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Los seguidores de Shyamalan estamos acostumbrados a discutir. También a dudar, e incluso a cambiar de opinión con el paso del tiempo. Cuando una de sus películas despierta odios y controversias, sólo queda el socorrido recurso de mencionar el talento con que el cineasta ha filmado otros largometrajes.

A veces abrigo la sospecha de que algunos de los problemas del cine moderno se deben a una infeliz necesidad de complicarlo todo, como si un largometraje fuese un retablo barroco lleno de golpes de efecto, temblores de cámara y alardes digitales. Frente a esa impresión, M. Night Shyamalan parece sentirse feliz con dos virtudes del cine de antaño: el clasicismo narrativo y el ingenio de la puesta en escena.

Cuando pensamos en cine de terror, vienen a nuestra mente los fantasmas, los vampiros o los psicópatas como temas estrella del género, pero casi nunca la brujería.