"Sueños eléctricos" ("Electric Dreams", 1984), de Steve Barron

Hoy, los ordenadores forman parte integral de nuestra vida y las generaciones más jóvenes probablemente no sean capaces de imaginar cómo era la existencia sin ellos. Pero en 1984, cuando Apple lanzó su primer Macintosh (con 128 K de memoria RAM), eran vistos como unos artefactos exóticos, inaccesibles para el común de los mortales. Muchos de los que compraron aquel primer ordenador personal –y los que le siguieron‒ no sabían cómo funcionaba o de qué era capaz.

De ahí que en aquellos años la ciencia ficción cinematográfica empezara a especular con las cosas que podrían ocurrir cuando jóvenes con talento y sin miedo a aquellas primitivas cajas de circuitos trasteaban con ellas. En 1983, Juegos de guerra advertía sobre los peligros de los juegos de ordenador en línea; en 1985, se estrenó La mujer explosiva, en la que un par de adolescentes utilizaban un ordenador para recrear a su fémina ideal. Y entre una y otra llegó este Sueños eléctricos.

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El joven arquitecto Miles Harding (Lenny Von Dohlen) compra un ordenador personal para que le ayude a organizar su vida doméstica y profesional. Fácilmente, la máquina se conecta a todos los dispositivos eléctricos y electrónicos de la casa, como la iluminación, la cocina o el cierre de seguridad de la puerta. Después de que Miles derrame por accidente algo de champaña sobre los circuitos en un torpe intento de enfriar un sobrecalentamiento, el ordenador empieza a desarrollar una personalidad propia que se autodenomina Edgar.

Una mañana, sus micrófonos captan a la vecina del apartamento de arriba, Madeline (Virginia Madsen), mientras ésta toca el violonchelo; y empieza a acompañar su música utilizando su sintetizador. Pensando que se trata de Miles, la chica se siente halagada y cede a las torpes invitaciones de éste. Ambos se enamoran pero Miles no se atreve a revelarle que el autor de aquella música no había sido él sino su ordenador. Mientras tanto, comienza a enseñarle a Edgar lo que es y significa el amor para que éste le componga canciones románticas para ella. Por supuesto y conforme aprende más, el ordenador desarrolla una atracción imposible por Madeline y, consecuentemente, celos de Miles.

Edgar resulta ser un duro competidor: no sólo controla toda la instalación eléctrica de la casa –lo cual puede suponer una seria amenaza para Miles‒ sino que es capaz de componer canciones tan románticas que arrancan las lágrimas de Madeline. Por suerte para Miles, Edgar también es capaz de comprender el poder del corazón humano y al final se sacrifica para que su “creador” y su amada puedan vivir felices. Moraleja: en el interior de cada perversa máquina se esconde la incomprendida alma de un romántico.

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Sueños eléctricos es una pequeña comedia romántica con un punto de dulzura. Los créditos de apertura, diseñados al “estilo informático” de entonces, ya anuncian que se trata de un “cuento de hadas para ordenadores”. Después de todo, cuando esta película se estrenó ya se habían podido ver otros films con ordenadores y robots enfermizamente enamorados y con pulsiones sexuales hacia hembras humanas (Engendro mecánico, 1977; Saturno 3, 1980). Así que, ¿por qué no imaginar una computadora romántica?. Edgar es el equivalente a un Pinocho de la recién nacida era digital, una creación artificial que aspira a ser humana.

El ficticio ordenador Pinecone que compra Miles le habla directamente desde su altavoz en un perfecto inglés, asume sin problemas e inmediatamente todos los aspectos de la vida doméstica de su dueño y puede componer música, imitar convincentemente a un perro, anular tarjetas de crédito, llamar a consultorios sentimentales radiofónicos y diseñar mientras tanto un revolucionario ladrillo antiterremotos; y todo ello, recogiendo la ingenuidad e ignorancia de la época acerca de los ordenadores, sin que Miles intervenga para nada más complicado que enchufar el equipo y teclear cuatro comandos. De hecho, cuando el despistado protagonista le dice a la dependienta de la tienda de ordenadores que no sabe nada sobre esas máquinas, ella le responde sin reparos y dando voz a tantos espectadores de aquel tiempo: “Nadie sabe”.

Por desgracia, la historia que sigue a los títulos de crédito no resulta tener demasiado aprecio por su protagonista principal y vértice del triángulo amoroso, el ordenador de Miles. Sueños eléctricos no sólo es una película tecnófoba sino que carece de la chispa prometida en su premisa y no llega a ser tan irónica y colorista como debiera. Muchas escenas cómicas están manejadas de manera mediocre y el romance entre Miles y Madeline quiere ser entrañable, pero resulta inverosímil y muy plano. Una joven Virginia Madsen está tan bien como de costumbre pero Lenny Von Dohlen, con esa mirada incómodamente penetrante, hace de su personaje alguien aburrido, sin carisma e incluso cargante.

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Más que una película, Sueños eléctricos parece un tráiler alargado o un videoclip promocional de su banda sonora compuesta por Giorgio Moroder (Al fin al y cabo fue producida por la subsidiaria de Virgin Records).

El currículo del director Steve Barron en ese momento era un montón de videoclips para artistas como Eddy Grant, The Human League, Supertramp, Simple Minds, Madonna, Spandau Ballet, Michael Jackson o Toto entre muchos otros. Desde luego y a tenor de su extensa lista de trabajos en ese campo, era un profesional muy capaz y demandado, pero en esta película no consigue separarse de la estética, ritmo y tono de los videoclips (bastantes años más tarde dirigiría las Tortugas Ninja y Los Caraconos).

De hecho, la película está estructurada en torno a una serie de canciones, piezas musicales de tres minutos a cargo de artistas como Culture Club o Jeff Lynne en las que se paraliza la trama y Barron inserta una serie de imágenes inconexas mientras el tema finaliza. Aparte de eso, la cámara nunca permanece quieta, utilizando grúas, barridos, zooms y contrapicados para rodarlo todo con una perspectiva elegante aunque, de nuevo, más propia del lenguaje del videoclip que de una comedia. Es dinámico y rezuma energía y entusiasmo, pero también resulta innecesario.

Puede que lo más interesante de esta cinta no sea su historia, dirección ni interpretación, sino su presciencia. En la secuencia de apertura, Barron nos ofrece un montaje que muestra unos humanos “conectados” a los aparatos y dependientes de ellos y, por tanto, crecientemente desconectados unos de otros a nivel personal: en el aeropuerto, Miles compra su billete de avión en una máquina automática, un niño juega con un coche por radiocontrol y la gente está sumergida en sus calculadoras, videojuegos, agendas electrónicas, walkmans o relojes digitales. El montaje inserta con frecuencia planos de frías imágenes de monitores o cámaras de seguridad que observan los movimientos de los personajes. Con todas las libertades que la historia se toma con lo que los ordenadores de entonces podían hacer realmente, Sueños eléctricos ofrece un retrato profético de lo que iba a ser nuestra relación con la tecnología.

Es esta una película agradable de ver pero imposible de tomársela seriamente, algo que, por otra parte, reconoció el propio director. Sueños eléctricos es al mismo tiempo la película más ochentera posible y una de las más proféticas de su tiempo. También es un caso evidente de forma y estilo sobre fondo. Los personajes humanos tienen poco carisma (de hecho, el ordenador, con la voz de Bud Cort, es el único que tiene un desarrollo en su personalidad) y la trama es inverosímil sin llegar a ser abiertamente cómica; pero aún así puede disfrutarse moderadamente si se aborda con la mentalidad adecuada, esto es, la de la década de los ochenta, década que la película rezuma por los cuatro costados.

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Copyright del artículo © Manuel Rodríguez Yagüe. Publicado previamente en Un universo de ciencia ficción, con licencia CC, y editado en Thesauro Cultural (TheCult.es) con permiso del autor. Reservados todos los derechos.

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

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