El mundo del silencio degenera en un guirigay

El mundo del silencio degenera en un guirigay Imagen superior: 12019, Pixabay, CC.

¿Os acordáis del documental de Jacques Cousteau, El mundo del silencio (1956), un canto a los parajes submarinos resguardados del ruidoso reino de los hombres? Pues bien, esa tranquilidad proverbial se halla en peligro; y no sólo por el batifondo creado por las hélices, brocas perforadoras y otros estrepitosos artilugios de los seres humanos: ahora la gran amenaza la plantea la acidificación de los mares.

Este proceso, inducido por la absorción de cantidades crecientes de CO2, hace que el sonido se desplace con mayor facilidad a través del líquido elemento, convirtiéndolo en una caja de resonancia.

Hasta la eclosión de ese fenómeno, la acción humana era la principal fuente de perturbación de la paz acuática. El homo sapiens, un primate muy aficionado a meter bulla, ha acabado con el relativo silencio reinante en las aguas superficiales. Y quienes más lo están sufriendo son los cetáceos. Desde hace tiempo se sospecha que las vibraciones de los sónares desquician el dispositivo de orientación de ballenas, orcas y delfines, que pierden el rumbo por completo y acaban encalladas en las playas.

Refuerza la sospecha el reciente reconocimiento del Ministerio de Defensa británico de haber empleado sónares [en 2008] en las costas de Cornwall, poco antes de que en sus playas aparecieran 26 delfines muertos, denuncia en un comunicado la Whale and Dolphin Conservation Society.

Es el último episodio de una larga serie: en 2002, la armada estadounidense admitió cierta responsabilidad en el encallamiento de 16 ballenas en las Bahamas; y el mismo año hubo un varamiento masivo de zifios en Fuerteventura y Lanzarote, incidente que llevó al ministerio de Defensa español ha comprometerse a limitar el uso de sónares en aguas canarias con poblaciones estables de cetáceos.

Para hacernos una idea del peligro de la contaminación acústica conviene saber que un sónar de última generación puede transmitir señales a niveles tan fuertes como 215 decibelios. Algunos biólogos estiman que sonidos superiores a 110 decibelios perturban seriamente a las ballenas, cuyos oídos pueden explotar a partir de 180 decibelios.

El problema promete empeorar, y no sólo por el empeño de los militares y las flotas pesqueras en usar y abusar del sónar, sino por un fenómeno que sólo entre comillas podemos calificar de natural: la acidificación de los mares inducida por la incorporación de CO2 atmosférico. Ya existen diferencias de pH entre los océanos, suficientes para determinar que el canto de una ballena viaje más lejos en el Pacífico norte que en el Atlántico septentrional, me informo en New Scientist. Se ignora el porqué de esa discrepancia, aunque los expertos barruntan que ciertos iones de carbonatos, bicarbonatos, ácido bórico y boratos están naturalmente "sintonizados" para absorber la energía de ondas sonoras inferiores a un kilohertzio. La acidez del agua, al alterar el equilibrio entre dichas sustancias, limitaría su capacidad de absorción acústica.

Ciertos estudios predicen que el pH de los mares podría descender en una magnitud de 0.3 puntos a finales del presente siglo, lo cual supondría una disminución de un 40 por ciento en su capacidad de absorción de sonidos inferiores a un kHz. ¿Qué futuro nos dibuja esta audiometría marina? "El océano tendrá mayores niveles de ruido ambiental, los mamíferos se comunicarán a distancias superiores y los sonidos industriales y militares llegarán más lejos", prevé Peter Brewer, un investigador del acuario de Monterrey, en la citada revista británica. Esperemos, pues, que los cetáceos sepan adaptarse a las conversaciones ruidosas o perderán definitivamente el norte.

Copyright del artículo © Pablo Francescutti. Publicado previamente en la desaparecida revista Soitu.es con licencia CC y reeditado en TheCult.es (Thesauro Cultural) bajo las mismas condiciones.

Pablo Francescutti

Pablo Francescutti es sociólogo, profesor e investigador en el Grupo de Estudios Avanzados de Comunicación de la Universidad Rey Juan Carlos (URJC) y miembro del Grupo de Estudios de Semiótica de la Cultura (GESC).

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