Café y magdalena

Sarah Bakewell publicó en 2016 En el café de los existencialistas (At the Existentialist Cafe: Freedom, Being, and Apricot Cocktails). Se trata de un ensayo biográfico muy bien estructurado, y a veces divertido, en el que repasa las figuras de los filósofos existencialistas y las de sus antecesores.

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Imagen superior: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir junto a Boris y Michelle Vian en París.

Edmund Husserl es uno de éstos. Presentó por primera vez la fenomenología en Investigaciones lógicas (1900). Propone acceder a la subjetividad intentando despojar la mirada de manipulación alguna; ver los fenómenos en sí mismos, limpios y desnudos.

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Imagen superior: Edmund Husserl.

Marcel Proust publica entre 1913 y 1927 En busca del tiempo perdido. Proust nos cuenta sus peripecias y cómo las vive. Siempre me ha parecido un viaje al interior, a la mirada que tenemos sobre lo que nos rodea y las sensaciones que esto nos produce. Intenta recrear la mirada original, la de la infancia, la mirada no contaminada.

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Imagen superior: Marcel Proust (izq.) con su madre Jeanne y su hermano Robert (1896).

James Joyce publica Ulises el 2 de febrero de 1922. También es un relato íntimo, si cabe todavía más agudizado. Se trata de un monólogo interior, una corriente de la conciencia, casi una escritura automática; ese automatismo está obviamente relacionado con la ausencia de prejuicios. Tal vez Joyce es más existencialista que el intimista Proust. Treinta años después de leerlos, me resulta más cercano Joyce que Proust, tal vez menos moroso.

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Imagen superior: Nora Barnacle, James Joyce y su abogado el día de su boda. Londres, 4 de julio de 1931.

Jean-Paul Sartre culmina estas visiones de la condición humana: “La existencia precede a la esencia”. Solamente somos, en tanto en cuanto, estando en marcha, ejercemos nuestra libertad. La identidad personal tendría entonces un carácter instrumental, y “el ego es una ficción de la conciencia“ (Pablo A.J. Brescia).

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Imagen superior: Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir.

Sin embargo, la identidad personal, la conciencia, no existiría solamente para interpretar la realidad, sino también para encontrar la verdad oculta en los objetos. Para ello es necesario el pensamiento abstracto. Y el pensamiento abstracto nació, sobre todo, con la invención del alfabeto (la escritura). El relato que nos contamos a nosotros mismos es el germen del ego, de la conciencia individual.

Copyright del artículo © Joaquín Sanz Gavín. Reservados todos los derechos.

Joaquín Sanz Gavín

Contable y licenciado en Derecho.

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