cuales el más conocido es un tratado sobre cohetes titulado La exploración del espacio cósmico por medio de los motores de reacción (1903)), el matemático ruso determinó la velocidad de escape, propuso como mejor solución la utilización de cohetes por etapas impulsados por hidrógeno y oxígeno líquidos, estableció la ecuación que relacionaba la masa del cohete, la del combustible y la velocidad de propulsión, diseñó sistemas de guía, cohetes y cámaras presurizadas, imaginó los tipos de vida que podrían existir en ambientes escasos de oxígeno, especuló acerca de la colonización y la vida en el espacio, propuso la ya mencionada idea del ascensor espacial... si tenemos en cuenta que muchos de estos trabajos fueron escritos antes de que el primer avión efectuara su vuelo, no puede extrañar que Tsiolkovsky sea considerado, con toda justicia, el padre de la astronáutica.

Pero sus visionarias ideas no hallaron expresión únicamente en tratados técnicos. Desde el principio teorizó sobre el vuelo espacial y el viaje interplanetario en obras de ciencia-ficción, un medio que a sus ojos era perfecto para popularizar sus ideas más iconoclastas relacionadas con la transcendencia de la humanidad. Es evidente que Tsiolkovsky estaba familiarizado con las revistas pulp que empezaban a popularizarse en Norteamérica y sus primeras novelas demuestran su conocimiento de lo que se estaba publicando en el ámbito de la ciencia-ficción en Europa y Estados Unidos: En la Luna (1892), Sueños de la Tierra y el Cielo (1895) o la que ahora comentamos, escrita en 1903 aunque publicada en 1920.

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Más allá del planeta Tierra describe una gran estación espacial cilíndrica habitada por una tripulación internacional. Se trata de una estructura orbital a partir de la cual se lanzarían expediciones a la Luna, Marte y el cinturón de asteroides para explotar sus recursos. La estación utilizaría el giro alrededor de su eje para generar gravedad, obtendría su energía a partir de paneles solares y contaría entre sus instalaciones con invernaderos que cobijarían sistemas ecológicos cerrados donde se cultivarían alimentos y se obtendría oxígeno. Bastantes años antes, en 1869, Edward Everett Hale había propuesto ya en Luna de ladrillo un trasunto de satélite orbital en el que los humanos podían vivir, pero fue el trabajo de Tsiolkovsky el que marcó la pauta que en el futuro –y hasta el día de hoy– seguirían los ingenieros aeroespaciales y los escritores de ciencia-ficción.

Sus trabajos de ficción pueden parecer a primera vista algo vagos, dispersos, con una narración que deriva sin rumbo entre cohetes, giroscopios, impulsores multietapa, estaciones espaciales, compartimentos presurizados y sistemas de soporte vital. Pero el corazón de su obra no es tanto técnico sino filosófico: en el fondo, bajo todos los números, fórmulas, materiales y leyes físicas, el objetivo último de la exploración espacial era escapar de la devastación maltusiana. Creía, como Fyodorov, que la especie humana se convertiría en un pueblo de navegantes espaciales, concepto que exploró en su ciencia-ficción. La idea de una Humanidad repartida por la galaxia, navegando entre sistemas estelares a bordo de sus naves y fundando colonias planetarias ha constituido desde entonces uno de los pilares del género, si bien la mayoría de los escritores posteriores se mostraron bastante escépticos en cuanto a nuestro continuo e imparable avance hacia la utópica perfección.

Nada mal para un hombre que no pudo ir a la escuela siendo niño y que se educó por su cuenta en las bibliotecas de Moscú y en los libros de su padre, que perdió audición a causa de una enfermedad a los diez años y que pasó gran parte de su vida enseñando en escuelas públicas.

Tsiolkovsky murió en 1935, mucho antes de que su sueño se hiciera realidad (sus compatriotas pondrían el primer satélite en órbita en 1957, pero desde entonces su nombre ha estado invariablemente relacionado con el espacio, ya sea bautizando un cráter en la Luna o una nave en la serie televisiva de Star Trek: The Next Generation (1987-1994). Su trabajo técnico no sólo ha servido de inspiración a generaciones de ingenieros y cosmonautas rusos, sino a escritores y cineastas de todo el mundo. La fría belleza de la estación espacial de 2001: Una Odisea del Espacio (1968), verdadero icono de la ciencia-ficción, es un homenaje a la visión de este padre de la ciencia y padrino de la ciencia-ficción. Su frase: "La Tierra es la cuna de la Humanidad, pero no se puede vivir para siempre en la cuna" bien podría servir de lema para el género.

Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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