La leche

Günter Grass, autor de El tambor de hojalata, describe cómo los extremos de la vida se asemejan. Oskar, el protagonista, niño vitalicio por decisión propia, toca el tambor frente a un grupo de ancianos, sus oyentes más numerosos y agradecidos.

Para mostrar su alegría, relata, utilizan no el lenguaje de un anciano sino un balbucear y parlotear infantil de tres años. Pero el mayor éxito del tamborilero enano son sus temas que describen estados, por ejemplo, los primeros dientes de leche, la terrible tosferina o mearse en la cama. Entonces los ancianitos participan plenamente: sufren porque les están saliendo los dientes de leche, o tosen de mala manera al declarárseles la tosferina, o mojan su ropa interior.

La expresión “dientes de leche”, que yo creía tan descifrable, es sólo uno de los notables usos de la leche, ya sea en calidad de palabra, concepto o líquido real excretado por las glándulas mamarias.

Una nena de seis años, ante la inminente caída de sus incisivos delanteros, le pregunta a su mamá por qué tiene que mudar de dientes.

Doña Toña se adelanta debido a su mayor edad y, en consecuencia, a su superior experiencia con los hijos: los dientes se echan a perder porque están hechos de leche, y entonces se caen. Doña Toña sabe mucho pero desconoce la figura retórica llamada metonimia, y se me antoja un vaso de agua para comenzar mi aclaración, aunque más bien tendría que hablar de metáforas, empezando por los labios de rubí, pero eso va a implicar que ella intente demostrarme que tiene razón. Me alejo con cualquier pretexto pensando en la remota infancia mía y en Mamá Ratona, que generosamente nos dejaba una moneda por cada diente dado de baja.

Grass no menciona las canas de los viejos. Don Reyes está convencido de que quien toma leche en exceso ocasiona que su pelo se vaya volviendo blanco; mientras más viejo el tomador de leche, más canoso. De nada sirve el argumento de que hay gente completamente canosa que nunca toma leche. Tal vez sea bueno echarse más de una cana al aire con cierta frecuencia, pues quitarse canas siempre ayuda a rejuvenecer.

El uso más notable de la leche en la literatura se describe en A la sombra de las muchachas en flor, el segundo tomo de la obra de Marcel Proust. Uno de sus personajes, el Dr. Cottard, atiende a la alta sociedad. Cuando el narrador, ya un jovencito, tiene un continuado ataque de ahogo, sus padres llaman a consulta al eminente médico, quien observa “síntomas que pueden serlo de tres o cuatro enfermedades distintas”, por ejemplo, espasmo nervioso, tuberculosis, asma, disnea toxialimenticia, insuficiencia renal, bronquitis crónica... de modo que se pone en juego la experiencia y la intuición del facultativo para distinguir la dolencia, pues una equivocación sería funesta. “Éste es un don misterioso que no implica superioridad en las demás partes de la inteligencia, y que puede poseer un ser vulgarísimo al que le guste la música más mala y la pintura más fea”, dice Proust. En efecto, “las vacilaciones de Cottard duraron muy poco y sus prescripciones fueron imperiosas: ‘Purgantes violentos y drásticos, unos días a leche sola, y nada más’”. La madre del narrador se preocupa de que esas purgas de caballo y ese régimen harán decaer más al enfermo, y le expresa sus dudas al médico; éste contesta groseramente: ‘No tengo por costumbre repetir mis prescripciones... Y sobre todo, pónganlo a leche ... a leche, siempre a leche’. Luego “escuchó las últimas objeciones de mi madre con aspecto glacial, sin contestarlas, y se fue sin haberse dignado explicar las razones de aquel régimen”.

Los padres deciden desobedecerlo y el estado del paciente se agrava; le aplican el régimen de Cottard y a los tres días está completamente curado. Entonces comprendieron que el médico había visto claramente el predominio de los síntomas de una intoxicación: “Aquel imbécil era un gran clínico”.

Me río a pesar de la mala leche del comentario.

Copyright © Ana María Sánchez. Artículo publicado previamente en "¿Cómo ves?", revista mensual de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, y reproducido en The.Cult.es (Thesauro Cultural) con licencia CC. Reservados todos los derechos.

Ana María Sánchez

Ana María Sánchez Mora tiene la maestría en Física y la maestría en Literatura Comparada, ambas de la UNAM. Desde 1981 se dedica a la divulgación científica. Es autora de cuentos, ensayos, novela y teatro. Ha sido responsable de numerosos cursos sobre redacción científica. Trabaja en la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM, donde es encargada del área de comunicación de la ciencia en el Posgrado en Filosofía de la Ciencia, de la que es tutora y profesora. En 2003 recibió el Premio Nacional de Divulgación “Alejandra Jaidar”.

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