Ernesto García Camarero: “El Paseo del Prado fue un campus científico en el siglo XVIII”

Ernesto García Camarero: “El Paseo del Prado fue un campus científico en el siglo XVIII” Imagen superior: el matemático Ernesto García Camarero, pionero de la computación en España e historiador de la ciencia / Olmo Calvo / SINC

Ernesto García Camarero todavía vive en la casa madrileña en la que nació en 1932, rodeado de libros, cuadros y su colección de antiguos artilugios de computación, algunos de su etapa como director del Centro de Cálculo en la Universidad Complutense de Madrid en los años 70. El veterano matemático e informático nos recibe para charlar sobre uno de los temas que más le apasionan: la historia de la ciencia en España.

¿Podría destacar alguna de las primeras aportaciones de la ciencia española?

Una podría ser la gran producción de cartografía portulánica en Mallorca durante la Edad Media. Es una de las principales contribuciones de la corona de Aragón y de España a la historia de la cartografía mundial. Se trata de una  técnica de elaboración de mapas náuticos, en la que sobre un plano se marcan los puertos y se trazan los rumbos para que los pilotos los puedan seguir con solo la ayuda de la brújula. En el siglo XIV destacan Angelino Dulcert y las figuras del cartógrafo judío Cresques Abraham y su hijo Jehuda Cresques que, convertido al cristianismo con el nombre de de Jaume Ribes, viajó a Portugal desde Mallorca para liderar los descubrimientos de la escuela naval portuguesa de Sagres, ya a comienzos del siglo XV.

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Imagen superior: copia posterior de un fragmento del Atlas catalán de 1375 atribuido a Cresques Abraham y Jehuda Cresques.

Luego el liderazgo marítimo y científico pasó a España...

Sí. En la Casa de Contratación de Sevilla, creada por los Reyes Católicos en 1503, se sistematizó el conocimiento náutico, geográfico y cosmográfico que venía de América para regular su explotación comercial.

Más tarde, en 1584, Felipe II crea la Academia Real de Matemáticas de Madrid, dirigida por Juan de Herrera, con la idea de desarrollar la ciencia y tecnología necesaria para gestionar el gran imperio, aunque no tuvo mucho éxito, quizá por prematura o por tener una estructura inadecuada. Posteriormente, en el siglo XVIII, surgen importantes escuelas de pilotos, marinos y técnicos en Cádiz-San Fernando, Cartagena y Ferrol.

¿Alguna figura destacada?

Por ejemplo, el científico e ingeniero Jorge Juan. Con tan solo 21 años se embarca, con su colega Antonio de Ulloa, en una expedición de la Real Academia de Ciencias de París para medir el meridiano terrestre en la zona de Ecuador, y con la que consiguieron demostrar que la Tierra está achatada en los polos. Luego reformó y modernizó el sistema naval español a mediados del XVIII. Y poco después destaca el matemático y astrónomo José de Mendoza y Ríos, que publica unas modernas cartas náuticas, pero por ironías del destino lo hace en el Almirantazgo inglés. Es decir, que Nelson las tenía en 1805 durante la batalla de Trafalgar para luchar contra la coalición franco-española. Mendoza Ríos también colaboró en lo que yo llamo ‘campus científico’ del Paseo del Prado.

¿No es un eje más cultural que científico?

Ahora sí, pero a finales del XVIII y primeros años del XIX, fue un campus científico. El Museo del Prado se construyó inicialmente para albergar la Academia de Ciencias y el Real Gabinete de Historia Natural, justo al lado del fantástico Jardín Botánico, utilizado para aclimatar las plantas que llegaban de América. En una colina cercana se levantó el Real Observatorio de Madrid, donde de la mano de  Mendoza  Ríos se trajo uno de los telescopios Herschel más avanzados.

Cerca de Atocha también estaba el Colegio de Cirugía de San Carlos; y en el Casón del Buen Retiro, el Real Gabinete de Máquinas creado por Agustín de Bethencourt. Desgraciadamente, todo esto, menos el Jardín Botánico, se destruye con la invasión de los franceses y la guerra de la Independencia.

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Imagen superior: Ernesto García Camarero junto a su colección de máquinas y piezas de computación. / Olmo Calvo/SINC

¿Qué ocurre luego en el siglo XIX?

En general es una época de decadencia en el ámbito científico, aunque destacaría la figura de José Echegaray, el primero que introduce la matemática moderna en España. También es importante la creación, en 1820 primero y refundado en 1835 después, del Ateneo Científico y Literario, un foro para hablar y reconstruir el pensamiento regeneracionista desde la ciencia y la cultura. Todavía está activo con multitud de actividades, como una tertulia sobre La relación de la humanidad con las matemáticas en la que he participado recientemente. 

Del Ateneo nace la Escuela de Estudios Superiores, donde entran figuras como Echegaray en matemáticas, Ramón y Cajal en medicina o José Rodríguez Carracido en farmacia; además de ser el germen de instituciones que resultarían trascendentales para el avance científico en nuestro país.

¿A qué instituciones se refiere?

El resultado de su actividad influye en el ambiente en el que apareció la Institución Libre de Enseñanza (un proyecto pedagógico promovido por catedráticos separados de la Universidad Central de Madrid), la Junta de Ampliación de Estudios y la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, con domicilio en el propio Ateneo.

La Junta presidida por Cajal es el boom, algo impresionante, volcada en la preparación de investigadores de alto nivel. Mi maestro, por ejemplo, el matemático Julio Rey Pastor, uno de los mejores del siglo XX, fue becado por la Junta para ir a Alemania; y después, invitado por la Asociación Cultural, a Buenos Aires. Fueron instituciones de gran relevancia para la ciencia española.

¿El Consejo Superior de Investigación Científicas (CSIC) es la continuación de la Junta?

Hay quien lo considera así, pero es todo lo contrario, la antítesis. El Consejo se funda para destruir el espíritu innovador de la Junta, dedicándose a un árbol de la ciencia (el símbolo escolástico que todavía aparece en su logo) donde figura la teología en una de sus ramas. ¿Qué tendrá esto que ver? Pero así figuraba en sus estatutos. Los inicios del CSIC, al final de la Guerra Civil, estuvieron marcados por la dictadura franquista y el nacionalcatolicismo. Afortunadamente luego ha cambiado, claro.

¿Cuándo conoce a Rey Pastor?

Al terminar la guerra, cuando él regresa de Argentina a España en los años 50 para poner en marcha dos proyectos: la creación del Instituto de Matemática Aplicada del Consejo, que incluía otro instituto de cálculo dentro; y la fundación del Seminario de Historia de la Ciencia en la Universidad de Madrid.

En bachillerato yo había estudiado con los libros de Rey Pastor (junto con los de Pedro Puig Adam) y en la universidad me inicié en su Análisis Algebraico. Fue el profesor San Juan quien me recomendó a Rey Pastor y este me animó a ir a su nuevo Instituto de Cálculo, donde me pareció increíble colaborar con mi ídolo.

En 1954 el centro estudia comprar una computadora electrónica y Rey Pastor me envía a Roma al Instituto de Cálculo del Consiglio Nazionale delle Ricerche, para formarme en el manejo de este tipo de máquinas. Allí estuve en 1955 y 1956, y lo que es la vida, al volver me encuentro que han cerrado el instituto de Rey Pastor y le han echado a la calle.

¿Dónde fueron los dos?

Yo conseguí una beca March para ir a Francia e Inglaterra durante los años 1958 y 1959. Luego, Rey Pastor, que se había vuelto a Argentina, me llama para montar el equipo de programación del Instituto de Cálculo de la Universidad de Buenos Aires, ya que su máquina era la misma con la que había trabajado en Italia. En Argentina estoy hasta 1964 en que paso a Paraguay, como experto internacional de un programa de UNESCO, para organizar el departamento de matemáticas de la Universidad Nacional de Asunción. Después regresé a España en 1968 para ingresar como subdirector del Centro de Cálculo de la Universidad Complutense, creado con una máquina –por entonces de tarjetas perforadas– donada por IBM.

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Imagen superior: tarjetas como las de la imagen se perforaban, se leían en lotes y se grababan sus datos en un cinta. Esta se llevaba a una computadora (como la IBM 7094 de la imagen, el modelo que había en el Centro de Cálculo), donde se realizaban los cálculos. Los resultados se registraban en otra cinta para imprimirlos. / Olmo Calvo / SINC- Arnold Reinhold

En 1973 le nombran director de este Centro de Cálculo ¿Cuáles eran sus objetivos?

La computadora nació como una maquina aritmética, y el Centro de Cálculo daba servicio como tal a los departamentos de la universidad. Pero en el acuerdo con IBM se decía que su uso era solo para investigación y docencia. Mi idea era que las computadoras pueden ayudar a la creatividad. Organizamos varios seminarios para indagar en el uso de las técnicas de cálculo automático en campos como la inteligencia artificial, lingüística, la enseñanza y el arte..., temas novedosos que no parecían propios y era difícil de entender que se abordaran en un centro de cálculo. Este finalmente se cerró en 1982 y pasó a ser de proceso de datos, para gestiones administrativas de la universidad. En paralelo, desde 1970, también fui profesor de Teoría de autómatas y lenguajes formales en la Facultad de Matemáticas. Siempre me interesó la parte teórica de las enseñanzas informáticas, introduciendo las ideas de Alan Turing, Noam Chomsky y Kurt Gödel sobre los límites de la computación.

La evolución de la computación en las últimas décadas ha sido espectacular…

En estos 50 años la expansión de la informática ha sido total y se usa en todas las actividades humanas, con un carácter universal: la investigación científica sería impensable sin la ayuda de la informática, la robótica y automación de la industria es definitiva, las redes sociales conectan a millones de individuos... Pero este panorama no es tranquilizador. Como comenta Cathy O'Neil en su libro Armas de destrucción matemática, los big data y los algoritmos están aumentando las desigualdades en nuestra sociedad, beneficiando a los propietarios del algoritmo a costa de los usuarios. Por eso soy partidario del software libre.

¿Cómo ve la situación de la ciencia actual?

La propiedad en monopolio del conocimiento y otros bienes inmateriales se ha convertido en un gran negocio, y eso es peligrosísimo. Las grandes multinacionales lo controlan para conseguir beneficios e imponen las líneas de investigación de la ciencia actual. Muchas de nuestras dificultades se deben a que nos movemos por mitos modernos, como el consumismo, que te ayudan a sobrevivir, pero que son fáciles de manipular y que alguien los use contra ti. La ciencia nos enseña a no dejarnos llevar por las apariencias sino a pensar, por nosotros mismos, en el fondo de las cuestiones.

Copyright del artículo © Enrique Sacristán. SINC.

Enrique Sacristán

Periodista y biólogo, en el Servicio de Información y Noticias Científicas (SINC) es el redactor de las ciencias ‘duras’: matemáticas, física y química.

Los artículos de Enrique Sacristán aparecen en The Cult por cortesía de SINC.

Sitio Web: www.agenciasinc.es/

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